Reseña, crítica Medianoche en París - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Midnight in Paris
Medianoche en París
 
EE.UU.
2011
 
Director:
Woody Allen
 
Con:
Owen Wilson, Rachel McAdams, Kurt Fuller, Carla Bruni, Marion Cotillard
 
Guión:
Woody Allen
 
Duración:
100 min.
 

 
Medianoche en París
Publicado el 01 - Ago - 2011
 
 
En Medianoche en París, Gil puede escapar de su miseria y viajar todas las noches cuando el reloj marca las doce, como Cenicienta, a la década de los veinte a convivir con los intelectuales que se afincaron en esa época en la ciudad de las luces. - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

Gil e Inez, una joven pareja a punto de casarse, viaja con los padres de ella a París. Todos son estadounidenses. Él es guionista en Hollywood, pero cree que París tiene el encanto suficiente para convertirlo en un verdadero artista e inspirarlo a terminar su primera novela. Ella no quiere exceder la más ordinaria clasificación de turista ni quebrantar un pelo el exclusivo subgénero “de lujo”. Pronto las ambiciones de él chocan con las aspiraciones de ella. Él quiere caminar y mojarse con la lluvia; ella quiere tomar un taxi. Él es Owen Wilson interpretando el papel de escritor en crisis, que si el director no tuviera 76 años, él mismo hubiera interpretado (y, de haber sido así, habría incluido cuando menos una secuencia en la que hubiera presumido sus dotes de amante). La actriz Rachel McAdams es perfecta para el papel de gringa intransigente.

Como suele suceder en las mejores comedias de Woody Allen –Bananas (1971), Todo lo que siempre quiso saber de sexo* y nunca se atrevió a preguntar (1972), Zelig (1983), entre otras–, los personajes son sometidos a situaciones absurdas e inexplicables que mejoran momentáneamente su condición al tiempo que acentúan sus rasgos más miserables. Ese acento es el rasgo trágico que dota a sus películas de reflexión, es la conciencia de la risa. “¿Qué es la comedia sino una tragedia más tiempo?”, dice el autor.

En Medianoche en París, Gil puede escapar de su miseria y viajar todas las noches cuando el reloj marca las doce, como Cenicienta, a la década de los veinte a convivir con los intelectuales que se afincaron en esa época en la ciudad de las luces. Son intelectuales que han deambulado, al menos con menciones, por la obra de Allen: Scott y Zelda Fitzgerald, Ernest Hemingway, Buñuel, Cole Porter, Gertrude Stein, etc. Aquí no sólo deambulan, también charlan y beben con Gil, le piden y reciben consejos, bailan con él y lo tratan como a uno de ellos. La situación es estúpidamente –incluso bobaliconamente, tanto como un gringo en París– deliciosa. A un nivel menos sofisticado que en su otra “comedia literaria”Amor y muerte (1975), Allen concatena lugares comunes intelectualoides y los explota con su humor autodenigrante acostumbrado. Pero hay para todos: es probable que no hayas leído “The Love Song of Alfred J. Prufrock” de T.S. Eliot y que se te escape que Gil le diga al autor que el poema es su mantra porque trata sobre un cuate que muere de miedo de darle el anillo a su novia –el pavor al compromiso es otro de los temas de Allen–; pero a nadie se le pasa lo rebuscada (como todos sus chistes) que es la disertación sobre el pan pita y el amor.

Siendo él mismo, un judío neoyorquino clasemediero que reniega de Dios, sabe llegarle a quienes no lo son, a través de una cinematografía económicamente impecable. Los encuadres a los hitos turísticos con los que abre la película, sirven, como en Manhattan (1979), para dejar por sentado de una vez por todas el lugar y el tono. Este no es el París graffiteado, peligroso y con olor a orines del mochilero; es el París maravilloso del imaginario común, o vulgar, si se prefiere. Las locaciones acentúan el lente indulgente a través del que se les mira: en el presente, siempre lujosas, ambientadas con una luz demasiado amarilla, con tono de hotel de cinco diamantes, y con velas en los espacios íntimos del pasado, más coloridas en las fiestas. Las actuaciones espontáneamente calculadas siguen el timing preciso que exige un guión cómico, acentuado por la limpieza en la edición.

Gil se siente en el pasado como pez en el agua y cada vez encuentra menos razones para volver. Pronto se envuelve en una situación que hace evidente su desgracia y, de paso, el tema central de la película. Por arte de magia, ha logrado evadir la nostalgia viviendo en ella. Cuando conoce a Adriana, la musa que interpreta la hermosísima Marion Cotillard –otra razón para vivir en el pasado–, entiende que la nostalgia es tan inherente a la condición humana como, digamos, la muerte. A través de la nostalgia Allen aborda otro de sus temas recurrentes, el de la realidad contra la ficción. Por más que la segunda sea mucho mejor que la primera, solo en la primera “podemos conseguir un bistec para la cena” y, siendo así, la existencia de la ficción, la existencia de otras posibilidades, empeora nuestra limitada condición de humanos.

Al ver las películas más recientes de Woody Allen, pasa lo que con las de Clint Eastwood: vemos en su trabajo la inminencia de la muerte. La nostalgia por el pasado es también la nostalgia por la juventud; la evocación de la ficción es un llamado a la inmortalidad. Woody Allen sigue ganándole a la muerte, pero solo por un chiste.

 
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