Por: Alfonso Flores-Durón y M.
Para Brenda
Aquí puedes ver Introduction to the End of an Argument y The Time That Remains de Elia Suleiman
Después de revisar históricamente las masacres, hecatombes que han ocurrido en la humanidad, la conclusión principal suele ser siempre que debemos aprender de lo que sucedió para que no se repita nunca más: el Holocausto, la esclavitud en Estados Unidos, el genocidio en Ruanda y Armenia, la sinrazón de las guerras mundiales y todo tipo de conflicto armado. Sin embargo, parece que el ser humano no aprende. Y, tristemente, la desvalorización de la vida del otro es en la actualidad igual o peor que antes. Casi en tiempo real llevamos más de dos años siendo testigos, impotentes, estériles de otro genocidio, como si fuera cualquier cosa: el que lleva a cabo el gobierno de Israel en Palestina, en Gaza. Incluso hoy en día, pese a que supuestamente Donald Trump (el premio FIFA de la Paz) habría conseguido un acuerdo de no agresión desde hace más de dos meses, en menor escala pero han continuado tanto los asesinatos alevosos del ejército israelí a hombres, mujeres y niños inocentes, como las persistentes y sádicas agresiones de los colonos israelíes contra cualquier palestino, siempre amparados en la impunidad al sentirse apoyados por su gobierno, hagan lo que hagan, pasen encima de quien sea. El 7 de octubre del 2023 el grupo terrorista Hamas efectuó una imperdonable masacre en contra de inocentes israelíes. Israel lleva décadas ocupando injustamente el territorio que le pertenece a Palestina, creándoles una auténtica cárcel dentro de su propio territorio, sometiendo a todo un pueblo que merece ser independiente, con la colaboración, por acción u omisión, de buena parte del resto del mundo.
En el contexto de este execrable genocidio, en el transcurso de los largos meses de su criminal desarrollo, ocurrió una tragedia en particular que atrapó la atención de la directora de cine tunesina, Kaouther Ben Hania, cuando aterrizaba en Los Angeles, en febrero de hace dos años, para iniciar el proceso de promoción de su filme Four Daughters (2023), nominado al Oscar como Mejor Documental. Lo que leyó a través de sus redes sociales la conmocionó. Pese a que tenía, por fin, amarrado el financiamiento para filmar una historia que llevaba años persiguiendo, habló de inmediato con su productor para decirle que pusiera en pausa su soñado proyecto, pues tenían que filmar una historia que no podía ser ignorada, que no podía perderse en el cúmulo de todas las tragedias ocurriendo cotidianamente.
Hind Rajab, una niña palestina de cinco años viajaba con seis miembros de su familia, intentando abandonar Gaza, cuando fueron salvajemente atacados por el ejército israelí. Pese a claramente no representar ningún peligro, un tanque disparó contra el auto que manejaba el tío de Hind Rajab, dejándolo completamente despedazado. En el ataque murieron todos sus familiares; milagrosamente, la única sobreviviente fue Hind Rajab. De manera insólita, la niña logró comunicarse a través del celular de uno de sus familiares muertos con miembros de la Sociedad de la Media Luna Roja Palestina (PRCS) suplicándoles, por horas, que fueran a rescatarla. Los audios de las prolongadas conversaciones de la aterrorizada pequeña (en ocasiones más serena, en otras absolutamente desesperada, desde luego incapaz de dimensionar lo que ha sucedido a su alrededor) se preservaron y circularon en las redes y medios palestinos. Con ellos como basamento y alma del filme, Ben Hania inventivamente construyó el filme que visualmente situó, en su totalidad, al interior de las oficinas de la PRCS, con solo un puñado de actores interpretando a los integrantes del call center con los que la niña tuvo contacto.
El apabullante drama que es La voz de Hind Rajab inicia con Omar (Motaz Malhees), miembro del call-center del PRCS, recibiendo la llamada de una chica en Alemania, pidiéndole que llame a un número celular en el que contestará su prima, una niña de cinco años. Sí, Hind Rajab. Con la dificultad que representa hablar con una pequeñita de esa edad, y en esas condiciones, Omar consigue ir extrayéndole información a cuenta gotas. La tensión, segundo a segundo, es enorme, porque en cualquier momento pueden volver a disparar a lo que queda del auto en el que se encuentra la niña. La sobrecogedora desesperación de Omar es contagiosa y, poco a poco, va sabiendo (y nosotros con él) que todos los miembros de su familia están muertos, que siguen lloviendo disparos cerca de ella y, fundamental, que el sitio exacto donde se encuentra -una gasolinería-, no está muy alejada de esas oficinas. Teniendo el lugar detectado, puede iniciar sin demora la planeación de su rescate, cualquiera pensaría, incluyendo a Omar.
De inmediato se lo comunica al jefe de operaciones de la oficina, Mahdi (Amer Hlehel), quien le desmenuza todo el protocolo que debe seguirse para poder activar la misión, pues no pueden simplemente enviar a una ambulancia a recogerla: deben establecer una ruta bien definida, que sea segura, en coordinación con el Comité de la Cruz Roja y la Coordinación de Actividades Gubernamentales de los Territorios Ocupados, unidad perteneciente al Ministerio de Defensa Israelí. A Omar, como a cualquier persona (a quienes vemos el filme, por ejemplo), le parece ridículo lo que le dice su jefe y, encolerizado, le exige que envíen de inmediato a quien pueda salvar a la muchachita. Rana (Saja Kilani), una supervisora que estaba ya por retirarse a su casa, media para calmar a Omar (quien se niega a recibir la ayuda de la mujer encargada de auxilio psicológico para poder tanto gestionar las llamadas complicadas, como para desahogar el abrumador estrés y agobio mental de los miembros del equipo), y lo acompaña en el seguimiento de la llamada. La voz de la niña suena cada vez más afligida, pues no quiere estar sola y le da miedo que oscurezca; al escucharla igualmente crece la exasperación de Omar, que quiere se brinquen las trabas para ir por ella ipso facto. Mahdi, perdiendo también la paciencia, le explica que si una ambulancia recorre esas calles sin autorización, puede fácilmente ser blanco de un ataque letal y sus tripulantes (también con familias e hijos) de seguro asesinados. No pueden arriesgarlos.
El, como espectadores, saber que la auténtica voz de Hind Rajab es la que estamos escuchando al experimentar el filme, en esa cápsula de tiempo y espacio durante el que la pequeña padecía la angustia de la incertidumbre, rodeada de tanques y hombres armados israelíes, atosigada por el tenaz sonido de disparos, acentúa no solo el dramatismo de la historia convertida en filme. Mucho más significativo es que coloca en una dimensión aún más terrorífica nuestra percepción de la historia real acontecida, de la que nos convertimos en testigos atemporales, con la congoja de saber que cuanto testimoniamos a partir de lo que surge de la pantalla, en imágenes y, sobre todo, en sonido, lo sufrió el alma inocente de Hind Rajab en carne, en ojos, en oídos propios. La angustia y desesperación va in crescendo, porque el tiempo pasa y, como bien sabe Omar, cada segundo puede ser la diferencia entre salvar una vida o seguir acumulando muertes, cada una igual de valiosa y terrible que las demás, mucho más que un simple número que se infla sin freno. El hecho de que Omar y Rana tengan, simultáneamente, comunicación también con la madre de la Hind Rajab, vuelve casi intolerable la experiencia que el agitado trabajo de cámara de Juan Sarmiento (el mismo de la colombiana El poeta), y el ensamble actoral, calibrado magníficamente, robustecen.
La propuesta de Kaouther Ben Hania de fundir elementos documentales dentro de sus ficciones, o viceversa, se han convertido ya en un sello que le han ganado triunfos artísticos. En Four Daughters, filme basado en una historia real ocurrida en Túnez, que debutó en el Festival de Cannes, dos de las cuatro hermanas del título son interpretadas por ellas mismas, mientras que las otras dos (que al radicalizarse huyeron para integrarse a ISIS), fueron personificadas por dos actrices físicamente muy similares a ellas. Tanto en los Oscar como en los César (el “Oscar” francés, que ganó), el filme compitió en la categoría documental. La voz de Hind Rajab es un trabajo aún más audaz, porque es todavía más espinoso tanto el tema abordado como lo es (ética, moralmente utilizar un recurso tan delicado como supone el último registro que queda de la vida de un ser humano.
Hubo quienes acusaron a Kaouther Ben Hania por explotar en su beneficio artístico la grabación de Hind Rajab. Para grupos radicales de izquierda, la obra no hace justicia ni a la memoria de la niña, ni a lo que ocurre en Gaza. Imposible gustar a todos con una obra de esta naturaleza; tampoco satisfacer las expectativas ni consideraciones del mundo entero. Al presentarse en el prestigioso Festival de Venecia, donde ganó el Gran Premio del Jurado, La voz de Hind Rajab recibió una ovación de pie durante 23 minutos. Fue el reconocimiento de la crítica, de sus pares, y del público entendido tanto por la mezcla de arrojo y sensibilidad con que Ben Hania, provocadora, acometió su obra, como porque obliga a seguir dirigiendo la mirada hacia Gaza y a todo Palestina. Lo que ahí ocurre nos incumbe a todos. A todos nos debería lastimar de igual forma.
El cine es una de las expresiones artísticas más poderosas y totales (en el sentido wagneriano) que existen. Y también es un medio que puede mover conciencias e, incluso, modificar realidades. En el transcurso del filme, hay un momento de intensa frustración y rabia de Omar al darse cuenta que, para obtener el permiso que pueda poner en marcha la dinámica de rescate que salve a Hind Rajab, necesitan el permiso del Ministerio de Defensa de Israel. Los mismos culpables de la devastación de su tierra, de haber acribillado el auto en que viajaba la propia niña. Una ironía tan absurda y tan cruel que parece fársica. La incomodidad e indignación que como espectadores sentimos al atestiguar este episodio, inmerso en los 89 minutos de tensión sin tregua a los que somos sometidos, no puede distraernos, sino enfocarnos: se trata de la realidad diaria, padecida segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora, día a día, durante muchos, muchísimos años, por los palestinos encarcelados y reprimidos en su propia tierra. La voz de cada persona que vea este filme se debe unir al del otro y al del otro más; una a una, todas juntas, a lo largo de todo el planeta hasta formar un coro que armonice con la de Hind Rajab. Su voz, la de la niña de cinco años, no puede seguir siendo ignorada, como tampoco la de todos aquellos que murieron sin voz. El genocidio israelí, no solo de estos últimos años, sino de todos los anteriores, debe parar ya. Palestina debe ser libre, merece ser libre.
*Alfonso Cuarón, Jonathan Glazer, Rooney Mara, Joaquin Phoenix y Brad Pitt son algunos de los productores ejecutivos del filme
Estreno en cines en México: Febrero 12, 2026