Reseña, crítica Party Girl, el alma de la fiesta - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Party Girl
Party Girl, el alma de la fiesta
 
Francia
2014
 
Director:
Marie Amachoukeli-Barsacq (as Marie Amachoukeli) , Claire Burger, Mario Theis
 
Con:
Angélique Litzenburger, Joseph Bour, Mario Theis
 
Guión:
Marie Amachoukeli-Barsacq (as Marie Amachoukeli) , Claire Burger, Mario Theis
 
Fotografía:
Julien Poupard
 
Edición:
Frédéric Baillehaiche
 
Música
Alexandre Lier, Sylvain Ohrel, Nicolas Weil
 
Duración:
96 min.
 

 
Party Girl, el alma de la fiesta
Publicado el 31 - Oct - 2014
 
 

  • Reseña. Samuel Theis, hijo de la protagonista, y las otras dos directoras hacen de la realidad una ficción en Party Girl.  - ENFILME.COM
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  • Reseña. Samuel Theis, hijo de la protagonista, y las otras dos directoras hacen de la realidad una ficción en Party Girl.  - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

* EnFilme recomienda

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Party Girl muestra una protagonista poco usual en el cine. Angélique Litzenburger ronda los sesenta, trabaja como una especie de dama de compañía en centros nocturnos, antigua bailarina nudista de tubo. Tiene cuatro hijos de distintos padres cada uno. Ella interpreta a Angélique, una mujer de sus mismas características. Uno de sus hijos, Samuel Theis, que también aparece encarnando a un personaje con su mismo nombre (al igual que sus otros tres hijos), es también codirector del filme, al lado de Claire Burger y Marie Amachoukeli-Barsacq. Evidentemente fue él quien decidió poner a su madre al centro de esta historia en un ejercicio en el que las fronteras –entre la realidad y la representación, las geográficas, los límites sociales y personales– son un motivo que se repite para explorar a este extraordinario personaje, que remite al espíritu libre de la reciente Gloria, de Sebastián Lelio, aunque menos explorado y más condenado por la realidad, y en otro contexto sociopolítico.

Theis y las otras dos directoras hacen de la realidad una ficción. Con elementos de documental, como una cámara en mano que sigue a su protagonista sin recubrimientos, usan una anécdota tomada de la vida de la madre y ponen a los verdaderos involucrados frente al lente, reinterpretando esa historia, actuando como personajes que son casi ellos mismos. Dado que la familia que retrata, la de Theis, es una familia que a pesar de todo se ama, era casi imposible que la película no resultara ligeramente condescendiente con sus personajes. Más que buscar explicaciones, Theis parece estar dándolas.

La anécdota es la siguiente: en Francia, a solo unos cuantos kilómetros de Alemania, donde se habla indistintamente francés, alemán e inglés, Angélique sigue su rutina habitual. Trabaja en un bar seduciendo hombres para que compren más alcohol, divirtiéndose con sus amigas hasta el amanecer; algunas –las más jóvenes–, como ella antes, bailarinas; otras, también damas de compañía. Tiene alrededor de sesenta años y eso obviamente la pone en predicamento sobre el futuro. Sin seguridad social que le garantice una tranquila tercera edad, ni algún apoyo externo, dependiendo exclusivamente de un trabajo que consiste en seducir, con un evidente problema con la bebida, Angélique tiene razones para sentirse intranquila. 

Después de una noche insatisfactoria, laboralmente hablando, en la que ha sido rechazada y por tanto, su autoestima lastimada, va a visitar a Michel  (Joseph Bour) a su casa, un excliente con el que solía intimar que, impulsado por la emoción de la sorpresa, comienza a cortejarla y, unos días después, le propone matrimonio. La quiere fuera de la vida nocturna, para tenerla a su lado en casa, con una existencia más cómoda, y también más doméstica y domesticada. Dice amarla y se muestra loco por ella. Su pasado no parece importunarlo. Quizá piense que casarse con una mujer con una historia que en los esquemas sociales tradicionales la imposibilita para el matrimonio, la hará una compañera menos exigente. Para Angélique en estas condiciones, parece, sería una decisión correcta.

Angélique acepta y se va a vivir con él mientras planean la boda. Como consecuencia colateral (aunque poco a poco va adquiriendo carácter primordial), el compromiso es una oportunidad de reencontrarse con sus hijos. Con dos a los que veía poco, con otro que vive en París (Theis) y con la más pequeña, que le quitaron cuando tenía seis años para enviarla a una familia adoptiva y que no ha visto en una década. La desunión es una tragedia planteada sin sentimentalismos y con un optimismo estremecedor. En esta esfera familiar, Angélique parece estar viviendo y aprovechando una oportunidad de reencuentro y de reconstrucción, a tal grado que parece que la propuesta ha sido el empujón que necesitaba para recobrar lazos que anhelaba.

Pero en su vida en pareja, al lado de Michel, Angélique se ve como un pez fuera del agua. No parece tener nada que reprocharle, pero a sus ojos él parece cada vez más repugnante… solo por quererla. No puede entregarse a él. O quizá no quiera. Él parece poca cosa al lado de las historias de amor de princesa que ha alimentado en su cabeza. ¿Es porque nunca ha tenido una relación real anteriormente? ¿Le rompieron el corazón? O simplemente disfrutaba tanto su anterior estilo de vida que éste, al lado de un hombre común y real, le parece –valga la ironía– decadente y degradante.

A la menor provocación, activa como reflejo su instinto seductor, sus deseos de ser deseada, de beber y de salir a divertirse, y –claro– estos no son compatibles con la vida que Michel imagina para ellos. Lo que deriva en rispideces. La más inadmisible para llevar una vida en pareja sana: se siente acosada cuando él intenta intimidar con ella, lo que no sucedía bajo la influencia del alcohol, en el bar, mientras ella trabajaba, antes de comprometerse. Las razones absolutas de este comportamiento son borrosas: pero aunque está claro que la vida nocturna de Angélique está por caducar o por caducarla definitivamente a ella, también lo es que no ama a Michel, y que muy probablemente inconscientemente prolonga el momento de admitirlo a favor de una fiesta: su boda, donde finalmente sus hijos se reunirán, la verán con cierta admiración y será ella nuevamente el centro de todo. Como cuando bailaba desnuda con carne firme en el escenario. Lo que venga después… ya lo resolverá.

Es fascinante ver a Angélique tratando de adaptarse a esa existencia diurna, hogareña, lejos del alcohol y las luces neón que han sido su hábitat natural. Lo hace con desconfianza y torpeza. El orgullo que le propicia la independencia que tuvo en el pasado (a costa de un trabajo que vulneraba y sometía su dignidad), la festividad de su espíritu, su incapacidad para tener un trabajo común, la condenan a, cuando menos, seguir tropezando consigo misma. Parece que creyera que cambiar de vida sería negarse a ella misma. Angélique redecora su nuevo departamento, llenándolo de sus fotos de joven, en las que aparece con los pechos de fuera, presumiendo una belleza juvenil ya desvanecida, pero que todavía se adivina en sus grandes ojos claros llenos de vida, de curiosidad y de miedo. Otra de sus marcas es el rosa, que resalta lo aniñado e inmaduro de ciertos –muchos– rasgos de su personalidad, y con el que cubre los muebles, su colcha, las cortinas, que al recibir la luz del sol a través de ellas, fungen como filtro que lo vuelve todo rojo al interior, remitiendo a la iluminación del centro nocturno donde trabajaba. La sociedad a su alrededor es bastante noble. No la juzga en lo absoluto, lo cual le da aún más libertad para actuar. Es ella misma la que poco a poco se ha aprisionado en sus propias ilusiones. Y no porque se haya comprometido con un hombre, sino porque se muestra incapaz de hacerlo con ella misma. A sus sesenta años, no sabe hacia dónde ir. Sigue soñando con una vida de glamour, de fiestas, de ensoñación.

Hay razones para estar del lado de Angélique: el amor que siente por sus hijos, la invitación inicial que hace a no juzgar, a no someter a los otros con prejuicios,  aunque ella misma la acaba revirtiendo, cuando con sus decisiones basadas en una egoísta e infantil ansiedad, se ciñe a un cliché. Nadie culpará a Michel cuando la odie: ella ha tomado caminos con repercusiones vitales para otros, como si los otros solo fueran extras en una comedia romántica de Hollywood. Angélique intentará salir airosa apelando a su incapacidad de fingir amor por mantener el estatus de casada. Ya vestida, buscará el alboroto. Hasta que dure.

Corolario:

Algo más hay que reconocerle a la verdadera Angélique: su intención de redimirse la llevaron a protagonizar esta película, donde en su papel de malvada se expone al escrutinio del público y, más importante, al de sus hijos, y a la voluntad de uno de ellos.

 
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