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FICHA TÉCNICA
The Bling Ring
Ladrones de la fama
 
EE.UU.
2013
 
Director:
Sofia Coppola
 
Con:
Kartie Chang, Israel Broussard, Emma Watson, Claire Julien, Taissa Farmiga, Georgia Rock
 
Guión:
Sofia Coppola
 
Fotografía:
Harry Savides, Christopher Blauvelt
 
Edición:
Sarah Flack Duración:
90 min.
 

 
Ladrones de la fama
Publicado el 31 - Jul - 2013
 
 
  • La historia real en la que está basada The Bling Ring es triste y tétrica; no la versión de Sofia Coppola que es ?atmosférica?, nostálgica, glamurosa, deseable, de una levedad   insoportable por su falta de compromiso con la realidad que retrata.  - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

Por Sofía Ochoa (@SofOchoa)

La historia real en la que está basada The Bling Ring es triste y tétrica; no la versión de Sofia Coppola que es “atmosférica”, nostálgica, glamurosa, deseable, de una levedad insoportable por su falta de compromiso con la realidad que retrata. Hay un regocijo sensorial hacia ciertos temas actuales y bien planteados, un entendimiento visual de la moda (de sus virtudes estéticas y a veces de sus demonios), pero no una devoción a la verdad (no a la de los hechos reales, sino a la que la ficción es capaz de desentrañar).

La anécdota en la que está basada el filme es, para estas alturas, bastante conocida: durante un año, entre 2008 y 2009, un grupo de jóvenes (casi todos adolescentes) bien posicionados de Los Angeles se dedicó a entrar a casas de celebridades a robar ropa, joyas, efectivo y, en algunos casos, objetos decorativos. Algunas de las víctimas: Paris Hilton, Lindsay Lohan, Orlando Bloom, Audrina Patridge, y otros nombres populares. Había detrás de este irresponsable y malicioso empuje fervor a la cultura de la celebridad (fervor temático que comparte Coppola), a las marcas (que Coppola ha cultivado a través de sus comerciales); explotación de la falta de consciencia sobre las posesiones de los ricos, producto de una sobreacumulación voraz; soledad (otra constante entre los personajes de Coppola); incredulidad en cuanto a la existencia de la tercera ley de Newton; traición sin miramientos; adicción a las drogas; una obsesión hacia el bombardeo continuo de frívolos iconos de la juventud a través de series de televisión; un deseo ansioso por imitar el estilo de vida de las celebridades creadas por los medios, enfatizado por programas de chismes; una facilidad absurda proporcionada por websites y redes sociales para conocer las agendas y direcciones de personajes famosos; un descarado cinismo para dar a conocer hurtos y otros crímenes propios en redes sociales y de boca a boca, y, finalmente, una sociedad capaz de –al menos virtualmente– aceptar, defender y aplaudir todo lo anterior. En el más sutil de los casos, esta lista es el camino fácil hacia el vacío existencial. Llevada al extremo, algunos de estos puntos podrían explicar que un joven que se siente rechazado por su madre sea capaz de matar con tal de volverse famoso (en la ficción, We Need to Talk About Kevin, 2011), o que la Rolling Stone ponga en su portada –usualmente reservada para estrellas de rock– a un presunto terrorista (en la vida real, aquí).

Coppola dirigió su fashionista cámara (a cargo del articulado y recién fallecido Harry Savides) al centro de donde salen los falsos ídolos de occidente, Los Angeles. La colocó sobre los rostros de los acusados. Pero no alcanzó a ver crímenes ni consciencias nubladas, castigos ni arrepentimiento (como sucedió en la vida real), permisión ni confusión social, sino la oportunidad para retratar un ennui casi tan inofensivo visualmente como el del personaje de Scarlett Johansson en Lost in Translation (2003). Gracias a un montaje efectista, más preocupado por las texturas que por los significados, los hurtos devienen pasarelas de banqueta en Rodeo Drive; las drogas, bailes sensuales; la adrenalina, aletargamiento con acabado instagram; la ansiedad, un mal rato. No hay una propuesta estética que abandone las páginas de revista de moda, de comercial de perfume, para mostrarnos el estado real de angustia de este grupo. No muestra las historias que llevan a los integrantes de esta cuadrilla a cometer estos atracos. Y aunque sí da brochazos que sugieren explicaciones a ciertos comportamientos (una mala relación con la madre, falta de comunicación con los padres, demasiado tiempo libre), no profundiza en su complejidad. El resultado es una homogeneización engañosa. Estéticamente puede resultar igual de divertido, puede verse igual de bien inhalar líneas de cocaína, ir a bailar a un club de moda, violentar la intimidad de una persona o sentirte nostálgico porque has sido apresado y estás dejando tu libertad atrás.

Incluso los intentos de Sofia por ser crítica son vacuos: Paris Hilton prestó su casa (la que fue robada; después compró otra mansión, donde vive actualmente) para la filmación. La directora y la socialité son amigas. Es obvio que al mostrarnos los cojines con la cara de Paris o las paredes de su casa con sus portadas de revista enmarcadas, está intentado decirnos algo. Pero, aún cuando algunos de sus diálogos son citas textuales de las declaraciones de los verdaderos implicados, no se atreve a decir que los jóvenes la eligieron como primera víctima porque, confiesan, la consideraban ‘tonta’. Pensaban que alguien como ella dejaría la llave debajo del tapete. Y así fue. Coppola establece un paralelismo entre las acusaciones de robo en contra de Lindsay Lohan, por las que eventualmente estuvo en la cárcel, y las acusaciones contra estos jóvenes, pero todas sus conclusiones van dirigidas hacia los deseos de ser famoso sin mayores implicaciones, sin ser problematizado. Lo vuelve un Perogrullo: todos quieren ser famosos. Y ya. No existen las consecuencias.

Quizá la mejor crítica sobre la película sea la que Alexis Neiers, la chica que inspiró el personaje interpretado por el ídolo ex Potter, Emma Watson. Neiers aterrizó en la consecución de robos después de una serie de desventuras, y no solo por tener una madre obsesiva, como insinúa Coppola. A raíz de que los culpables fueron descubiertos, su vida cambió radicalmente; además de haberse hecho famosa como trabajó por lograrlo durante mucho tiempo (anhelo que se recalca en la película), también estuvo internada un año en rehabilitación, por mencionar otra de las consecuencias totalmente pasadas por alto en el filme. Su opinión es esta: “Estamos obsesionados, creo, porque queremos ver dentro de la vida real de estas celebridades y disfrutamos escrudiñar a esta gente públicamente porque ‘pecan’ de manera distinta a nosotros. Es un método para distraernos de voltear hacia nuestras acciones y nuestros propios patrones enfermizos. La historia de adolescentes robando casas de celebridades es artificial y no tiene profundidad real ni substancia; yo solo espero que la señora Coppola decida arrojar luz hacia esta verdad”. Las sutilezas visuales que no acaban de tomar postura habían sido una estrategia en el cine de Sofia, que explotó casi al punto de la desarticulación en Somewhere (2011). En The Bling Ring, esta estrategia ha sido puesta en jaque por la realidad. Hay distracciones sanas; pero también hay las que adulan sin tomar postura, las que se vuelven cómplices sin miramientos, las que brillan a costa de cualquier luz.

 
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