Reseña, crítica Noche de fuego - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Prayers For The Stolen
Noche de fuego
 
México-Alemania-Brasil-Qatar-
2021
 
Director:
Tatiana Huezo
 
Con:
Mayra Batalla, Ana Cristina Ordoñez, Memo Villegas, Marya Membreño
 
Guión:
Tatiana Huezo
 
Fotografía:
Dariela Ludlow
 
Edición:
Miguel Schverdfinger
 
Música
Leonardo Heiblum, Jacobo Lieberman
 
Duración:
110 min.
 

 
Noche de fuego
Publicado el 16 - Sep - 2021
 
 
¿Qué pasará con las mujeres? Pero, sobre todo, ¿qué ocurrirá con las niñas, con las jovencitas, en esas regiones de México donde han sido abandonadas y desamparadas? - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

@SirPon20

La voz y la mirada de la directora Tatiana Huezo, nacida en El Salvador, de nacionalidad mexicana, retumbaron en el cine nacional desde que debutó con su ópera prima, el documental El lugar más pequeño, un filme que con lirismo, suavidad, inteligencia y mucho tacto revisa las heridas de un pasado que no terminan de cicatrizar, desde un ánimo de conciliatoria reconstrucción. También se dejaron sentir en algunos cortometrajes y, por supuesto, en Tempestad, uno de los mejores documentales de la historia del cine mexicano, en el que de nuevo, acudiendo a la poesía, al poder de las imágenes y de la palabra (que se potencian sin redundancias), traza el mapa de un país carcomido por la violencia impune, por la indefensión y por el miedo; por el daño que provocan el secuestro de los cuerpos y también de las almas. Convertida en una figura del documentalismo mexicano, Tatiana confirma su espíritu audaz y valeroso ejecutando el paso de la muerte hacia el mundo de la ficción. Y, por supuesto, lo hace examinando las llagas abiertas de una sociedad que supura su propia putrefacción.

Fiel a sí misma, Tatiana abre esta nueva etapa de su carrera apoyada en dos de las columnas fundamentales de su propuesta fílmica: enfatizando el cuidado en el sonido (incluso desde los créditos iniciales, antes de que apareza imagen alguna en la pantalla) y, después, enfocándose en las tomas de detalles (con planos cerrados de pequeños animales y plantas en una locación boscosa). A nadie podría culpársele de creer que se tratará de otro documental en su filmografía, pero solo está marcando territorio, haciéndolo propio. Poco después, comienza el relato. La adaptación que Tatiana misma hace a la novela Prayers for the Stolen, de Jennifer Clement.

Entonces vemos a una niña y a su madre escarbando tierra y excavando, también como si la directora avisara que, más allá de la trama, hurgará profundo para encontrar las razones, los motivos, los hallazgos que permitan entender de cerca cómo es la situación que vive, más bien en que sobrevive tanta gente en muchas regiones del México actual. Más adelante, ya entrada en minutos la historia, descubriremos que lo que la madre e hija en realidad hicieron fue, paradójicamente, una especie de siembra, un refugio en el que a través de los años se puede preservar una vida que va creciendo, en medio de turbulencias, de peligros, de amenazas, del pavor que todo contamina; el espacio de complicidad, de solidaridad y de amor entre dos mujeres, en un mundo descompuesto por la violencia y la sinrazón de los hombres.

Rita (Mayra Batalla) y Ana (Ana Cristina Ordoñez) viven juntas en un pequeño poblado montañoso de Guerrero, en México, en el que escasean los hombres, pues la mayoría ha dejado a sus familias para buscar fortuna en Estados Unidos. Algunos en ocasiones regresan; otros no lo hacen, ni lo harán. Por lo que dejan ver las cada vez más espaciadas conversaciones telefónicas que sostiene Rita con su marido, él es de los segundos. En su desesperación por el peso de responsabilidad que implica criar una niña en ese lugar, bajo esas condiciones, Rita planea mandar a su hija a vivir con su padre, pero Ana se resiste. Es feliz (o cree serlo), ahí, con su madre y sus amigas de la escuela que, en un pequeño pueblo, también lo son de la vida fuera de ella.

Las mujeres, los niños y jóvenes, y uno que otro anciano, viven principalmente de la extracción de la goma de opio (que posteriormente será convertida en heroína) que guarda la hermosa flor de la amapola. Estados Unidos es el destino de los hombres de la región e, irónicamente, también de las drogas que pagan el sustento a las familias que padecen su ausencia. Tatiana retrata a las personas cumpliendo con su labor, que desempeñan como si se tratara de la pizca de la manzana, o cualquier otra actividad agrícola. No parece haber mayor problema ni cuestionamiento en lo que hacen. Por la mañana, las trabajadoras son recogidas a las orillas del pueblo en camionetas, que tras pagar módicas cuotas a los miembros de la Guardia Nacional de la zona (incluso una botella de vino es suficiente), transitan libremente hacia la tierra de los sembradíos. Avionetas, además, rocían indiscriminadamente el área con pesticida que arrojan para cuidar las siembras, incluso mientras sobrevuelan el pueblo, llegando a envenenar a quienes no alcanzan a ponerse en buen resguardo. Cuando los soldados patrullan las calles, las niñas se aconsejan entre sí para no establecer contacto con la mirada de los encapuchados, que parecen en realidad solo interpretar una pantomima de su auténtica responsabilidad.

La gente intenta proseguir con sus vidas, como si nada pasara, normalizando su oficio y lo que sucede cotidianamente. Los niños van a la escuela e intentan aprender, con maestros que, hasta donde les es posible (y hasta que les es permitido o factible) les enseñan, tratan de educarlos, prepararlos para lo incierto del futuro (destaca la participación de Memo Villegas, quien se ha hecho famoso por sus videos en Youtube, como el del famoso Comandante Harina, interpretando con sobriedad y dulzura a un profesor comprometido con su vocación, de esos que hacen que los alumnos le tomen gusto y se esmeren en el acto de aprender y conocer, y de los que las alumnas ya grandecitas hasta se encariñan de más). Sin embargo, aunque las madres quieran proteger los ojos, los oídos y las mentes de sus pequeños, pero sobre todo de sus hijas, desde pequeñas éstas ven, escuchan y sienten lo que acontece a su alrededor. Han aprendido a descifrar e interpretar también los códigos del silencio. Saben que el narco, o los soldados (si es que no jugaran en el mismo equipo) secuestran niñas y se las llevan sabrá Dios a dónde, solo tienen por cierto que son sitios de los que no regresarán, nunca. Por eso es que cada vez más familias han huído de ahí. En una ocasión, Ana descubre, asomada por la pequeña rendija que deja la puerta abierta de una casa donde parece que ocurrió algo, lo que puede sucederle a las mujeres que deciden quedarse a luchar solas, vulnerables, en ese pueblo desamparado. Más adelante, siendo ella más grande, al regresar de una fiesta con su madre, entre la maleza encuentran el cuerpo sin vida de una joven mujer. No parece haber escapatoria para un destino que parece inexorable para ellas.

Entre el deseo por imprimir su sello desde los primeros planos, y su adecuación al territorio de la ficción, el proceso del planteamiento de la historia de Noche de fuego se siente ligeramente trompicado en un inicio, como si a Tatiana le costara avanzar, asentarse en un suelo que es campo minado. Pero no tarda mucho en adueñarse de la situación, hilvanando el propio desarrollo de una trama (estructurada a partir de segmentos episódicos) que ya bien encarrillada avanza con mayor firmeza, con secuencias imaginativas y bellas, cargadas de simbolismo (algunas incluso con destellos de humor) e, incluso de orfebrería visual, cinceladas a partir del soberbio trabajo (como ya nos tiene acostumbrados) de Dariela Ludlow en la fotografía.

Por ejemplo el momento en el que, caída la noche, se reúnen pobladores en el cerro para atrapar la señal de unos celulares que parecen luciérnagas serenas; o la escena de los niños al interior de unas sábanas a través de las que se filtra una luz rojiza que parece ser ominosa; o el pasaje en el que un cerro es dinamitado, reflejo a un tiempo de promesa y devastación; o el plano en el que las tres amigas se funden en un abrazo que, desde su inocencia, representa el amor más puro, un pacto de vida que ofrecen para cuidarse siempre, un monstruo bonachón de tres cabezas y múltiples brazos; o, más tarde, cuando Ana ya siendo adolescente (Marya Membreño) corre por las calles en esa noche de fuego (curioso pero muy indicativo el que dos de las mejores películas mexicanas de los últimos tiempos, La paloma y el lobo y Sin señas particulares, también esculpan secuencias con la vigorosa lumbre intimidando, incendiando o, de plano, devorando el aire enturbiado del México de hoy) y de estrépito, que cierra un ciclo y, tal vez, se manifieste como el inicio de uno nuevo. Difícil saber si será para bien, para mal, o para peor.

Pero hay una secuencia que, desde su sencillez y aparente inocuidad, es desgarradora, y encapsula en buena medida la delicadeza y sensibilidad de Tatiana Huezo para, sin aspavientos ni sensacionalismos, sin tener que explicitar la violencia, expone esta desquiciante realidad. Ana, de 8 años, es llevada por su madre a que le corten el pelo. La niña no quiere perder su cabellera y se resiste, pero "es por su bien". En el proceso en el que pierde ese algo suyo, que también simboliza parte de su feminidad, Ana llora un llanto contenido, de mucha impotencia, de lágrimas ahorcadas. Pero su mamá cree (no sin razón) que su hija debe parecer niño para así, quizá, disminuir las posibilidades de ser raptada. Las niñas y jovencitas, particularmente si son lindas, corren mucho más peligro de levantar el interés de los narcos (su amiga que tiene labio leporino ni el pelo se corta, su riesgo es menor). Eventualmente, de cualquier forma, algunas otras partes de su cuerpo la delatarán. A ella y a las demás.

Es evidente, según lo muestra el filme de Tatiana Huezo -bien sabemos que así ocurre fuera de la ficción-, que las fuerzas del Estado enviadas para proteger a la gente, en realidad permiten que los criminales actúen con toda libertad (en una secuencia turbadora, vemos a un convoy de camionetas del narco, lanzando balazos al aire, humillar a soldados apostados en una calle del pueblo, solo asumiendo una posición de defensa por si son atacados, pero dejándolos pasar como si se tratara de sus arrogantes superiores), cuando no de plano los ayudan a cumplir sus encomiendas. La famosa estrategia del presidente López, de los “abrazos, no balazos”, retratada en toda su absurdidad y a la luz de sus atroces consecuencias. Las mujeres del pueblo no tienen a quien recurrir para sentirse seguras. Están abandonadas y desamparadas. Están descorazonadoramente solas. Todas. Cada una. Llevando lo mejor que pueden su propia soledad. Desde niñas lo palpan, lo saben y crecen con esa desgarradora certidumbre. La descomposición social en amplias regiones del país se ha agudizado como nunca en estos últimos años.

Pese a todo, sin embargo, incluso en un clima de tanta desesperanza, la vida continúa. La rueda de atardeceres y amaneceres sigue rodando, aunque persistan las amenazas, con todo y las ausencias y un panorma que parece aferrarse a la oscuridad. Ahí donde, aunque involuntariamente, la población es parte y víctima del problema. ¿Qué pasará con las mujeres? Pero, sobre todo, ¿qué ocurrirá con las niñas, con las jovencitas? Las tres de esta historia, desde pequeñas, entre los juegos que practican tanto para pasar el tiempo como para afianzar su vínculo de amistad, ingenian uno que consiste en adivinar qué es lo que están pensando las otras dos. Siendo niñas habían aprendido ya a descifrar sus mentes; con los años el ejercicio de telepatía lo tienen totalmente dominado. Ese talento, enmarcado en un ambiente de intensa e inagotable solidaridad femenina, podrá serles de vital ayuda. Si bien, definitivamente, además de ello, también necesitarán de suerte, de muchísima suerte, o ayuda divina. Lo más probable es que de las tres cosas.

 
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