Reseña, crítica La vida según Attenberg - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Attenberg
La vida según Attenberg
 
Grecia
2010
 
Director:
Athina Rachel Tsangari
 
Con:
Giorgos Lanthimos, Ariane Labed, Vangelis Mourikis, Evangelia Randou
 
Guión:
Atina Rachel Tsangari
 
Fotografía:
Thimios Bakatakis
 
Duración:
95 min.
 

 
La vida según Attenberg
Publicado el 04 - May - 2011
 
 
A    sus 23 años, su vida discurre entre conducir un taxi, escuchar a la    banda Suicide, ver documentales de David Attenborough, tomar lecciones    para besar con su única amiga, Bella (Randou), y acompañar a su padre    quien está gravemente enfermo. - ENFILME.COM
 

Una mirada bestial

Las cinematografías pequeñas, a contracorriente de las potencias cinematográficas, nos regalan un respiro a través de una mirada que genera formas y estilos que reinventan el cine. En la década pasada estos núcleos se desplazaron desde Tailandia (Apichatpong Weerasethakul), hasta Hungría (Bela Tàrr), encontrando en Turquía (Nuri Bielge Ceylan) e incluso Filipinas (Raya Martin) escalas que generaron un cambio radical en el lenguaje cinematográfico.

Ahora toca el turno de Grecia, que empieza a encontrar su justo lugar como cinematografía emergente gracias a un grupo de jóvenes realizadores que han colaborado en dos películas clave. La primera, una fábula satírica delirante y exquisita llamada Dogtooth (2009), de Giorgios Lanthimos, acreedora al premio Un Certain Regard en Cannes 2009. La segunda, una farsa metafísica llamada Attenberg (2010), escrita y dirigida por Athina Rachel Tsangari y ganadora del Premio a Mejor Dirección y Premio del Público en la primera edición del FICUNAM, narra la historia del despertar sexual de Marina (Labed), que vive en una ciudad industrial fantasmal.

A sus 23 años, su vida discurre entre conducir un taxi, escuchar a la banda Suicide, ver documentales de David Attenborough, tomar lecciones para besar con su única amiga, Bella (Randou), y acompañar a su padre quien está gravemente enfermo. Su mundo cambia cuando en la ciudad irrumpe un visitante: el ingeniero sobriamente interpretado por Yorgos Lanthimos, director de Dogtooth. Gracias a la soberbia interpretación de Ariane Labed, que le valió la Copa Volpi a mejor actriz en el Festival de Venecia, descubrimos a una Marina excéntrica y asexual, cuyos movimientos y gestos dibujan un personaje ajeno a su propia fisicalidad pero que también subrayan un automatismo casi animal.

Desde la primera imagen se plantea el tono hilarante que tendrá resonancia a lo largo del filme: Marina y Bella ensayan besarse, las lenguas tiesas que penetran maquinalmente las bocas y la dureza de los labios le quitan cualquier indicio de sensualidad al acto. El relato prescinde de una psicología explicativa, lo que permite que el espectador perciba a Marina como un personaje complejo a pesar de su comportamiento fársico. La narración episódica de Attenberg presenta acciones y hechos sin juzgar al personaje. En una plática con su padre, le platica que cuando piensa en él le gusta imaginarlo como un hombre sin genitales. En otro momento, su amiga Bella la reta a tocar sus pechos y ella lo hace como si se tratara de un aparato cuyo manual no ha leído. Es la suma de estas situaciones, que brincan de lo fársico a lo trágico, lo que va construyendo el estilo peculiar y excéntrico de la película.

Más adelante, Marina y su padre gesticulan y brincan sobre la cama mientras imitan movimientos y sonidos de animales. Este momento hilarante y surreal hace eco con los interludios musicales a manera de cortinilla que interrumpen la narración. Dichos momentos no estaban planteados en el guión, fueron descubiertos intuitivamente e insertados por la realizadora a manera de coro para dar un respiro a la carga trágica del filme. 

En los planosecuencias sólo participan Marina y Bella haciendo una clara autoparodia que, por otra parte, es la única manera que tienen de expresar o desbordar toda la carga emocional reprimida que sucede dentro de la historia. Estas digresiones, al parecer, son el único lugar posible donde ellas pueden ser.

El amor que existe entre Marina y el padre no se expresa directamente. Sólo existe a través de la oralidad: el padre medita en voz alta o alecciona a la hija; ella hace preguntas y observaciones que pueden parecer incestuosas y tabú. La sexualidad de Marina está desplazada de su físico y sólo puede hablar de ella (con su padre, con su amiga Bella, con el ingeniero). Cuando, finalmente, después de una seducción torpe, tiene relaciones con el extranjero, ella sólo puede hablar durante el coito. 

La muerte que ronda el paisaje industrial remite a Red Desert (Il deserto rosso, 1964) de Michelangelo Antonioni: el hospital, la casa, el hotel, el auto y las fachadas de los edificios están llenos de texturas y colores clínicos. Al deconstruir esta asepsia en el paisaje, Athina Rachel Tsangari nos muestra cómo el entorno incide directamente en el comportamiento de Marina, afectado por los cielos funestos, los exteriores claustrofóbicos y los vientos gélidos. Pero justo cuando la frialdad se vuelve insoportable, Marina se nos muestra cada vez más frágil, como si empezara a percibir la cercanía de la muerte del padre como un último llamado para escapar de ese espacio fúnebre. ¿Es su despertar sexual su primera y única fuga? La película, pues, medita sobre las fuerzas que rigen nuestra humanidad: el sexo y la muerte.

Este coming of age que oscila entre el realismo frío y calculador a la Haneke y la farsa desbordada a la Monthy Python tiene grandes hallazgos de forma y estilo. Sea por su narración elíptica, sea por los encuadres frontales-abiertos en oposición a los encuadres que fragmentan el espacio para sorprendernos al abrirse, sea por sus movimientos que subrayan estados anímicos en contraposición a los planos fijos llenos de parálisis, sea por el tono invernal de las actuaciones contrapuestos a los movimientos dignos de cualquier clown, sea por su puesta en escena minimalista, Attenberg, cuyo nombre hace referencia a la mala pronunciación del nombre del director de documentales que obsesionan a este freak entrañable, es un deleite post-punk digno de esta gestación de cinematografías cuyos ecos aún están por expresarse a ritmo de ghost rider, el “Ministry of Silly Walks”, y los gritos primigenios en medio del vacío.

 
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