Reseña, crítica Empezar otra vez - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Begin Again
Empezar otra vez
 
EE.UU.
2014
 
Director:
John Carney
 
Con:
Keira Knightley, Mark Ruffalo, Adam Levine, James Corden, Mos Def
 
Guión:
John Carney
 
Fotografía:
Yaron Orbach
 
Edición:
Andrew Marcus
 
Música
Gregg Alexander
 
Duración:
104 min.
 

 
Empezar otra vez
Publicado el 17 - Oct - 2014
 
 
  • Como en Once, cada canción está integrada en la narrativa. Nueva York va más allá de solo un escenario: involucra al estilo de vida que tienen los ciudadanos ?al margen de la grabación del disco?. La ciudad es un personaje tácito. Los rascacielos, calles y habitantes de la Gran Manzana son testigos de la naturalidad con que se desarrolla la historia.  - ENFILME.COM
  • Como en Once, cada canción está integrada en la narrativa. Nueva York va más allá de solo un escenario: involucra al estilo de vida que tienen los ciudadanos ?al margen de la grabación del disco?. La ciudad es un personaje tácito. Los rascacielos, calles y habitantes de la Gran Manzana son testigos de la naturalidad con que se desarrolla la historia.  - ENFILME.COM
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  • Como en Once, cada canción está integrada en la narrativa. Nueva York va más allá de solo un escenario: involucra al estilo de vida que tienen los ciudadanos ?al margen de la grabación del disco?. La ciudad es un personaje tácito. Los rascacielos, calles y habitantes de la Gran Manzana son testigos de la naturalidad con que se desarrolla la historia.  - ENFILME.COM
  • Como en Once, cada canción está integrada en la narrativa. Nueva York va más allá de solo un escenario: involucra al estilo de vida que tienen los ciudadanos ?al margen de la grabación del disco?. La ciudad es un personaje tácito. Los rascacielos, calles y habitantes de la Gran Manzana son testigos de la naturalidad con que se desarrolla la historia.  - ENFILME.COM
 

Escuchen aquí la banda sonora de Empezar otra vez

En Once (2006) John Carney sigue las desventuras de un cantautor suburbano irlandés (Glen Hansard) –despechado por la infidelidad de su ex novia– y su encuentro con Marketa Irglová, una migrante checa, pianista y compositora de clóset, con la que comparte su pasión por la música —un oficio que para ellos es tan natural y necesario como respirar. Se trata de dos personajes desafortunados en el amor que encuentran en la expresión melódica una forma de encauzar las hecatombes emocionales que los circundan. En la nueva película de Carney, Empezar otra vez (Begin Again, 2014), el director recupera varios de los elementos que contribuyeron al éxito de Once: el uso de la música como principal pivote narrativo que inserta con naturalidad un ensamblaje de videoclips (estas representaciones visuales y las canciones están dispuestas para que conozcamos mejor a los personajes, no para que la trama avance como en un musical tradicional), el estilo de vida urbano, y un final optimista y, hasta cierto punto, feliz en más de un asunto relacionado con la vida de los protagonistas.

Empezar otra vez podría calificarse de una versión estadounidense y más glamorosa que Once. En la nueva película, los protagonistas son interpretados por celebridades: el músico independiente Hansard es sustituido por Adam Levine, vocalista de Maroon 5: mientras que la búlgara Irglová cede su puesto a Keira Knightley. En ambas historias las mujeres son los personajes extranjeros en un país desconocido y quienes se mueven para conseguir el reconocimiento profesional de sus compañeros masculinos: en Once, el de Glen Hansard, en Empezar otra vez, el del personaje interpretado por Adam Levine. Pero mientras que en Once el empeño puesto por la inmigrante en ayudar al cantautor resulta de la profunda amistad entre los protagonistas, en Empezar otra vez proviene de una relación amorosa entre el compositor (Levine) y Gretta (Knightley); es decir, en la primera es la consumación del afecto, mientras que la segunda el amor de pareja. Y mientras en Once resulta una sana conclusión, en Empezar otra vez consiste en el punto de partida.

La premisa es la misma en las dos películas: una pareja de desconocidos despechados y confundidos se unen gracias a su pasión por el arte mientras renuevan su realización personal y profesional, lo que los conduce a una de las experiencias más gratificantes que conocemos los seres humanos: la amistad. Dan (Mark Ruffalo), un productor caído en desgracia, descubre en un bar de Nueva York donde cura sus penas laborales, en el East Village, a Gretta. Una serie de flashbacks nos muestran los acontecimientos que condujeron a Dan y Gretta a ese bar. Dan lleva una vida rutinaria: vive solo en un departamento barato, tan desordenado como sus ideas. Bebe más alcohol que agua. Está separado de su esposa y lleva una relación complicada con Violet (Hailee Steinfeld), su hija adolescente. Su vida profesional refleja la misma ruina: acaba de ser despedido de una compañía disquera que ayudó a crear junto con su socio Saúl (Mos Def), un ejecutivo discográfico. Gretta, una chica británica, llegó a Nueva York acompañada de su novio Dave (Levine), un cantante que acaba de ser contratado por un importante sello discográfico estadounidense. Gretta ha apoyado el crecimiento artístico de Dave. El romance y el trabajo colaborativo termina cuando ella descubre que él está enamorado de alguien más —a quien, para acabarla de joder, ha estado viendo a sus espaldas durante un mes… justo el tiempo que llevan en Estados Unidos.

Con el corazón roto y las maletas listas para regresar a Reino Unido, ella busca refugio junto a uno de sus mejores amigos, Steve (James Corden), un intérprete británico. Steve canta de manera ocasional en un bar y, un día, él la anima a cantar una de sus composiciones. Acompañada solo de su guitarra, toca una pieza melancólica. Mientras avanza la melodía, Carney da una prueba visual de cómo funciona la mente de Dan, un productor con experiencia y oído privilegiados. Gradualmente, comienzan a sumarse instrumentos a su voz y guitarra con arreglos específicos al tema ‘A Step You Can't Take Back’ como si realmente estuvieran sonando ahí. Las teclas del piano se hunden solitas. Las baquetas flotan y arrebatan un ritmo pop a la batería. Los arcos se levantan sin más y comienzan a decorar la canción. Uno percibe la manera en que su imaginación estructura la magia que ayudará a resaltar las cualidades de la canción. Es un éxito inminente, pero parece que solo él lo sabe y solo a él le importa dada la poca empatía que proyecta la deprimida compositora.

Asombrado por el potencial de la chica la contacta, se toman unas cervezas (que ella paga) y le propone grabarle un disco, aunque oficialmente ya no funge como productor en su excompañía. Ella rechaza la propuesta, pero decide acompañar a Dan al día siguiente para hacer una prueba de canto frente a Saul. Ante la reticencia de este último, Dan le propone a Gretta algo diferente: grabar el disco en las calles, los parques y azoteas de los edificios de Nueva York, con los recursos y conocimientos de los que disponen. Es decir, le dota a la experiencia de grabar un disco un sesgo conceptual, donde los sonidos incidentales forman parte de la propia pieza en tanto elementos inherentes a la espontaneidad con que se expresa la música.

Esa misma creatividad, junto con las atractivas locaciones que proporciona la ciudad, plagan a las piezas del sentido urbano que han explorado proyectos contemporáneos como La Blogothèque (http://www.youtube.com/user/LaBlogotheque) bajo el concepto de “Take Away Show” —un modelo que seguramente inspiró al director para el enfoque de la película. Hay también una crítica a la actual industria musical y al impersonal, voraz y rutinario negocio de las disqueras; a la distribución de las ganancias, y la opción de la comercialización en línea como un medio beneficioso para el artista independiente. Un guiño que pregona la libertad creativa incluso a nivel económico, más allá de los modelos tradicionales, anclados en la cultura fabril y mercadológica.

De ese modo, la música se convierte en una poderosa fibra que acaba tejiendo un filme con ritmo vivo y dulce, sin ser empalagoso, y temas tan absorbentes y delicados como ‘Tell Me If You Wanna Go Home’ o ‘Lost Stars’, interpretados con gracia por la inglesa. (El oído musical y experiencia del director, exbajista de la banda de rock irlandesa The Frames, se reflejan en la película; en su buen tino por elegir compositores y tesituras para las rolas, que delatan su aptitud para enhebrar talentos.)

Como en Once, cada canción está integrada en la narrativa. Nueva York va más allá de solo un escenario: involucra al estilo de vida que tienen los ciudadanos –al margen de la grabación del disco–. La ciudad es un personaje tácito. Los rascacielos, calles y habitantes de la Gran Manzana son testigos de la naturalidad con que se desarrolla la historia.

Aunque la cámara mantiene el juego de la filmación del caos que el director adoptó desde sus inicios, la brillante labor de fotografía y la ejecución limpia de planos bien ejecutados –el secreto parece radicar en sostener los close ups brevemente y abrir lo más posible las tomas para dar mucho contexto y plástica al entorno– acrecientan el magnetismo de la película, que recluye la urbanidad a un sentido de vastedad y atiborramiento —efecto que acentúa un detalle: ellos viven una magia encapsulada en audífonos y micrófonos, pero igualmente disuelta en el aire. Y el arte, como cualquier otra fogosidad íntima, permite que la amistad cumpla su mayor función: enfrentar el dolor, la pérdida, el sentido de orfandad; superar todo esto, hacerlo parte de la historia que define a las personas, construir, en fin, un universo propio (al caso el álbum de Gretta) donde la felicidad es un mar de posibilidades más allá de la extenuante herida que llamamos pasado.

Keira Knightley y Mark Ruffalo trazan un gran trabajo en conjunto. Ella sorprende por un apartado vocal suave y cuya cadencia permite ese susurro tristón que impregna cada una de las canciones de la película. Su trabajo actoral le permite pasar de manera natural del dolor al amor, de la vida en pareja o la soledad y la añoranza, a la sonrisa fácil, el baile, los gruñiditos, los saltos breves, la cadencia y el brillo en los ojos que uno encuentra en la gente que solo sabe gozar lo que escucha. La flema inglesa está incorporada a un sarcasmo que, en su voz, destila ternura. Ruffalo por su parte, como la mayoría de los actores guapos entrados en los cuarentas, convence con ese estilo descuidado, despistado y vulnerable que, aunque se bañe diario, tiene pinta de desaliñado con tintes rockeros. (Algunos de sus contemporáneos tienen el mismo efecto con este look: Sean Penn, Robert Downey Jr., George Clooney, Brad Pitt.) Su trabajo es reflejar a su generación: hijos del rock, el pop, el rap y la música de cámara experimental, absolutamente indispuestos a seguir las reglas cuando éstas impiden el crecimiento de lo que realmente vale la pena. Una generación que mantiene la máxima del Do It Yourself, tan caro al punk y a la música de barrio, aunque confrontada con la realidad de ser un padre de familia, amante avejentado y hasta un alcohólico con pinta de vagabundo.

Al igual que en Once, el realizador le da uno de los papeles prominentes a un músico de verdad (es decir, en su vida real), en este caso, Adam Levine, que funciona como la conexión involuntaria entre la pareja principal. En la película, representa a un tipo con aspiraciones artísticas de lo más puras, que a la mínima oportunidad vende su alma a un sello discográfico a cambio de fama y dinero. Sin embargo, el elemento masculino que se destaca en el reparto es Mark Ruffalo: alguien que comienza hundido y recupera gradualmente la alegría, el amor por su trabajo y el deseo de estar con su familia.

Spoilert Alert

Hay una tentación que el director siempre deja clara: que estos nuevos amigos, al sentirse tan compenetrados en la tarea titánica de crear algo en conjunto, se enamoren. Esa ilusión tan Hollywood como la moral estadounidense que pulula en las películas favoritas de adolescentes y mujeres en busca del “amor ideal” –lo que sea que eso signifique– es sustituida por otra ilusión más universal y próxima a cualquier mortal fuera de la pantalla grande: la camaradería; un sentimiento que nos permite encontrar una familia más allá de lo consanguíneo. Carney prefiere no unir a Dan y a Gretta en una relación amorosa, pero sí explora la forma en cómo se ayudan mutuamente para madurar. Y en este punto, el optimismo del director es contagioso por posible.  

 
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