Reseña, crítica De hombres y de dioses - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Des hommes et des dieux
De hombres y de dioses
 
Francia
2010
 
Director:
Xavier Beauvois
 
Con:
Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Philippe Laudenbach, Jacques Herlin, Loïc Pichon
 
Guión:
Xavier Beauvois, Etienne Comar
 
Fotografía:
Caroline Champetier
 
Edición:
Marie-Julie Maille Duración:
122 min
 

 
De hombres y de dioses
Publicado el 10 - Jul - 2011
 
 
En 1996, siete monjes católicos cistercienses, de origen francés, fueron raptados de su monasterio en un poblado argelino por un grupo terrorista musulmán. - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Por Alfonso Flores-Durón (@SirPon)

Santo Tomás de Aquino, figura neurálgica en la cimentación de la filosofía que sustenta el pensamiento católico, decía que la fe es una “virtud sobrenatural gracias a la cual el entendimiento cree en verdades relativas a Dios”. Otro pilar del catolicismo, Agustín de Hipona, también santo, dijo que fe “es creer en lo que no se ve; y la recompensa es ver lo que uno cree”. De hombres y de dioses es un filme que hunde su mirada en las profundidades del misterio de la fe, pero al mismo tiempo lo hace en la unificadora fuerza del ecumenismo –en su acepción más amplia, no solo cristiana– vivido en toda su autenticidad generosa.

En 1996, siete monjes católicos cistercienses, de origen francés, fueron raptados de su monasterio en un poblado argelino por un grupo terrorista musulmán. Poco tiempo después los encontraron muertos. Nunca quedó del todo claro si fueron asesinados por sus captores o por el comando del gobierno al intentar rescatarlos. Xavier Beauvois se interesó por esta conmovedora historia pero, junto a Etienne Comar, su coguionista, decidió no recrear el trágico desenlace, sino enfocarse en el periodo que antecedió al secuestro.

Al inicio del filme son ocho los monjes que habitan el monasterio y Beauvois nos los presenta desempeñando sus labores cotidianas que consisten en orar, sanar a los enfermos del pueblo, participar en las actividades de la comunidad musulmana en la que están insertos, ofrecer consejos y todo tipo de ayuda a quien lo solicite y vender la miel, que ellos mismos producen, en el mercado local. Su día a día transcurre de forma sosegada, pero la inestabilidad política del país comienza a incidir en su cotidianeidad. Varios croatas, trabajadores de la construcción, son brutalmente asesinados por fanáticos religiosos musulmanes que tienen aterrorizada a la población; intentan imponer sus creencias pasando por encima de moros y cristianos, al tiempo que tratan de hacerse del poder político del país. Ante lo amenazante de la situación, el gobierno, chantaje con referencias al colonialismo francés de por medio, ofrece protección militar al monasterio, pero el Padre Superior, Christian (Wilson), se niega rotundamente. No quiere que su consentimiento pudiera sugerir la suscripción tácita a un gobierno corrupto. Al interior de la congregación su negativa suscita controversia pues hay hermanos que ven el desplante como un acto de soberbia que puede desembocar en un martirio estéril; además, le reclaman que la decisión no haya sido consensuada entre todos. Cada uno de los monjes, llegan a este acuerdo, decidirá de forma individual si opta por regresar a Francia o por permanecer ahí, pese a la precariedad de la situación.

Beauvois ha declarado que su intención no fue hacer una película religiosa, y sin embargo la hizo. Es claro su propósito por subrayar el hecho de que, más allá de las convicciones religiosas, es posible vivir no sólo de forma respetuosa sino incluso armónica con quienes no comparten nuestras creencias. Por eso resulta sugerente por partida doble el que los monjes renuncien a toda actividad proselitista del catolicismo. Ayudan a sus semejantes musulmanes y conviven con ellos, incluso en sus propias fiestas religiosas. Sus dioses, tanto el católico como el musulmán, predican, ante todo, el bien y el amor al prójimo. Además, y este es uno de los puntos cruciales que quiere pregonar, ellos, los árabes comunes y corrientes, también son víctimas de los arrebatos extremistas de los fanáticos religiosos del Islam.

Igual o más contundente resulta la forma en que Beauvois observa la vida interna de los monjes. Los gestos, acciones, pero por encima de todo decisiones mediante las que el director nos da a conocer el profundo fervor de una fe que los monjes trabajan a través del ascetismo, que incluso les llega a flaquear, pero que a través de intensas y hasta dolorosas reflexiones, recobran al punto de eliminar hasta donde es posible la contradicción entre sus principios y sus actos. Particularmente conmovedoras son las secuencias de intercambios verbales entre los hermanos; aquéllas en las que esgrimen entre sí, con vehemencia, los argumentos de sus rectas cavilaciones (destaca en la que Christian, siempre esforzándose por emular a Cristo en cuanto a ser un guía firme y a la vez comprensivo, auxilia, en un debate de tipo socrático, al hermano más joven a encontrar respuestas a las dudas que lo acongojan). El calado de los luminosos diálogos es la contribución del director al guión.

Al inicio de su carrera, y todavía hasta hace poco tiempo, Xavier Beauvois era considerado el ‘enfant terrible’ del cine francés. Su propuesta emparentada con el thriller y el film noir, tendía a examinar los rincones obscuros del alma y poseía un estilo vibrante para filmar que siempre combinaba, empero, con secuencias en las que predominaba la serenidad. En De hombres y de dioses ratifica su gusto por esa forma de montaje, pero a la inversa. La estructura narrativa también en esta cinta, en última instancia, presume elementos del thriller tradicional. La quietud y apacibilidad son súbitamente fracturados por el estrépito, como en la hermosa secuencia, llena de simbología, en que los monjes se encuentran practicando sus cantos litúrgicos cuando el ensordecedor ruido de un amenazante helicóptero altera su solemnidad. Aunque sólo por unos segundos, pues la intimidación termina por estrechar aún más a los hermanos; abrazados, prosiguen el ritual ahora con mayor ímpetu.

“Un ser humano que tiene fe ha de estar preparado, no sólo para ser un mártir, sino para ser un loco”. Son palabras de GK Chesterton, que bien podrían describir la decisión final que asumen los monjes. Creen intensamente en el espíritu de su vocación, en la trascendencia de sus actos y resoluciones. Por ello es que Beauvois sugiere que la fuerza de su postura no deriva de la obstinación arrogante; es consecuencia de su entendimiento de la voluntad de Dios, fruto de la honda inspección de su conciencia.

El trabajo de la cinematógrafa Caroline Champetier es soberbio, tanto en la iluminación como en el desempeño de la cámara, sobria y al mismo tiempo elegante, capaz de capturar toda la expresividad humana, desde el gozo hasta el sobrecogimiento, en la sublime secuencia que emula la Última Cena, cuando los hermanos escuchan El lago de los cisnes de Tchaikovksy, sabedores de que su tiempo está por consumarse. Para lograr la creación de imágenes tan poderosas es imprescindible la contribución de los actores y cada uno de los ahí reunidos ofrece cátedra de histrionismo.

Durante buena parte de la historia del cine resultó común que los grandes directores, desde diversas ópticas y tradiciones, atajaran el tema de Dios y su repercusión en la sociedad. Después, salvo aisladas excepciones, dejaron de hacerlo. No es coincidencia que en tiempos tan convulsos como los que vivimos, directores del calibre de Xavier Beauvois tengan la valentía para volver a hablar en el cine, con una auténtica obra maestra, de lo fundamental que puede resultar la aspiración de trascendencia a través de la fe cuando previamente se ha cumplido a cabalidad la misión de solidaridad social a través de los actos humanos.

 
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