Reseña, crítica La decisión de partir - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Decision to Leave
La decisión de partir
 
Corea del Sur
2022
 
Director:
Park Chan-Wook
 
Con:
Park Hae il, Tan Wei, Lee Jung-hyun, Go Kyung-Pyo
 
Guión:
Chung Seo-kyung, Park Chan-Wook
 
Fotografía:
Kim Ji-yong
 
Edición:
Kim Sang-beom
 
Música
Jo Yeong-wook
 
Duración:
139 min.
 

 
La decisión de partir
Publicado el 25 - Ene - 2023
 
 
En este filme, es preciso subrayarlo, están congregados todos los elementos idiosincrásicos del cine de Park Chan-wook, si bien de forma sublimada, más refinada, más templada, más contenida; más madura. - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

@SirPonFDyM

Ve aquí nuestra Entrevista con Park Chan-wook

6 consejos de Park Chan-wook para hacer cine

Los sonidos en el cine de Park Chan-wook

No siempre fue el cine de Park Chan-wook tan sofisticado, visualmente ingenioso y atentamente montado. Los dos primeros filmes del maestro surcoreano del cine, a primera vista (incluso a segunda y tercera) parecen trabajos estudiantiles, en el aspecto formal. Porque, como suele ocurrir cuando se revisa el trabajo seminal de un autor destacado del cine, es desde los primeras obras que se reconocen las obsesiones, los temas que posteriormente irán desarrollando a través de los años y de los filmes. En Moon is the Sun’s Dream (1992) y Saminjo/Threesome (1997) -su ópera prima y su segundo filme- ya están planteados los trazos del amor romántico, el deseo pasional (no siempre hilados en la misma trenza o, más bien, por lo general corriendo en vagones en sentido opuesto), el sentido de lealtad, la ira contenida y, por encima de todo, la incandescente necesidad de venganza; y ésta, por supuesto, ejecutada apelando a las más ingeniosas formas de violencia imaginables, con la mayor cantidad posible de sangre salpicada, evidentemente.

Todo desplegado desde el desdoblamiento de otro de los que se han convertido en sus sellos caracerísticos: la construcción de una trama intrincada que, posteriormente, exige el minucioso desmontaje de las distintas capas que componen la historia para poder, eventualmente, encontrar las distintas culpabilidades involucradas, y los diversos grados con que se manifestaron. 

En su tercer filme, Joint Security Area (2000), se aprecia un abordaje más profesional de su oficio, aunque por lo general bastante clásico, hasta parecería ser un encargo que debía cumplir aseadamente, apenas en momentos puntuales aventurándose a romper los moldes. Y no es sino hasta su cuarta obra, Sympathy for Mr. Vengeance, en 2002 (10 años después de haber empezado a dirigir películas) que se puede apreciar que Park Chan-wook se siente ya en poder del medio, controlando la forma en que quiere contar las cosas que quiere decir; es cuando empieza a impimir con claridad el estilo que posteriormente ha ido cincelando, que es de inmediato reconocible y que lo ha convertido en figura de admiración mundial.  

Desde la secuencia de apertura de ese filme, en planos muy cerrados, jugando con el campo focal, las texturas, los encuadres (inicia su relación amorosa por los top shots) y el montaje y la elipsis temporal, sabemos que veremos un filme cuando menos estilizado; al final de la secuencia completa, podemos estar seguros de que estamos en manos de un director agudo (Park Chan-wook estudió filosofía, inicialmente), que explorará asuntos profundos y sabrá cómo hacerlo. Al verse Sympathy for Mr. Vengeance, pues, por primera vez puede decirse que se está frente a un filme de Park Chan-wook; del Park Chan-wook que conocemos. Después, película a película (casi podríamos decir plano a plano), con algún desliz de por medio, ha ido puliendo sus concepciones visuales, en ocasiones de forma lúdica, en otras siguiendo una progresión sobre lo que esbozaba al incio de su carrera pero, sobre todo, tejiendo de modo coherente y congruente el conjunto de planos propuestos que, por encima de todo, esté en íntima conexión con el desarrollo del relato. 

Y entonces, en el 2022, llegamos a Decision to Leave, un filme que concentra todas las virtudes y fortalezas que Park Chan-wook ha ido depurando, y las lleva a un nivel apoteósico que lo menos que provoca es exaltación; de diversas formas, sin artificios, eleva con gracia y denuedo las pasiones del espectador. Porque esa es una de las características fundamentales del cine de este surcoreano, su prodigiosa capacidad (facilidad) para más allá de su arrebatadora propuesta visual y narrativa (o, más bien, haciendo que todo ese despliegue de talento e inventiva sean puestos en favor del discurso que quiere postular), a través de una historia, conmover y sacudir a quien se posicione frente a la pantalla; conseguir que la persona expuesta a su trabajo no solo vea un filme sino que viva una auténtica experiencia cinematográfica, una de esas que se viven con todo el cuerpo y lo que se aloja dentro de él. En Decision to Leave retuerce contínuamente las emociones de sus protagonistas y, al hacerlo, la reverberación que suscita se mueve expansiva hasta conectar directamente con las de los espectadores. 

El accidente que provoca la muerte de un aficionado alpinista, quien cae desde la cúspide de una peligrosa montaña, contiene rasgos que despiertan sospechas en el diligente detective Jang Hae-joon (Park Hae-il), un hombre de suaves maneras, lo que no es del todo habitual en alguien de su oficio. Su acuciosa investigación pronto lo pone frente a la viuda, Song Seo-rae (Tan Wei), una joven extranjera (china), cuyo misterioso comportamiento levanta sospechas y cuyo atractivo seduce a Jang. Él, además de ser un tipo muy profesional, está felizmente casado con Jeon-ahn (Lee Jung-hyun); bueno, eso es lo que él creía, hasta que Song aparece en su radar. 

Sobran los elementos que, acumulándose, parecen acusarla; pero también comienzan a sumarse los detalles -los suaves roces entre ellos (de manos, de miradas, de intenciones); sus inclinaciones altruistas (cada día de la semana cuida a una anciana diferente en un asilo); los gestos especiales (él sufre de insomnio y, una noche, ella se presenta a su departamento para velarle el sueño a un costado de su cama, en lugar de meterse con él en su interior, por ejemplo)- que la exculpan. Y, al paso de los días y las aproximaciones, el deseo se va transformado en amor, aparentemente. Al menos de acuerdo a la percepción de Jang, esto es. Aunque, ¿pueden los detectives guiarse a partir de meras impresiones? Por otra parte, ¿no es dejándose llevar por ellas que las personas suelen enamorarse?

Pero después, como acontece en muchísimos casos (policiales y amorosos), se aclaran las posibles dudas, o se intensifican, o surgen nuevas que ofuscan la razón, el entendimiento, las aparentes certidumbres. Y así le ocurre a Jang. Pese a que el caso de Song es cerrado y ella liberada de toda sospecha, una serie de pormenores, de datos, de conjeturas que ha querido él llevar a su última conclusión (por instinto, por defecto profesional, por defensa propia) lo conducen a concluir que ha sido vilmente engañado por ella y, devastado (por el desengaño amoroso, pero también por el orgullo herido), decide replegarse, abandonar la ciudad de Busan y finalmente dejar de vivir a distancia la relación de fin de semana que sostenía con su esposa, mudándose al pueblo montañoso de Ipo, donde ella reside. Pese a que en algún momento, al verlo deprimido, su esposa le dice que parece necesitar de los asesinatos y la violencia para poder ser feliz, paulatinamente Jang se va acoplando a su nueva realidad, adaptándose a una medición del tiempo distinta, a una cotidianeidad menos exigente y absorbente, intentando recalibrar su relación marital. 

Hasta que un día, salida de la nada, acompañando a su esposa en el mercado, se topa de frente con Song, caminando de la mano con quien le presenta como su esposo. A partir de ese momento, se precipitan en cascada eventos que, entre otras cosas, lo vuelven a poner a investigar un grave caso que, una vez más, involucra enfáticamente a Song, poniendo de paso su matrimonio en predicamento. Lo incontrovertible es que, cuando el amor (o lo que se le parezca, emanado de la pasión) se incrusta en el cuerpo y en la mente, aturdiendo hasta los huesos, es casi imposible blandir remedio que ayude a paliar los efectos de la invasión, ya no se diga repelerlos por completo. 

Park Chan-wook, nos ha ofrecido muestra tras muestra febriles, desde el inicio de su carrera, es un romántico empedernido. Probablemente fanático de las comedias románticas, incluso. Pero sucede que sus escrúpulos, su buen gusto y, es probable también, su atención al prestigio propio le impidan entregarse de lleno al romanticismo, con el peligro de despeñarse en la cursilería. Para impedirlo tajantemente es que el autor surcoreano se parapeta detrás de distintas fortalezas desde el inicio mismo de su carrera. Y es Decision to Leave, filme articulado en modo de romance noir (muy sensual), el epítome de esa dualidad oscilante que domina su universo fílmico.

Porque primeramente escribe (siendo guionista o coguionista de sus filmes) historias con imbricados y constantes giros en las tramas (los nombres y algunos rostros, al menos para el mercado internacional, no ayudan particularmente a facilitar su seguimiento) que complejiza además, con su recurrente uso de elipsis y, también, vaivenes temporales; después las condimenta con fino humor, que inserta en dosis bien administradas y que, es importante advertirlo, eluden caer en la tentación del cinismo; y después, evidentemente, las embadurna de sangre salpicada de la violencia que se manifiesta a la menor provocación y, todo mundo lo sabe, se erige como uno de los pilares de su propuesta fílmica. El amor y la violencia, que suele desembocar en la muerte, el Liebestod, como las dos grandes pulsiones del cine de Park Chan-wook, que son las de la vida misma, los viejos Eros y Thanatos.

Es imprescindible aclarar que en su cine, a diferencia del que más vende boletos (o vistas) en el mundo, generalmente hecho en Hollywood, la violencia nunca es gratuita, y jamás es un mero espectáculo (con excepción de las secuencias oníricas en I’m a Cyborg, But That’s OK) para solazar a la audiencia. La suya, la que diseña meticulosamente y recrea en toda su vistosidad y al mismo tiempo en todo su siniestro horror, es una violencia planteada como representación física del eje central temático de su cine, que es la venganza. Porque en las sociedades asiáticas (aún más que en Occidente, el cine y la literatura nos lo han enseñado) el honor, la dignidad y la lealtad son virtudes cardinales que, al ser traicionadas, exigen ser resarcidas, particularmente cuando las resonancias de sus consecuencias se dilatan como lo hacen las ondas detonadas por un piedra irrumpe en el agua. No hay nada injustificado, ni arbitrario en el modo en que Park Chan-wook despliega sus rituales violentos; todo forma parte de un calculado plan que no por macabro deja de ser profundamente humano.

Tal vez la venganza no sea moralmente la respuesta óptima a un agravio, a una ofensa, a una vil chingadera por más daño que haya causado (se nos ha instruido e insistido que violencia genera violencia, y cotidianamente lo comprobamos), pero hay casos y situaciones en las que parece no haber otra salida posible. Al menos, es preciso aclararlo, desde la ficción representada en el cine. Park Chan-wook lo sabe, y por eso la presenta bajo la arquitectura de la perfección, pero sin azucararla y, sobre todo, sin convertirla en dispositivo para la risa; nunca despoja de humanidad a quien la sufre y, por tanto, aunque no simpaticemos con esa persona, nos hace sentir su dolor (pese a lo cuidadoso que es con lo que muestra en cámara) y, a través de él, acaso su posibilidad de redención mediante el sufrimiento o, quizás, simplemente su posición como depositario del desahogo de la furia que por tanto tiempo o con tanta intensidad guardó la persona agraviada. De cualquier forma, una vez consumada la vendetta, suele quedar la impresión de que el sabor que les queda a los personajes es más amargo que dulce, como el que paladean quienes se han empachado de culpa. Una satisfacción tremendamente insatisfactoria. 

Para poder construir con todo detalle y rigor el armazón de estos imbrincados relatos, en el caso de Decision to Leave sí con un inspector a cargo (pero antes con personas ajenas que por ellas mismas llevan a cabo las investigaciones a partir de las que articulan sus venganzas), es imprescindible no solo ser fanástico de Scooby-Doo (seguro Park lo era, cuando niño), sino de depositar una importante carga del peso narrativo en la memoria. El acto de recordar llevado al extremo. Porque no sólo recurre a ella transportándose al pasado montado en los habituales flashbacks, sino que al realizador surcoreano convierte el espacio de la evocación en el sitio en el que sus personajes (guardando siempre su fisonomía del presente) pueden participar activamente reconstruyendo o atestiguando cuanto ahí, entonces, sucedió (porque, como bien sabemos, la memoria suele engañarnos, adornando o oscureciendo el pasado, nada mejor que estar ahí, presentes, para evitar que eso ocurra). No importa si lo acontecido fue en un tiempo reciente, o en una época ya lejana. Es un poco habitual gesto estilístico en el cine que se ha convertido en uno de sus sellos pero, por encima de todo, un modo tanto de deconstruir cómo es que funciona nuestra capacidad para recordar, como de trazar las coordenadas bajo las que se tejen las averiguaciones policíacas.

En Decision to Leave son varias las ocasiones, en distintas situaciones, que maquina esta dinámica metatemporal, haciéndonos testigos presenciales de la famosa “reconstrucción de los hechos” simultáneamente al momento en que Jang va descifrando los acertijos. No ocurre, como en la mayoría de las películas, que nosotros, como espectadores, vayamos por delante del conocimiento del protagonista. No podemos darnos el lujo de la soberbia, nada hay de predecible en el desenvolvimiento de la trama. ¿Será que gracias a algún desplante de la memoria, algún detalle crucial rescatado por ella que se evite un desenlace que podría resultar irreparable?

En este filme, es preciso subrayarlo, están congregados todos los elementos idiosincrásicos del cine de Park Chan-wook, si bien de forma sublimada, más refinada, más templada, más contenida; más madura. Los de forma y los de fondo. Los visuales y los narrativos que, hablando de su cine, generalmente son una entidad: las tomas imposibles (con la cámara dentro del ojo abierto de un muerto para ver cómo se ven desde la muerte las hormigas que lo caminan, o desde el interior de un celular la expresión en el rostro de quien recibe un mensaje); la cuidadosa amalgama de planos fijos con otros a cámara volátil (muchas veces en mano) en las que los diálogos (que enuncian dichos que más tarde potencian su relevancia) y las coreografías (con su apropiación del espacio) están calibrados con precisión asombrosa y medidos con quirúrgica exactitud; la unión de secuencias, en varias coyunturas del relato, a través de vistosas e inventivas transiciones (Jang sacándole una foto con su celular a Song, y esa imagen de inmediato convertida en la foto que Jang muestra a los vecinos posibles testigos o el ver la foto de unas flores y al hacer zoom in a ellas éstas se convierten en flores reales que emplazan un trayecto al pasado) que trastocan tiempos y espacios y pueden desorientar fácilmente al distraído (incluso al que no lo es tanto); los planos holandeses (que acentúan la percepción desajustada de la realidad); los primerísimos planos, de los que no pueden escapar las más mínimas expresiones y guiños de los actores (que hacen un trabajo fenomenal de tan cerca, pero también con distancia de por medio); el persistente juego de focos y de lentes para constantemente deslizar el punto de acción en el espacio donde se desarrolla la escena; el montaje de varios planos narrativos simultáneos con lecturas a veces contradictorias. Y, por supuesto, las tomas desde las alturas que provocan vértigo y angustia, con las que estruja las emociones. Todo lo anterior conjuntado en favor de la profundización del discurso. La mente del espectador de las películas de Park Chan-wook permanece en constante desafío descifrando situaciones y motivaciones y, simultáneamente, el alma es colocada en posición de desasosiego sin reposo. El cuidado diseño de sonido, punzante cuando debe serlo, complementado con un score hitchockiano, intensifica el sentido de zozobra ciertas circunstancias sin ser nunca pedagógico o intrusivo.

No desfilan por Decision to Leave ni la violencia, ni el sexo al que Park Chan-wook nos tiene acostumbrados, tampoco lo envuelve todo en el preciosismo que puede agobiar (como en The Handmaiden). Lo que hay es deseo, tensión, romanticismo turbio. Y para mostrarlos en toda su dimensión, el director se toma su tiempo al narrar, le da importancia a todo, al plano, al ritmo interno y al externo, a las sutilezas que van diciendo cosas y van sembrando intriga; no solo en cuanto a los asuntos policiales sino a los que involucran los sentimientos de los protagonistas. Así nos enseña que para los enamorados los puros actos no siempre son suficientes y, a veces, requieren ser reforzados por las palabras para que el otro reciba el mensaje sin ambages ni cortapisas. El amante, emocionalmente vulnerable, sentimentalmente vacilando, necesita de esa reafirmación; el no tenerla abre el camino no solo a los malentendidos, sino a la decepción, que puede llevar a la exaltación del desengaño.

Y es entonces cuando cobra peso y sentido la palabra “decisión” del título, que implica el ejericio de la voluntad, el motor que mueve e impulsa los actos (y las palabras, o su ausencia) de quienes los ejecutan. La resolución de Song es una estampa rotunda de ello. Porque, a fin de cuentas, es evidente que, en la dimensión policial y en la amorosa, hay casos que son simplemente imposibles de resolver.  Y siguiendo la tradición de los estudiosos de las relaciones amorosas en el cine actual (Wong Kar-wai uno de ellos), Park Chan-wook certifica con este espléndido filme una verdad que no por incómoda deja de ser cierta: la forma de romance más pura es la que garantiza la imposibilidad de la consumación del amor.  

 
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