Por Juan Prieto
En los años setenta el escritor tamaulipeco Mauricio González de la Garza (1923-1995) sostuvo una serie de conversaciones con Alicia Calles (1911-1989), novena en la lista de la vasta prole del general Plutarco Elías Calles. La intención: escribir a la limón una biografía que, anclada en los recuerdos de Alicia, ofreciera una visión intimista del llamado Jefe Máximo y una lectura que matizara, y en esa medida enriqueciera, el perfil que la historiografía había trazado hasta entonces sobre él. El resultado: un proyecto apenas esbozado y seis cintas que permanecieron engavetadas durante 24 años.
En 2002 las grabaciones llegaron a manos de la joven cineasta Natalia Almada, nieta de Alicia y bisnieta de Calles. Con ellas construyó El general (2009), un largometraje documental que rescata aquellas conversaciones y que, a partir de éstas, urde un ensayo sobre la memoria y sus vaivenes en dos dimensiones: la de su abuela que intenta conciliar los recuerdos más íntimos del padre con algunos de los epítetos con los que sus contemporáneos y las generaciones posteriores lo reconocieron (déspota, bolchevique, Lenin latinoamericano, Mussolini mexicano, caudillo, dictador, comecuras, etc); y la suya, que busca ensancharse inquiriendo desde el presente sobre un pasado que apenas conoce.
Quien busque en el documental de Almada (durante la edición del Festival de Sundance 2009 obtuvo el premio a la Mejor Dirección) una revisión exhaustiva del callismo se llevará un chasco. El documental no escarda en la vida de Elías Calles anterior a su ascenso presidencial en 1924 y sobre su periodo al frente de la primera magistratura ocurre algo semejante; aborda tan solo un manojo de temas, casi siempre mediante la voz de su abuela: la guerra cristera, el asesinato del general Obregón tras ser reelecto para el periodo 1928-1934, así como su último informe de gobierno en el que anuncia, obligado por las circunstancias, el final del caudillismo para celebrar el nacimiento de una patria regida por instituciones. La visión de aquel cuatrienio (1924-1928) está centrada pues, en el tramo final de su mandato. El más conflictivo, sobra decir. En la segunda parte de El general podemos escuchar, entre otras cosas, el modo en el que Alicia Calles interpreta el Maximato y cómo se explica el destierro de su padre apenas iniciado el sexenio de Lázaro Cárdenas. Los recuerdos de Alicia están llenos de silencios sugerentes, contradicciones e indulgencias, que al tiempo que nos ofrecen una visión más profunda, rica y compleja del personaje, nos hablan también de los caprichos de la memoria. Se trata, sin duda, de los momentos más luminosos del documental.
La otra cara narrativa de El general, la que eslabona Natalia Almada tratando de establecer paralelos entre el presente y el pretérito resulta, por decir lo menos, fallida. Quizá para disculpar a su bisabuelo, hace de la historia tabla rasa y nos ofrece, a través de una delirante asociación de ideas, una mirada monolítica del siglo XX mexicano. Para ella las condiciones económicas, políticas y sociales del país siguen siendo más o menos las mismas desde que Plutarco Elías Calles ocupó la presidencia. Nada ha cambiado. Sólo de este modo se puede sostener, por ejemplo, que el “sufragio efectivo no reelección” enarbolado por Madero siga teniendo vigencia. Bajo ese mismo maniqueísmo sugiere que la destrucción de una unidad habitacional en el barrio de Tepito, que fue por muchos años reducto del crimen organizado, puede ser una metáfora del desmoronamiento de los ideales revolucionarios sólo porque en su interior se encontró una pintura en cuyo centro se encuentra estampada la figura de Emiliano Zapata. La destrucción del predio, abunda, es una clara muestra de abuso y autoritarismo, mismos a los que los mexicanos estamos condenados, parece decirnos, desde siempre y sin remedio. Si Plutarco Elías Calles fue lo que fue (yerros y aciertos incluidos) es porque no podía ser de otra manera. Inmersos en este sino inalterable en México sólo se puede creer, sentencia Almada, en la virgen de Guadalupe y la Lotería Nacional
“Si logramos ver el presente con suficiente claridad, haremos las preguntas correctas sobre el pasado”, apunta en el epígrafe de su película citando al pintor y narrador inglés John Berger. Si Almada hubiera interrogado su presente sin tanta estrechez, decimos nosotros, estaríamos hablando, quizá, de una película notable.