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FICHA TÉCNICA
La piel que habito
La piel que habito
 
España
2010
 
Director:
Pedro Almodóvar
 
Con:
Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes
 
Duración:
120 min.
 

 
La piel que habito
Publicado el 02 - Dic - 2011
 
 
Hay tanto cuidado a cada elemento y una necesidad de explicar cada detalle de la trama que es fácil que se pierda la atención. - ENFILME.COM
 
por Martín Rodríguez

Toledo, tiempo presente. Una mujer joven y muy guapa es atendida por otra ya mayor con un rictus cansado. Toda su comunicación es a través de un interfono. No tienen contacto físico entre ellas. La mujer joven se llama Vera (Anaya) y viste un traje de cuerpo completo, similar a los de gimnasia, color carne y con cierres en varios lugares que semejan cicatrices. Es claro que está prisionera en su habitación. El largometraje número 18 de Pedro Almodóvar tiene una introducción que deja inquieto a cualquiera.

De aquí en adelante, la trama de La piel que habito nos lleva por un siniestro entramado emocional en donde todo es guiado por un orquestador. Robert Ledgard (Banderas), un científico metódico y obsesivo, busca incesantemente desarrollar una piel perfecta, capaz de resistir quemaduras graves. Una piel que desarrolla como un consuelo, pero que parece la mejor manera de torturarse, y mantenerse ligado al recuerdo de su esposa que sobrevivió a un terrible accidente, quedando desfigurada a causa de las quemaduras.

Almodóvar nos presenta el personaje más desquiciado de toda su filmografía. Atrapado en un pasado tormentoso, que implica la pérdida de sus dos seres más queridos, Ledgard es diseccionado en cada secuencia. Interpretado por unAntonio Banderas sobrio, con tensión contenida en el rostro y mirada perdida, conocemos desde la faceta más cruel del médico, impulsada por un determinado deseo de venganza y una irracionalidad que lo desconecta del sentir de los demás, hasta su lado más vulnerable, aquel que le permite confiar en las personas.

Al interior de este entramado yace un secreto, que mantiene despierta la curiosidad del espectador. Similar a La mala educación (2004), la estructura del guión –que Almodóvar armó con su hermano, Agustín, durante casi 10 años inspirándose en la novela Tarántula de Thierry Jonquet– es como un rompecabezas, en donde los brincos en el tiempo nos introducen a esa lógica. Poco a poco se agregan piezas que nos van develando que todo es parte del mismo panorama.

Para cumplir con su venganza por la pérdida de sus seres más queridos, usa a Vera como su conejillo de indias, un personaje vulnerable que resulta fascinante porque las razones de su encierro y su angustia personal permanecen en el misterio y son la clave para entender esta lúgubre historia. La destrucción de algunos vestidos para formar piezas inspiradas en el arte de Louise Bourgeois, la incesante escritura de la palabra “respiro” en la pared y la realización de ejercicios de yoga, delínean el tema central de Almodóvar: la compleja e inacabada relación entre cuerpo e identidad.

La muerte permea todo el filme. Es ella la causante de tantos traumas en el doctor Ledgard. Los giros en la historia también están ligados a ella. Pero el motivo conductor en el filme es la venganza. Ledgard está sediento de ella y hará todo lo posible para saciar su deseo. Nada parece detenerlo, ni siquiera su hermano Zeca (Álamo), personaje que genera algunas risas y libera un poco la tensión constante de la película, apoyada por elementos como la fotografía de José Luis Alcaine.

Aunque a primera vista no lo parezca, Almodóvar vuelve a los temas que siempre lo han obsesionado: la identidad sexual, las relaciones obsesivas e incluso hay un guiño a la devoción maternal. El giro de tuerca en La piel que habito con respecto a su filmografía previa, es que ahora el sueño de ser alguien más se invierte. Lo que algunos podrían anhelar –materializar el deseo de ser otra persona– se convierte aquí en un castigo y en un reto de supervivencia. Pero, ¿dejamos de ser nosotros al cambiar nuestro cuerpo o somos prisioneros de nuestra piel? 

Así como con la trama, Almodóvar crea un juego laberíntico en el que las identidades se acomodan entre la apariencia y la mirada. La mirada del otro, que de alguna manera condiciona el comportamiento de los personajes, es envilecida hasta convertirse en una constante vigilancia. Varias cámaras graban los movimientos de Vera, mientras los ojos de Marilia (Paredes) y Robert observan cada una de sus acciones. Robert tiene una pantalla enorme en su habitación desde donde puede ver lo que capturan cualquiera de las cámaras que siguen a su presa. La cámara de Almodóvar se encarga de mostrarnos el juego de miradas que ocultan secretos entre Robert y Vera.

Ese juego está presente de manera constante en la filmografía de Almodóvar y lo ha ido perfeccionando con el paso de los años. En Kika (1993) la mirada es espía, hay una cámara fotográfica que contempla sin interceder en los sucesos. EnTodo sobre mi madre (1999) el juego es a través del teatro, que presenta situaciones y sentimientos que se asemejan a los de los personajes de la película. En La mala educación (2004) hay una película dentro de otra película, con una trama cercana a lo que pasó en realidad y que pretende volverse un producto mediático, para que pueda ser visto por todos. La mirada espía de Kika se vuelve además perversa y vouyerista en Los abrazos rotos (2009). En La piel que habito la mirada es espía y controladora, Ledgard quiere hacer de Vera un títere. Pero también interna, pues el villano busca manipular el presente para recuperar una imagen del pasado atrapada en su memoria.

Almodóvar ha atendido con devoción quirúrgica cada uno de los elementos del filme. De entrada, el guión le tomó diez años terminarlo. El secreto que yace al centro de su telaraña fílmica está celosamente cubierto por un vestuario que revela el alma de los personajes, un diseño de arte que conversa con su sentir, una iluminación clara que contrasta con la oscuridad de la historia, música que compasa el oscilar de las emociones. Cada detalle significa. Y abruma. La trama vincula cada parte y el ritmo intenta siempre mantener el interés. No siempre lo logra. Hay tanto cuidado a cada elemento y una necesidad de explicar cada detalle de la trama que es fácil que se pierda la atención. Por momentos, la tensión se disuelve. Vemos la piel pero también los ojos, los pulmones, el estómago. Cuando llegamos al corazón nos sorprende, pero al final nos damos cuenta de que solo vimos otro órgano.

 
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