Reseña, crítica Micmacs: Un plan de locos - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Micmacs à tire-larigot
Micmacs: Un plan de locos
 
Francia
2009
 
Director:
Jean-Pierre Jeunet
 
Con:
Dany Boon, André Dussollier, Nicolas Marié
 
Guión:
Jean-Pierre Jeunet, Guillaume Laurant
 
Duración:
105 min.
 

 
Micmacs: Un plan de locos
Publicado el 17 - Sep - 2010
 
 
En Micmacs deshace un rompecabezas cuyas piezas no tienen armonía entre sí. Se pierde el ritmo de causa y efecto al involucrar cada vez más personajes y conflictos dentro de una historia que se pudo haber limitado a lo simple. - ENFILME.COM
 

En Micmacs (2009), Jean Pierre Jeunet cuenta la historia de talentosos e inusuales personajes que toman venganza contra un grupo de hombres que fabrican armas. Sin embargo, el exceso de detalles y la falta de un encadenamiento coherente en la trama dan como resultado una historia confusa y tediosa.

Las armas marcan la vida de Bazil (Dany Boon) un chico que se queda huérfano tras la muerte de su padre en Marruecos por la explosión de una mina. Con el paso de los años, el protagonista retoma su vida y trabaja en una tienda de videos en París pero una noche recibe un disparo en la cabeza por un incidente fuera de su trabajo. Tras pasar días en el hospital, pierde su empleo y acaba viviendo en las calles. Su resentimiento por las armas crece. Tiempo después, Bazil tiene la suerte de conocer a Placard (Jean-Pierre Marielle), un ex convicto que lo invita a vivir con sus amigos que sobreviven en un acogedor basurero.

Bazil se adapta fácilmente a su estilo de vida; son personas que se dedican a reciclar prácticamente todo lo que encuentran (desde una olla para cocinar hasta un gancho de ropa) para crear algo nuevo y útil. Cada uno tiene una habilidad distinta. Tambouille (Yolande Moreau) cocina para todos; La Môme Caoutchouc (Julie Ferrier) estira su cuerpo como una liga; Fracasse (Dominique Pinon) sueña con estar en el libro de Record Guinness; Remington (Omar Sy) relata cada movimiento de sus amigos en su máquina de escribir; Calculette (Marie-Julie Baup) deduce detalles numéricos al instante, y Petit Pierre (Michel Crémadés) es el artista del grupo que fabrica maravillas con material reciclable. Bazil se hace miembro del clan, pero la muerte de su padre y la bala que conserva en la cabeza no lo dejan vivir tranquilo. Decide vengarse y hallar a los culpables con ayuda de sus nuevos secuaces.

Micmacs es una comedia de humor negro, aquel que cuestiona situaciones sociales mediante la sátira; en este caso, el control de las armas. Otro ejemplo de ese tipo de humor es otra cinta de Jeanut, Delicatessen (1991), que narra cómo un payaso retirado llega a un edificio cuyo dueño sólo piensa en una cosa, alimentarse de carne humana. La historia se convierte en una guerra entre vegetarianos y carniceros.

En Micmacs sucede algo similar. Dos bandos opuestos se enfrentan en una lucha por el control de armas. Sin embargo, en 2001 el director probó que no tiene que ser hacer uso de situaciones que involucren a situaciones de muerte o guerra para atrapar a la audiencia. En su obra más popular, Amelie, hizo a un lado las tramas violentas para enfocarse en una chica solitaria en busca del amor.

El cineasta exagera las cualidades y defectos de sus personajes a través de su apariencia y su personalidad. Por lo general centra la trama en un protagonista. Busca actores con rasgos físicos exagerados, como Tambouille (Moreau) una mujer gordita, vestida siempre con delantal y metida todo el día en la cocina, que tiene el look perfecto para ser la mamá del clan. Enfatiza estos rasgos aún más con un lente angular, volviéndolos caricaturescos. Por ejemplo, cuando Bazil conoce por primera vez a sus nuevos amigos, el director hace uso de este recurso encuandrando sus rostros para identificarlos mejor y darle un tono enternecedor a su manera de ser. Gracias a estas características, en Micmacs, la originalidad de cada personaje hace aun más divertidas sus ingeniosas técnicas, para alcanzar un solo objetivo: que se haga justicia.

Lo confuso de la historia recae en la mezcla de la sátira respecto al control de armas, con situaciones y personajes de diferentes estilos, clases sociales y nacionalidades que se van añadiendo al conflicto a través de historias igualmente complejas; lo quiere todo en uno. La trama arranca con muy buen ritmo, hasta que el director lleva al espectador por varios caminos mezclados. El primero es la venganza inventada por Bazil y sus amigos que va desde disfrazarse de mafiosos, jugar a los espías o hacer un cañón humano. El segundo es el mundo de quienes controlan las armas, una lucha de poder entre dos personajes, Fenouillet (André Dussollier) que tiene una grotesca colección de restos del cuerpo de célebres personajes muertos, como la muela de Marilyn Monroe, y Marconi (Nicolas Marié), que vive con su hijo en un lujoso departamento. El tercer rumbo de la historia es la retorcida mente de Bazil, imágenes que muestran pensamientos irreconocibles dentro de su cabeza. Finalmente se hace un laberinto de detalles y se pierde el hilo de la historia que empezó siendo coherente.

La burla de este tipo de conflictos de guerra es un peso grande por sí solo y al añadir otros aspectos de locura poco a poco se van perdiendo el sentido de la historia. Cada momento de lucha entre opuestos es otra oportunidad para que el director invente una nueva e inusual forma de venganza. Bazil y sus amigos, se disfrazan en todo momento para engañar a sus presas, entran a sus casas para espiarlos, se esconden en cajas, refrigeradores e inventan argumentos y máquinas simples para salirse con la suya.

El diseño de arte, como siempre, es un elemento a favor del director cuyo estilo por añadir colores resaltados logra hacer atractivo hasta un basurero, un rasgo que ha conservado de manera impecable a lo largo de su carrera cinematográfica. Incluso las imágenes más extravagantes y ridículas se muestran interesantes gracias a su estética visual. Delicatessen es claro ejemplo de ello, una película que se enfoca en lo grotesco de la carne pero que el director logra transmitir de manera elegante a través de los colores y la música que acompaña las escenas. En Micmacs deshace un rompecabezas cuyas piezas no tienen armonía entre sí. Se pierde el ritmo de causa y efecto al involucrar cada vez más personajes y conflictos dentro de una historia que se pudo haber limitado a lo simple. Suena a cliché, pero a veces vale la pena resaltar que menos es más.

 
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