Reseña, crítica Paraísos artificiales - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Paraísos artificiales
Paraísos artificiales
 
México
2011
 
Director:
Yulene Olaizola
 
Con:
Luisa Pardo, Salomón Hernández
 
Guión:
Fernando del Razo, Yulene Olaizola
 
Fotografía:
Lisa Tillinger
 
Edición:
Rubén Imaz Duración:
83 min.
 

 
Paraísos artificiales
Publicado el 16 - Ago - 2013
 
 
  • Hay en el relato una sensación inquietante de gente tratando de encontrar un camino a seguir en un mundo a la vez hermoso e intimidante.  - ENFILME.COM
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  • Hay en el relato una sensación inquietante de gente tratando de encontrar un camino a seguir en un mundo a la vez hermoso e intimidante.  - ENFILME.COM
 

Por Verónica Sánchez (@SofiaSanmarin)

La serena belleza de una playa en la costa de Veracruz y un hotel en ruinas son los escenarios en los que se dibuja una historia de adicciones y convivencia entre dos personajes cuyas vidas están marcadas por la intoxicación: Luisa (Luisa Pardo), que sufre las secuelas de una relación agresiva y corrosiva con la droga, y Salomón (Salomón Hernández), que tiene el hábito de fumar mariguana.

Ella es una citadina de 25 años adicta a la heroína (la inhala, no se la inyecta). Él raya los 60 años (o al menos eso dice su fisonomía) y es un campesino viudo acostumbrado a que la cannabis forme parte de su vida –pero tan desamparado como Luisa– y afecto a las borracheras por costumbre nocturna —y a veces también diurna. Salomón encarna la emblemática figura del nativo que conoce a detalle su entorno. Luisa es la única actriz profesional en el filme. Los protagonistas usan sus nombres reales y Salomón relata sus propias vivencias, lo que realmente hace a diario, con un resultado natural para la película.

En esta oposición de elementos geográficos y generacionales –cosmopolita-provincial, metrópoli-campiña, inocencia-experiencia– discurre el mejor elemento de Paraísos artificiales; su cinematografía a cargo de Lisa Tullinger que muestra la bifurcación paisajística de tomas abiertas, donde figura altivo el peso del encuadre, el contraste de los elementos, donde se muestra el paisaje por el gozo de mostrar y redefinir atmósferas desde la perspectiva del cineasta. La lente se integra como lectora y re-creadora del escenario de la película, donde al menos temporalmente, vale lo mismo el verdor que la bruma de la época de lluvias o los personajes situados en una posición limítrofe de actuación (ella es actriz de profesión, él un oriundo) —tensión que se ha tornado un reto estilístico entre muchos filmógrafos mexicanos contemporáneos.

Luisa viaja a Jicacal, en la reserva de los Tuxtlas, una ribera que se pinta paradisiaca. En principio el lugar parece ideal para alejarse de todo, incluso de los narcóticos; con los días, descubre que la empresa no será tan fácil de abandonar. Se reconoce a sí misma en las historias de dependencia de algunos habitantes de ese pueblo. Pero es en Salomón en quien encuentra la solidaridad y comprensión que una junkie como ella necesita.

Salomón pasa sus días vigilando el entorno local; se encarga de la limpieza de la propiedad en la que se hospeda Luisa, y hasta acepta sin conflictos su afección a la mariguana. El filme es un registro de los días en los que ella y él se conocen. La fraternidad que nace entre ambos es una amistad parca y a ratos oscura, con diálogos marcados por interrogatorios de ella a él que contrastan con los gestos y silencios de una pareja que pareciera ya vieja, que se contenta con observar el mar o con la pereza de solo pasear por el hotel, fumando amigablemente (Luisa nerviosa, cigarrillos; Salomón tranquilo, mariguana). El contraste termina por volverse encuentro: ella estresada, atormentada; él sereno, tranquilo. Todo es derivado, tópico y natural, lo que delata una visión muy acotada por parte de la directora.

Cuando las últimas reservas de heroína empiezan a disminuirle a la chica, convence a su amigo de viajar con ella a un pueblo cercano en busca de una nueva dosis. La búsqueda resulta infructuosa y Luisa, desanimada, se consuela pensando que quizá es el momento de sobreponerse a su farmacodependencia. En un arrebato decide abandonar las drogas, y Salomón se compromete a ayudarla a lidiar con su repentina abstinencia. El infierno interno sugerido, nunca delatado, siempre a la expectativa, se acompaña por un entorno idílico, adherido de sencillez provincial y aunque sombrío. No es una playa de sol, sino balnearios nublados. Yulene Olaizola yuxtapone la miseria interna de sus protagonistas con los paisajes naturales de costas brumosas, horizontes de océano y colinas expansivas. Un universo edénico en su sentido más coloquial, preñado de melancolía. La retórica visual, para bien de la filmación, es clara y pausada, sin pretensiones de preciosismo o tensiones de originalidad o profundidad innecesarias — un peligro común en este tipo de películas.

Hay en el relato una sensación inquietante de gente tratando de encontrar un camino a seguir en un mundo a la vez hermoso e intimidante. Los fragmentos realistas abundan, como la imagen de Salomón levantándose de dormir, haciendo sus plegarias, sus largas caminatas con su perro o bien limpiándose los pies junto a la cama.

De vez en cuando hay pequeñas desviaciones en la narrativa. La mayoría de ellas giran en torno a los tres niños que viven en el mismo lugar. Pero nunca se sienten como vacíos severos en la estructura: es más, la inocencia que estos momentos ofrecen equilibran el tono nebuloso o contrastan y está se ve sutilmente pervertida por el motivo decadente.

La selva donde los personajes deambulan, donde el océano se ondula y las ramas de los arboles se mecen, toma a ratos una coloración misteriosa, salpimentada por anécdotas que cuentan los habitantes, de personajes que pasaron por sus vidas. Por ejemplo, cuando Salomón habla de una turista brasileña que ingirió hongos y nadó desnuda en el mar, rescatada después por los pescadores y entregada a la policía y de la que nunca volvió a saber. El artificio del relato se rompe por instantes clave: Salomón, Luisa y otros lugareños le hablan directamente a la cámara, como si estuvieran en el marco de una entrevista o como si realizaran alguna confidencia frente al artefacto.

Vemos a Luisa inhalar heroína diariamente. Salvo en una ocasión y con detalles únicamente enfocados a su adicción, jamás habla del pasado o de lo que siente, solo de lo que quiere conseguir –heroína o alguna droga que se le parezca– y a veces hace preguntas en busca de certezas. La actuación de Luisa Pardo transmite la ansiedad, pero no la desesperación del adicto que toca fondo.

Paraísos artificiales alude también al libro homónimo del poeta francés Charles Baudelaire, ensayo en que él narra su experiencia con el hachís, el vino y el opio, y donde más que brumas, vemos un destello de lucidez y pasión del que carecen los personajes del filme, más bien inmersos en una rutina monolítica y demarcados narrativamente por una adicción que no permite en el caso de ella, que conozcamos la complejidad y profundidad de su estado. Olaizola se limita a recrear en su película la experiencia del consumo de estimulantes al que alude Baudelaire en su texto. El mayor engolosinamiento -que le asesta un golpe bajo a esta pieza-, es la necesidad de la directora por apelar a tomas sostenidas largas, constantes y, hay que decirlo, rayanas en lo que se ha convertido ya un lugar común del “cine contemplativo”.

Su virtud es que no apela a ningún discurso moralizante, peligro en el que puede caerse al hablar del tema de las drogas. El éxito de la película descansa en gran medida en la empatía que despierta en el espectador la actuación de Luisa, que no resulta convincente desde un punto de vista dramático. Un albur con el que Olaizola se juega el destino de sus Paraísos artificiales.

 
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