Reseña, crítica La chica del sur - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
La chica del sur
La chica del sur
 
Argentina
2012
 
Director:
José Luis García
 
Con:
José Luis García, Im Su-kyong, Alejandro Kim
 
Guión:
José Luis García, Jorge Goldenberg
 
Fotografía:
José Luis García
 
Edición:
Alejandra Almirón, Alejandro Carrillo Penovi, José Luis García Duración:
94 min.
 

 
La chica del sur
Publicado el 23 - Jul - 2013
 
 
Lim Su-kyung era justo lo que el pueblo coreano necesitaba en aquella época: la figura de una persona intelectual, aguerrida y carismática que tratara de unificar en vez de conquistar. - ENFILME.COM
 
por Enrique Sánchez

Por Enrique Sánchez (@RikyTravolta)

La chica del sur es un documental que nació y se vio impulsado por accidentes afortunados. Fue una suerte, por ejemplo, que el director argentino José Luis García visitara Corea del Norte, luego de que su hermano militante le cedió su lugar para participar en el XIII Festival Mundial de Jóvenes y Estudiantes, en donde ya desde entonces la juventud se reunía para protestar contra la producción masiva de armas nucleares. Fue esta casualidad la que lo llevó a conocer a la estudiante y activista surcoreana, Lim Su-kyung; fue una desgracia, por otro lado, que llegado el momento de encontrarse con ella en persona, surgiera entre ambos una barrera tan tajante como la que existe entre las dos Coreas.

García llegó por primera vez a la capital de Corea del Norte, Pionyang, en 1989 −a la edad de 24 años−, con el mismo júbilo irreductible que acompañó a la juventud rebelde de aquella época que fue testigo de varios eventos determinantes para la historia: la ola revolucionaria que recorrió Europa oriental, conocida como el “Otoño de las Naciones”, y que unos años después culminaría con la disolución de la Unión Soviética; la revuelta de Tian’anmen, encabezada por grupos estudiantiles que protestaron por las medidas adoptadas por el gobierno comunista en China; y, por supuesto, la caída del Muro de Berlín en el otoño de 1989. Aunque ciertamente llegó desprovisto del conocimiento que sus compañeros argentinos poseían sobre la causa antiimperialista, García tuvo en ese entonces la oportunidad de capturar imágenes poderosas de la inestabilidad sociopolítica que imperaba en Corea del Norte por el antagonismo con su vecino del sur. En su crónica, el director muestra algunas escenas de los Juegos Olímpicos de Seúl que se habían realizado el año anterior –los últimos que se llevaron a cabo durante la Guerra Fría– y las mezcla junto con sus propias tomas de los mítines atiborrados en el Festival de Jóvenes. Desde el punto de vista del cineasta, las protestas de Pionyang fueron un evento en el que, al igual que las Olimpiadas, todos debían ser partícipes, y es por esto que en esta primera parte muestra varios grupos de protesta conformados por personas de distintos países.

Todo indicaba que estas escenas −más de 24 horas de pietaje, de acuerdo a las declaraciones del director− terminarían por convertirse en un documental de la división de las dos Coreas, pero este plan se vio interrumpido por la aparición de aquella joven a quien las mentes idealistas, siempre listas a encontrar figuras sobre las que puedan vaciar sus principios, apodaron con el título de “Flor de la reunificación”. Lim Su-kyung era justo lo que el pueblo coreano necesitaba en aquella época: la figura de una persona intelectual, aguerrida y carismática que tratara de unificar en vez de conquistar. El hecho de que fuera mujer no representó un obstáculo, sino que pudo haber sido una ventaja, pues con su encanto logró cautivar a muchos. También cautivó al director de este documental, y es por eso que García nos introduce a este personaje de manera esplendorosa, con primeros planos de su rostro siempre sonriente mientras difunde su mensaje de paz.

Lim Su-kyung es la protagonista del documental desde el momento en que la vemos en pantalla. Su visita a Corea del Norte por sí misma parece una película que despierta la ilusión de un final feliz, e incluso ella nos anuncia de manera anticipada, casi saboreando su victoria, que regresará a su hogar caminando y con la frente en alto mientras entona un himno. Es realmente conmovedor −como Daniel Day-Lewis en In the Name of the Father (1993), cuando por fin es liberado y sale del juzgado por la puerta de enfrente−, pero triste, pues al final sucede lo que ahora sabemos que es inevitable: la joven fue arrestada al momento de cruzar la frontera. La historia no acaba aquí −en realidad, es solo el comienzo−, sino que continuará dos décadas después en Corea del Sur, pero el entorno social y político será solo eso, un escenario hostil que ha influido de manera negativa en la vida de Su-kyung, al grado de despojarla de su peculiar afabilidad.

Durante este largo intervalo, García se concentró en su carrera y su familia, y al final logró sacar a flote a ambas. Con la llegada del internet, se enteró de que a Su-kyung no le fue tan bien −ya lo vimos en Searching for Sugar Man (2012), y lo volvemos a ver aquí; la tecnología hace posible el redescubrimiento de figuras semilegendarias−: la activista no solo cumplió una condena en la cárcel, sino que al salir vivió una dolorosa experiencia que durante un tiempo la condujo a un templo budista. También descubrió que aún se mantenía en pie de lucha, pero relegada a un salón de clases y una estación de radio. Claro que esto no tiene nada de indigno, pero uno de los desconciertos de esta historia es que los golpes de la vida terminaron por quitarle el brío y alegría a esta mujer que alguna vez parecía capaz de salvar al mundo. De hecho, éste se convierte en el tema principal: la desafortunada transformación de Su-kyung en una mujer arisca, temerosa del contacto con quienes no considera sus amigos (como lo son García y su traductor), resentida por el efecto casi nulo que su lucha de tantos años ha tenido en su entorno.

A diferencia de lo que sucede en Searching for Sugar Man, el encuentro entre García y Su-kyung es lamentable. Si bien el director tuvo suerte de haber conocido a Alejandro −un argentino de ascendencia coreana, quien aceptó acompañar al cineasta en su viaje a Corea del Sur−, este hombre es tanto un puente como una barrera que se interpone entre García y Su-kyung. Y es un obstáculo que existiría de cualquier manera, pues la mujer constantemente rehúye de ambos, y se opone a que su propia madre revele cualquier dato de sus vidas, aunque sea tan irrelevante e inofensivo como una receta culinaria. Su-kyung los recibe por principio y educación, pero poco hace por disimular su desdén, que a ratos parece un sentimiento generalizado de rechazo hacia lo extranjero. Es por esto que a pesar del gran triunfo que representó el poder reunirse en persona con Su-kyung, García se ve obligado a recurrir a las personas que la rodean para saber cosas que bien pudieron ser aclaradas en una plática con ella. La entrevista que tanto anhelaba llega, pero está lejos de ser lo que García −o cualquier persona del público− hubiera esperado. Es el momento climático del documental, y se presenta de la manera más anticlimática posible. No obstante, esto se vuelve comprensible una vez que nos damos cuenta de que la política, el activismo y las revoluciones ideológicas han pasado a un segundo plano para centrarse en aspectos más íntimos, en las cicatrices que la vida pública dejaron en una persona. Luego de más de veinte años del primer viaje de García al continente asiático, la situación en las dos Coreas no ha cambiado mucho, pero el director, Su-kyung, y el mundo en general, sí cambiaron, y este documental es precisamente eso, un tributo a los sueños rotos.

Junio 26, 2013.

 
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