Reseña, crítica Los juegos del destino - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Silver Linings Playbook
Los juegos del destino
 
EE.UU
2012
 
Director:
David O. Russell
 
Con:
Bradley Cooper, Jennifer Lawrence, Robert De Niro, Jacki Weaver, Chris Tucker, Brea Bee
 
Guión:
David O. Russell
 
Fotografía:
Masanobu Takayanagi
 
Edición:
Jay Cassidy, Crispin Struthers Duración:
122 min
 

 
Los juegos del destino
Publicado el 11 - Feb - 2012
 
 
Pat Solitano Jr. (Cooper) es un profesor de preparatoria que regresa a vivir con sus padres luego de ocho meses de estar internado en una institución psiquiátrica. - ENFILME.COM
 

Por Enrique Sánchez (@RikyTravolta)

 

“Me volví loco, con largos periodos de espantosa cordura”, decía Edgar Allan Poe, a quien muchos identificarán por el ominoso cuervo posado sobre un dintel, y su pavoroso “nunca más”. Aunque en su tiempo pasó desapercibido para muchas de las personas que lo rodeaban −algunos simplemente lo percibían como un hombre excéntrico− ahora sabemos que el escritor estadounidense padecía de algo que en el siglo XIX fue conocido como “doble ser”, que con el tiempo cambió su nombre a “personalidad dividida”, y que terminó por ser reconocido como “trastorno bipolar”. Es un padecimiento difícil, del que poco se puede hacer para ayudar a que la persona que lo sufre tenga una vida normal, y por eso resulta asombroso que David O. Russell (The Fighter, 2010) haya dirigido una película que incorpora elementos de una comedia romántica hollywoodense, pero que en el centro tiene a un personaje bipolar. Su relato no es lúgubre como los del escritor, sino que se enfoca en aquellos largos periodos de espantosa cordura; en la necesidad que tiene un hombre enfermo de ser funcional en un mundo que prefiere relegar a los de su tipo antes que lidiar con ellos. Y, no obstante, nos encontramos riendo en los momentos más inesperados de la vida de esta persona. Los juegos del destino es una historia en donde la comedia y la tragedia actúan de manera íntegra, de la misma forma en que ambas determinan la vida de un bipolar.

Pat Solitano Jr. (Cooper) es un profesor de preparatoria que regresa a vivir con sus padres luego de ocho meses de estar internado en una institución psiquiátrica. Su encierro se debió a un episodio maniaco que sufrió el día que encontró a su esposa Nikki bañándose con otro profesor de su escuela, mientras sonaba de fondo “My Cherie Amour” (la canción de Stevie Wonder con la que Pat y Nikki se casaron), y todo esto confirmó su condición de bipolar. Es evidente que durante esos ocho meses de reclusión revivió en su cabeza una y otra vez aquel tormentoso episodio, y también que está harto de las medicinas −pues no hacen más que sosegarlo−, así que cuando sale, lo primero que hace es forzarse a sí mismo a actuar como una persona sana. De paso, pretende bajar de peso, por lo que comienza a trotar todos los días usando una bolsa de basura para sudar. Quizás, en su inocencia, se esfuerza por creer en aquello de que el cuerpo sano implica una mente sana. “Consigue una estrategia”, le dice su terapeuta, y esto es fundamental porque en este punto de su vida −en donde es libre de la reclusión, pero esclavo de su mente−, Pat se ve obligado a motivarse por medio de pequeñas victorias, viviendo poco a poco, y por eso es algo devastador cuando lo vemos orillado a tomar nuevamente sus pastillas luego de una noche difícil. Su principal motivación es demostrar su cambio positivo frente al mundo que lo rodea −un vecindario de Philadelphia en donde al parecer todos se conocen y, para desgracia de Pat, están muy alerta de su padecimiento−, y esto lo hace un poco por su salud mental, pero principalmente para que la noticia de su recuperación llegue a los oídos de Nikki, y que de esa manera ella esté dispuesta a retomar su relación.

En su anhelo por reconquistar a su mujer, Pat acepta ir a cenar con sus vecinos Ronnie (Ortiz) y Veronica (Stiles), quienes tienen contacto con Nikki. Es ahí donde conoce a Tiffany (Lawrence), una joven viuda que luego de la muerte de su marido se hundió en la depresión y comenzó a tener relaciones sexuales con todo hombre que se cruzara en su camino. A partir de entonces, ambos comienzan una amistad poco común en donde todo es un intercambio de intereses: Pat pretende acercarse a Nikki a través de Tiffany, y Tiffany utiliza esta excusa para estar cerca de él. El trato consiste en practicar para un concurso de baile al estilo Dancing with the Stars en el que Tiffany se ha empeñado en participar, pues para ella el baile representa un pequeño triunfo, su “estrategia” para superar la muerte de su esposo. Pat acepta a regañadientes, con la condición de que Tiffany le haga llegar una carta a Nikki, y es entonces que él cambia sus trotes matutinos por las rutinas de baile.

La relación es manejada con maestría en el guión de Russell: cuando parece que están listos para dar el siguiente paso en su relación, algo sucede que los vuelve a alejar. A veces son los desgarradores comentarios de Pat sobre la muerte del esposo de Tiffany, o sus inconvenientes para llegar a los ensayos; casi siempre, es el recuerdo hostigador de Nikki que nubla la mente de Pat, al grado de que lo incapacita. En una de las mejores secuencias de la película, Pat sufre un episodio luego de que no encuentra el video de su boda, y sin querer golpea a su madre. Puedo imaginar muchos otros contextos en los que este momento sería el clímax de una comedia, pero aunque la escena es cómica en un principio, no pasa mucho tiempo antes de que uno sienta verdadera lástima por Pat y su familia. Un golpe accidental puede parecer gracioso, pero el hecho de que una melodía sea capaz de desatar un estado de paranoia, eso es algo que no puedo imaginar.

Cooper interpreta a Pat con la misma compulsión brillante con que Philip Seymour Hoffman interpretó a Wilson Joel en Love Liza (2002), el relato de un hombre que se vuelve adicto al olor de la gasolina luego de quedar viudo. El primero pretende mitigar el dolor por medio de una forzada renovación; el segundo, por medio de la autodestrucción. Ambos lo hacen por una mujer que permanece ausente a lo largo de la película. Las ilusiones de Pat son tan grandes que tiene un ataque de ira cuando se entera del final desencantado de Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, que se ha puesto a leer −junto con todos los libros que Nikki enseña a sus alumnos− para sentirse cerca de su esposa. El título en inglés de esta película es Silver Linings Playbook, que se refiere a un manual para ver el lado bueno de las cosas, y el que conozca la obra de Hemingway sabrá que esta escena cómica es significativa porque el escritor tenía una fuerte inclinación por las tramas realistas y llenas de desilusión; son el peor tipo de novela que existe para un hombre que se aferra a la esperanza, y es por eso que para Pat es inconcebible que el héroe y su amada sobrevivan a algo tan duro como una guerra, y que al final no terminen juntos. Es justo la situación en la que él se encuentra, y resulta alarmante pensar que Hemingway −quien escribió la novela a partir de sus experiencias en la guerra− haya terminado por suicidarse.

El regreso de Pat al mundo real implica tener que lidiar, además, con su padre Pat Sr. (De Niro), quien luego de quedar desempleado se convirtió en un apostador compulsivo y supersticioso de los partidos de las Águilas de Filadelfia. La relación entre Pat y su padre es curiosa: son como dos extraños que nunca se dieron cuenta de que se querían, y ahora que ambos están viviendo un mal momento, tienen una oportunidad de acercarse entre sí. Justo en el medio se encuentra Dolores (Weaver), la madre y esposa que guarda su distancia en los momentos en que Pat y su padre necesitan espacio. Dolores, no obstante, es la piedra angular de la familia, y de manera muy discreta, la película nos va mostrando sutilmente cómo esta mujer mueve varios hilos para lograr que su familia sea feliz. Ella es, más que nada, un reflejo de lo que Tiffany, muy a su manera, quiere ser para Pat: una mujer que lo manipula con el afán de verlo feliz. Si lo logra, quizás ella también sea feliz.

Russell tenía en mente a varias actrices mayores para el papel de Tiffany, desde Elizabeth Banks hasta Angelina Jolie, y es sorprendente que a sus escasos 22 años Jennifer Lawrence sea capaz de interpretar con tanta madurez y autenticidad, con tantos matices histriónicos, a una joven que ha pasado por un trauma así de fuerte. A pesar de que está “loca”, como ella misma se define, hay sensatez en la manera en que controla a Pat y lo ayuda a superar el pasado. Claro que Tiffany necesita ser salvada de su propia tendencia autodestructiva, tanto como Pat necesita aceptar el hecho de que Nikki ya no puede hacerlo feliz, y su dinámica está tan bien manejada que puede cautivar sin manipularnos por medio de sentimentalismos. De manera natural, los dos saben cómo hacer feliz al otro, pero también saben cómo hacerse daño, y algo que parece imposible para ellos es encontrar un punto medio. Encima de ambos se encuentra un telón invisible con aquellas dos máscaras que en el teatro clásico representaban las condiciones humanas primordiales: el gozo y la pena.

Russell tuvo como consultor para la película a su propio hijo, quien sufre de trastorno bipolar, y algo en lo que acertó fue en tratar a su protagonista con respeto pero sin dramatizarlo demasiado. A veces la vida de Pat es una comedia, y otras es una tragedia; ante los ojos de aquéllos que lo ven de lejos, solo es un caso perdido −abundan en esta cinta los vecinos entrometidos, asomados por la ventana cada que Pat pasa por sus casas−. Llama la atención el caso de un personaje llamado Danny (Tucker), amigo de Pat en el sanatorio, que entra y sale un par de veces del psiquiátrico por la incompetencia de los que siguen su caso. No solo aporta un toque de humor, sino que su situación expone la falta de seriedad con que la sociedad trata a las personas con trastornos de este tipo. Las instituciones psiquiátricas son las encargadas de contener los exabruptos, pero para la mayoría de los pacientes el verdadero esfuerzo se debe realizar al regresar al mundo exterior, durante los periodos de espantosa cordura a los que tanto temía Poe. La lucha de Pat sin duda es mucho más grande que la de cualquiera de nosotros, pero se basa en el mismo principio, y por eso es tan fácil reconocer sus esfuerzos. Una vez más hay que hacer caso omiso a la traducción que le han dado al título de esta película; es la voluntad propia, y no el destino, lo que determina la felicidad a la que cada uno puede aspirar.

 
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