Reseña, crítica Había una vez en Hollywood - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Once Upon a Time... in Hollywood
Había una vez en Hollywood
 
Estados Unidos/Reino Unido/China
2019
 
Director:
Quentin Tarantino
 
Con:
Leonardo DiCaprio, Brad Pitt, Margot Robbie, Emile Hirsch, Margaret Qualley
 
Guión:
Quentin Tarantino
 
Fotografía:
Robert Richardson
 
Edición:
Fred Raskin Duración:
161 min.
 

 
Había una vez en Hollywood
Publicado el 26 - Ago - 2019
 
 
  • El noveno largometraje de Tarantino es la primera película en la que el director se sumerge directamente en el alma intensa, ajetreada y brillante -pero también oscura- del sistema de Hollywood. No es que en sus películas anteriores el tema de la industria cinematográfica -o del lugar donde ?los sueños se cumplen?- no haya sido tratado, pero esta es la primera vez que Tarantino realiza un reconocimiento sistemático. Lo hace a su manera; situando el relato en un año clave para la historia estadounidense: ese 1969 en el que el movimiento hippie perdió su inocencia, se ahogó en la sangre de Sharon Tate y en su cuerpo torturado, pero también el año en que el éxito de una película como Easy Rider (Dir. Dennis Hopper) evidenció que el Nuevo Hollywood no era una broma de un hippie con una cámara  - ENFILME.COM
  • El noveno largometraje de Tarantino es la primera película en la que el director se sumerge directamente en el alma intensa, ajetreada y brillante -pero también oscura- del sistema de Hollywood. No es que en sus películas anteriores el tema de la industria cinematográfica -o del lugar donde ?los sueños se cumplen?- no haya sido tratado, pero esta es la primera vez que Tarantino realiza un reconocimiento sistemático. Lo hace a su manera; situando el relato en un año clave para la historia estadounidense: ese 1969 en el que el movimiento hippie perdió su inocencia, se ahogó en la sangre de Sharon Tate y en su cuerpo torturado, pero también el año en que el éxito de una película como Easy Rider (Dir. Dennis Hopper) evidenció que el Nuevo Hollywood no era una broma de un hippie con una cámara  - ENFILME.COM
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  • El noveno largometraje de Tarantino es la primera película en la que el director se sumerge directamente en el alma intensa, ajetreada y brillante -pero también oscura- del sistema de Hollywood. No es que en sus películas anteriores el tema de la industria cinematográfica -o del lugar donde ?los sueños se cumplen?- no haya sido tratado, pero esta es la primera vez que Tarantino realiza un reconocimiento sistemático. Lo hace a su manera; situando el relato en un año clave para la historia estadounidense: ese 1969 en el que el movimiento hippie perdió su inocencia, se ahogó en la sangre de Sharon Tate y en su cuerpo torturado, pero también el año en que el éxito de una película como Easy Rider (Dir. Dennis Hopper) evidenció que el Nuevo Hollywood no era una broma de un hippie con una cámara  - ENFILME.COM
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  • El noveno largometraje de Tarantino es la primera película en la que el director se sumerge directamente en el alma intensa, ajetreada y brillante -pero también oscura- del sistema de Hollywood. No es que en sus películas anteriores el tema de la industria cinematográfica -o del lugar donde ?los sueños se cumplen?- no haya sido tratado, pero esta es la primera vez que Tarantino realiza un reconocimiento sistemático. Lo hace a su manera; situando el relato en un año clave para la historia estadounidense: ese 1969 en el que el movimiento hippie perdió su inocencia, se ahogó en la sangre de Sharon Tate y en su cuerpo torturado, pero también el año en que el éxito de una película como Easy Rider (Dir. Dennis Hopper) evidenció que el Nuevo Hollywood no era una broma de un hippie con una cámara  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

La autenticidad es invaluable; la originalidad es inexistente. Y no te preocupes en ocultar el robo, celébralo si lo deseas. En cualquier caso, recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: “No es de donde tomas las cosas, sino hacia donde las llevas”.

- Jim Jarmusch

Quentin Tarantino es una de las anomalías más seductoras del sistema de Hollywood y del cine estadounidense. No fue a prestigiosas universidades y no asistió a célebres escuelas de cine. Quentin Tarantino atendía un videoclub de Los Ángeles; un eterno niño enamorado del cine norteamericano, así como del cine de género italiano, las artes marciales chinas y, en resumen, el cine en todas sus formas, sabores y sin límites de origen, abierto a cualquier oferta cultural que se presentara como producto audiovisual. Tarantino ha utilizado activamente su amor obsesivo por el cine -y también la literatura- para edificarse como el prototipo de autor posmoderno que se construye a partir de múltiples referencias que, luego de ser asimiladas mediante una dialéctica pop, cobran mayor fuerza gracias a la construcción de un universo propio. A lo largo de su carrera, Tarantino ha creado su propia mitología. La idea de inventar los cigarrillos Red Apple, la Big Kahuna Burger o la compañía de taxis Big Jerry Cab Co. no es sólo un truco inteligente para evitar la inserción de marcas existentes -ese grotesco product placement-, sino también es un mecanismo útil para sugerir al espectador que los ladrones pueden, antes del atraco, discutir sobre alguno de los iconos de la cultura pop, Madonna, por ejemplo, o argumentar por qué prefieren Big Kahuna Burger a McDonald's. Esta dialéctica -la comparación constante entre un objeto de la realidad y un objeto ficticio construido- es puesta en marcha también de manera visual cuando crea una mezcla de spaghetti western y wuxia en Kill Bill (2003), tomando a Lady Snowblood (1973) como una de las principales fuentes de inspiración.

Por otra parte, la exploración de la historia estadounidense llevada a cabo por Tarantino continúa sin desánimo, filme a filme, aunque adornada de vez en cuando con el revestimiento externo de algún género cinematográfico. Después de Inglourious Basterds (relato instalado en la Segunda Guerra Mundial), Django Unchained y The Hateful Eight (la primera ambientada poco antes de la Guerra de Secesión; la segunda, años después de ese conflicto bélico), el cineasta toma el cofre de finales de los años 60 para recrear un Hollywood que conoce muy bien y admira en exceso. El título, Once Upon a Time in… Hollywood (Había una vez en Hollywood, 2019), ya indica un enfoque más complejo y estratificado del tema de lo que podría parecer a primera vista. No sólo alude a obras de Sergio Leone, sino que también remite a la apertura clásica de los cuentos de hadas y, sobre todo, coloca teóricamente la película de Tarantino en el campo de la narración mítica. Incluso, los puntos suspensivos, tan significativos en un título que sería natural de leer sin pausas, revelan las intenciones de un giro.

El noveno largometraje de Tarantino es la primera película en la que el director se sumerge directamente en el alma intensa, ajetreada y brillante -pero también oscura- del sistema de Hollywood. No es que en sus películas anteriores el tema de la industria cinematográfica -o del lugar donde “los sueños se cumplen”- no haya sido tratado, pero esta es la primera vez que Tarantino realiza un reconocimiento sistemático. Lo hace a su manera; situando el relato en un año clave para la historia estadounidense: ese 1969 en el que el movimiento hippie perdió su inocencia, se ahogó en la sangre de Sharon Tate y en su cuerpo torturado, pero también el año en que el éxito de una película como Easy Rider (Dir. Dennis Hopper) evidenció que el Nuevo Hollywood no era una broma de un hippie con una cámara; de hecho, había una nueva generación de cineastas listos para dar su opinión, dispuestos a desafiar los dictados del sistema. Justo en la conjunción de estos dos mundos se encuentra Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), un reconocido y admirado actor que se enfrenta a una crisis profesional debido a que, sin ser tan veterano, el ocaso de su carrera está cada vez más cerca. Es la perspectiva de la obsolescencia -la misma que sintió el actor Hector Mann en El libro de las ilusiones de Paul Auster- lo que le genera angustia, y únicamente tiene a Cliff Booth (Brad Pitt) como el amigo que lo escucha para desahogarse y lo ayuda en tareas de chofer, llevándolo de un lado a otro de la ciudad y cuidando su casa en Cielo Drive, justo al lado de los nuevos vecinos: el talentoso cineasta Roman Polanski (Rafal Zawierucha) y la carismática y hermosa actriz Sharon Tate (Margot Robbie). En un esfuerzo por mantenerse activo y seguir trabajando para alcanzar un segundo aire, Rick se reúne con el productor Marvin Schwarz (Al Pacino), quien le hace una oferta para protagonizar ‘spaghetti westerns’ en Italia y así ayudarlo a revivir su carrera. Paralelamente, Sharon comienza a sentir la magia de Los Ángeles, deleitándose con las fiestas de celebridades, asistiendo al cine para apreciar las risas del público cuando la ven protagonizando The Wrecking Crew (1968) y permaneciendo rodeada de amigos cercanos, incluido su exnovio Jay Sebring (Emile Hirsch). Por su parte, Cliff, el actor doble de acción de Rick, tiene dificultades para encontrar trabajo en alguna producción y por lo tanto permanece al margen de la industria, siente curiosidad cuando conoce a Pussycat (Margaret Qualley), una hippie que lo lleva al Spahn Ranch, un extenso terreno, que antes funcionó como estudio de filmación de películas westerns, ahora habitado por las seguidoras de Charles Manson (Damon Herriman).

Desde las primeras imágenes de la película, fotografiadas en un 35 mm vivo y físico, está claro que el objetivo de Tarantino es la inmersión. Una inmersión total e incondicional en un mundo, un tiempo y una atmósfera específica; los exteriores de Los Ángeles tienen tanta consistencia y una representación escénica fascinante. Las luces de neón de los clubes, bares y restaurantes, las voces de la radio, los tocadiscos, las guías de la programación televisiva en primer plano, los motores del Cadillac Coupe de Ville 1966 e incluso la tos y la flema causada por los cigarros. El Hollywood de 1969 está allí ante nuestros ojos: ojos que se superponen, de vez en cuando, con los de Rick, Cliff o Sharon. Al interior de esta reconstrucción de una época, Tarantino necesita crear una realidad paralela para mover sus personajes, sugerencias e intenciones, haciéndolos verosímiles y palpitantes, dando vida al Hollywood que idealizó.

Si Rick es un actor agobiado, a veces neurótico, que intenta escapar de la decadencia, Cliff es el mito del doble, el verdadero vaquero estadounidense, el que no se ha dejado domar por la civilización y que todavía vive de instintos hechos de miradas agudas, cicatrices y un tono de voz profundo. Uno vive en una pequeña casa en Hollywood Hills, el otro vive en un sitio destartalado con un perro fiel, musculoso como él, tan aterrador como las leyendas urbanas que lo rodean. Rick y Cliff son dos desvalidos, las figuras invisibles y olvidadas del espectáculo que, según la historia de Tarantino, son quizás los más preciados para él. Sin necesidad de muchas palabras, Robbie interpreta a una mujer llena de vida, enamorada de la idea de poder tener el privilegio de estar en la pantalla; una sonriente Sharon Tate, solar, elegante, talentosa, la mujer del cine que atraviesa la pantalla y que quiere vivir en el cine y en la cotidianidad, y Tarantino, con ese personaje, hace un trabajo maravilloso porque lo eleva a algo diferente, a un una figura etérea como todas las grandes actrices de Hollywood de ese periodo. Si Emma Stone, en La La Land (2016) era soñadora y, sin embargo, cotidiana y capaz de explotar en las fantasías de Hollywood solo a través de las líneas del musical, Margot Robbie es los años 60, es la eterna iconicidad de la actriz que vive en ese constante estado de ser mitológico.

El guion carece, intencionalmente, de una estructura narrativa clásica, Había una vez en Hollywood fragmenta la narración en las historias separadas de sus tres protagonistas, rompiendo el ritmo con detalles y bocetos aparentemente descontextualizados (la aparición de Bruce Lee -interpretado por Mike Moh- por ejemplo), delineando concomitantemente el trasfondo y la realidad experimentada por los tres. Una realidad que a veces te obliga a encerrarte en una sala oscura de cine para mirarte a ti mismo, volviendo a sintonizar este lado de la pantalla con tu propia esencia. Pero la dimensión de la fábula, paralela y perfectamente mezclada con el examen antropológico de la época, está a la vuelta de la esquina. El título adquiere mayor sentido en la parte final del relato, que vuelve a conectar al director con su propuesta lúdica como sello distintivo. La violencia en forma de venganza emerge al final de manera abrupta, pero con una lucidez propia de un director capaz de plasmar con amor, nostalgia y pasión todas sus obsesiones, sus juguetes y sus influencias para mostrarnos lo que le hubiera gustado que ocurriera.

 
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