Reseña, crítica Parásitos - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Gisaengchung
Parásitos
 
Corea del Sur
2019
 
Director:
Bong Joon Ho
 
Con:
Song Kang-ho, Choi Woo-shik, Jung Ji-so, Park So-dam
 
Guión:
Bong Joon Ho
 
Fotografía:
Kyung-pyo Hong
 
Edición:
Jinmo Yang
 
Música
Jaeil Jung
 
Duración:
132 min.
 

 
Parásitos
Publicado el 24 - Dic - 2019
 
 
  • Bong Joon-ho confirma ser un analista despiadado, capaz de captar en detalle la enfermedad que atraviesa una sociedad aparentemente ?sana?. Con precisión geométrica y un alma tumultuosa, Parásitos proyecta ambiciones, apetitos, fealdad, bajeza humana. El filme no es sólo el descubrimiento de una estructura social infernal, sino también de las ambigüedades que impregnan las clases opuestas: desde las huellas de la ingenuidad corrupta y el infantilismo de los Kim, hasta las perversiones oscuras de los Park atrapadas en la inmovilidad de sus privilegios. Bong aspira al cine total, haciéndonos sentir terror, repulsión, asco, ternura, confundiéndonos ante las contradicciones humanas.  - ENFILME.COM
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por Luis Fernando Galván

Continuamente construyendo historias inusuales de supervivencia y con una ecléctica trayectoria, Bong Joon-ho ha evidenciado un fuerte interés en subvertir los géneros cinematográficos. Durante casi 20 años, el cineasta surcoreano ha confeccionado relatos que pueden ser clasificados en distintas categorías. Desde el thriller de detectives inspirado en sucesos reales, Memories of Murder (2003), se percibe una mano hábil para fusionar el misterio, la melancolía y la mordaz sátira. Con The Host (2006), un gran éxito en su país natal, rompe todas las reglas y los tropos de las películas de monstruos; a través de una mezcla de horror y comedia, el filme rinde homenaje a clásicos como Frankenstein y Godzilla, pero su discurso subversivo logra involucrar política, lucha de clases, catástrofe ecológica y las crisis de los sistemas de salud. Mother (2009), el melodrama con guiños a Alfred Hitchcock maravillosamente controlado sobre una madre que intenta demostrar la inocencia de su hijo con discapacidad mental que es acusado de un crimen horrible, funciona como una crítica astuta del sistema policial, ya que la actitud complaciente e insensible de las autoridades penales obliga a la mujer a convertirse en una detective amateur para encontrar respuestas. Aunque en tono de ciencia ficción, Snowpiercer (2013) señala las tácticas de opresión y el abuso contra los marginados que se han perpetuado constantemente bajo los regímenes totalitarios. Y otra alegoría, Okja (2017), que comienza como una tierna historia de amistad entre una niña y su gigantesco cerdo, se convierte en un discurso increíblemente salvaje y sombrío sobre el corporativismo y las industrias de los alimentos. Parásitos (2019) -su más reciente película y, seguramente, la más personal y radical- está profundamente arraigada en la realidad actual de Corea del Sur, en las contradicciones de una sociedad que imita cada vez más los modelos y estilos de vida nocivos de Occidente. En 132 minutos densos y compactos, llenos de eventos y temas, la película cruza casi todo el espectro posible de géneros, pasando de la comedia social a una forma singular de thriller grotesco, que oscila por digresiones casi de horror y emerge en un drama familiar amargo y realista, con un brutal, desgarrador y conmovedor desenlace. Aunque la división de clases en Corea es el eje rector del filme, Bong no está haciendo una película abiertamente política; emplea su sentido del humor para articular un relato perversamente inteligente, lleno de sorpresas, que proporciona un reflejo distintivo de una sociedad global. Estamos ante un conjunto heterogéneo de géneros, pero armado con maestría y congruencia.  

Los Kim son una familia unida -por necesidad- que vive en un barrio marginal de Seúl, en Corea del Sur. Habitan un semisótano estrecho, agujerado, insalubre, húmedo e infestado de insectos. El padre, Ki-taek (Song Kang-ho), trata de sobrevivir con pequeños trabajos informales, por ejemplo, doblando cajas de pizza para un restaurante, mientras deja deliberadamente las ventanas abiertas para que entren los pesticidas del exterior y poder así eliminar las plagas que pueblan su triste hogar. Los recuerdos de sus glorias juveniles adornan las paredes, la presión de sobrevivir es una lucha diaria, pero el guion de Bong Joon-ho no llora sus sueños perdidos. El hijo, Ki-woo (Choi Woo-shik), en edad universitaria, recibe -de parte de un amigo- una roca de paisaje decorativa que, en una lectura metafórica desde la dinámica del cuento de hadas, le trae buena fortuna. Pronto, el joven tiene una gran oportunidad para salir adelante y superar la miseria en la que vive. Referido a un trabajo por ese mismo amigo, Ki-woo se convierte en el tutor de inglés de Da-hye (Jung Ji-so), una adolescente que pertenece a los Park, una familia adinerada, de clase alta, que vive en una zona residencial, en la cima de una colina, en una villa luminosa y elegante. Desde su primer día de trabajo, el joven se maravilla ante la casa opulenta, pulcra, limpia, expansiva. Comenzando una estratagema tanto ingeniosa como perversa, a partir de identidades y referencias ficticias, Ki-woo recluta a su hermana Ki-jeong (Park So-dam) para asumir el cargo de terapeuta de arte para el niño Da-song (Jung Hyun-joon); posteriormente, ella recomienda a Ki-taek, quien se convierte en el chofer del patriarca Dong- ik (Lee Sun-kyun) y, más tarde, él propone a su esposa, Chung-sook (Jang Hye-jin), para suplir a la ama de llaves. Es así como la capacidad de mentir e improvisar lleva a los cuatro miembros de la familia a pasar cada vez más tiempo en la lujosa casa, experimentando las delicias y comodidades de la buena vida. Sin embargo, toda esta puesta en escena orquestada por los Kim no está destinada a durar. Cuando los Park deciden embarcarse en un fin de semana de campamento, la estabilidad percibida y la amabilidad del entorno burgués se ven amenazadas cuando se revela un subsuelo profundo donde se pueden esconder secretos inconvenientes con significados ocultos al más puro estilo de Edgar Allan Poe.

La descripción de un proletariado urbano marginado y perdedor, dispuesto a hacer cualquier cosa para salir del pantano en el que se encuentra sumido, comprometido únicamente con el intento continuo de cambiar su dura realidad, choca con el de una burguesía capitalista que se esconde detrás de un mundo de artilugios, lleno de aparente bienestar. Sobre este dualismo, Bong construye una reflexión sobre un capitalismo cada vez más rapaz, despojado de cualquier coloración humanista, tanto más cruel como más tonto y autorreferencial, en su forma casi ingenua de quienes se benefician de él. El cineasta describe la diferencia de las clases, explora las peculiaridades dentro de la sociedad coreana moderna que está cada vez más desprovista de identidad y se asimila peligrosamente a la occidental, incluso, la señora Park (Jo Yeo-jeong) suele terminar sus diálogos con frases en inglés y constantemente presume que sus pertenencias fueron compradas en Estado Unidos. La visión de Bong está llena de sarcasmo y si la burguesía capitalista no sale bien librada, el proletariado tampoco muestra una cara afable. El cinismo y el materialismo dominan los intereses de la comunidad: aquellos que están en los niveles más bajos inevitablemente buscan una forma de alcanzar los picos, mientras que los que están en la parte superior se caracterizan por el conformismo y las extrañas manías con las que financian sus propios, casi ilimitados, placeres superficiales. Los primeros no tienen una genuina intención de buscar la superación, sino la aspiración simplemente de reemplazar a su interlocutor en el disfrute del bienestar: una lucha de clases, por lo tanto, muy diferente desde el punto de vista marxista, pero que conduce al mismo resultado: el choque violento y sin corazón, como lo mostró Fritz Lang en Metrópolis (1927).

Bong ejerce un dominio de su propia artesanía; en colaboración con el cinefotógrafo Hong Kyung-pyo (Burning, 2018) filman la acción en tomas medidas y a menudo extendidas que se construyen meticulosamente en la forma en que usan los espacios y la arquitectura para expresar información. La yuxtaposición de la casa estrecha y destartalada de la familia Kim versus la amplitud de la propiedad de los Park (tanto dentro como fuera) solo hace que la propuesta del director se transmita tanto a nivel visual como lo hace su diálogo inteligente. Es fascinante ver a Bong utilizar las casas como metáforas. El semisótano refleja la psique de la familia Kim; ellos se encuentran a medio camino, así que existe la esperanza y la sensación de que todavía pueden ver la luz del sol y aún no han caído por completo al mundo subterráneo. Es una extraña mezcla de esperanza y miedo de poder caer aún más. La lujosa casa, al centro de la acción durante la mayor parte de la película, representa el lugar de los Park en la sociedad; además de sus posesiones materiales quieren evidenciar un gusto sofisticado y culto. Su hogar no sólo fue diseñado por un arquitecto ficticio llamado Namgoong, sino que también fue el dueño anterior. La edificación es minimalista, elegante y moderna con una pared gigante de vidrio con vistas al jardín, que a su vez se convierte en una pantalla externa/interna; el público es testigo de las acciones, de la puesta en escena, de los cambios inesperados pero los Kim, a través de ella, vislumbran sus anhelos. Las obras de arte en las paredes también son un símbolo de estatus social, y algunos de los cuadros que aparecen en el filme son reales, como el paisaje perteneciente a la serie Maya del al artista coreano Seung-mo Park. La lucha por el poder se extiende a lo largo de los pasillos, con movimientos de cámara cadenciosos y pausados que dejan al espectador suspendido en los entornos de la residencia. Juegos de luces y sombras, detalles siniestros, lugares ásperos y escondidos, todo contribuye a aumentar la sensación de angustia. En general, el director logra proyectar las muchas sombras que se ciernen sobre nuestras certezas, sobre nuestra pequeña e intrascendente vida cotidiana. Lo absurdo, lo imprevisible y lo extraño surgen del subsuelo para cuestionar el pequeño microcosmos en el que los Kim y los Park se encuentran y chocan, desestabilizando cada relación, revelando lo peor de cada uno y desembocando en consecuencias extremas y funestas.

En este fresco irónico y amargo -cuyo surco es cada vez más profundo al separar a la burguesía del proletariado-, la opulencia no se da cuenta de su propia arrogancia, de la miseria de un sótano donde la mayor alegría puede ser detectar la conexión wifi de los vecinos. Bong ama la metáfora e irónicamente la declara constantemente a través de diálogos (“¡es tan metafórico!” insiste el joven Ki-woo varias veces). El autor retoma el significado básico de «parásito» -ese organismo que se alimenta de aquello que produce un ser vivo de distinta especie, viviendo en su interior o sobre su superficie, para después causarle daño- para modificarlo y multiplicarlo en un cuerpo (familiar) que ya está irremediablemente enfermo. El «parásito», dotado de una inteligencia viva tanto como dominada por la necesidad, se olvida de cualquier moralidad comúnmente entendida. Los Kim están unidos por una ética y una correspondencia sentimental completamente limitada al núcleo de pertenencia: una fe familiar que los convierte en «parásitos», listos para injertarse en el rico organismo de la familia Park. Pero el orden aparente del núcleo anfitrión oculta un estado diferente de corrupción: maníaco, obsesionado con la limpieza y con el “vicio” de la alta cultura, indiferente ante los que no pueden acceder a su estilo de vida. Los Park son dulcemente ingenuos, pero también ineptos, manipulables y oprimidos por la dictadura y caprichos de los hijos. Bong evita cualquier maniqueísmo, mostrándose consciente de cómo los modelos y valores de la clase dominante han contaminado -como un germen venenoso- el cuerpo de la sociedad en su conjunto, alimentando y fomentando una guerra entre los pobres. El objetivo final es el reemplazo, la imitación, el surgimiento de lo que está debajo y que, una vez que ha llegado a la superficie, sólo puede imponerse al otro. La revuelta, cuando llega, tiene los rasgos de una especie de nihilismo destructivo. En este sentido, Parásitos incluso rivaliza -y complementa- la locura magníficamente desatada en Snowpiercer, intercambiando los extremos de un apocalipsis gélido por la intimidad desconcertante de una casa de lujo, encontrando una mirada más punzante y desafiante sobre el daño que las personas se infligen entre sí.

Bong es crudo, directo, despiadado y, al mismo tiempo, refinado. El director no entrega un discurso moralino o aleccionador; al contrario, ofrece un crescendo, en el que el suspenso y lo grotesco se unen. El componente siniestro de la acción y las maquinaciones de los Kim son inseparables de la profunda amargura que oculta su existencia y que los lleva a una astucia visceral, nacida de un instinto de autoconservación que supera toda moral. En una era como ésta, en la que el espectador está encerrado en una zona de confort de la que se omite la aspereza, la conmoción, el desmoronamiento de las certezas, Parásitos tiene una fuerza vivificante: inyecta la sangre, la conmoción, la visión inmunda, capaz de agitarnos de la condición de ceguera en que vivimos. Parásitos es el cine del que uno no sale indemne, es el cine que nos perturba y, quizá, nos transforma; para ponerlo en palabras de Jean Cocteau, es un cine que “abre los ojos de los vivos”. De hecho, Bong enfatiza repetidamente el acto de ver: el enigmático sótano de la familia Park -ignorado por ellos mismos, ciegos que no quieren ver lo que se encuentra debajo de su mansión- es explorado en un plano secuencia mediante una cámara que parece recorrer un intestino existencial. Su contraparte, el semisótano de los Kim tiene una gran ventana horizontal: una especie de pantalla de cine en un barrio pobre donde se agitan las almas perdidas, olvidadas sin dignidad, borrachas, listas para orinar en las paredes. Visiones de las que, al igual que la familia, somos testigos.

Todo el horror de los seres humanos y sus circunstancias se exhibe vívidamente: deslealtad, vanidad, engaño y absoluta crueldad. Pero el objetivo no es la burla ni el sensacionalismo simplista; lo más impactante de las películas de Bong podría ser su sinceridad, el cálido humanismo que recorre las crónicas del rencor, la pereza y el autoengaño. Bong confirma ser un analista despiadado, capaz de captar en detalle la enfermedad que atraviesa una sociedad aparentemente “sana”. Con precisión geométrica y un alma tumultuosa, Parásitos proyecta ambiciones, apetitos, fealdad, bajeza humana. El filme no es sólo el descubrimiento de una estructura social infernal, sino también de las ambigüedades que impregnan las clases opuestas: desde las huellas de la ingenuidad corrupta y el infantilismo de los Kim, hasta las perversiones oscuras de los Park atrapadas en la inmovilidad de sus privilegios. Bong aspira al cine total, haciéndonos sentir terror, repulsión, asco, ternura, confundiéndonos ante las contradicciones humanas. Todo se desvanece en una sombra en la que el bien y el mal son inseparables, mientras que el espectador permanece apegado a los olores, el hedor de las clases sociales y las ropas mojadas con sangre, lluvia o excremento. Está claro que el interés del director es representar la imposibilidad de comunicación entre las capas de la sociedad, una comunicación que se lleva a cabo solo dentro de la relación amo-sirviente, un vínculo que se desmorona tan pronto como la persona pobre demuestra ser más codiciosa que inteligente y los ricos más indiferentes que sensatos.

 
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