Reseña, crítica Sightseers - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Sightseers
Sightseers
 
Reino Unido
2012
 
Director:
Ben Wheatley
 
Con:
Alice Lowe, Kenneth Hadley, Steve Oram
 
Guión:
Alice Lowe, Steve Oram
 
Fotografía:
Laurie Rose
 
Edición:
Robin Hill, Amy Jump, Ben Wheatley
 
Música
Jim Williams
 
Duración:
88 min.
 

 
Sightseers
Publicado el 31 - Jul - 2015
 
 
Reseña: En Sightseers, la violencia impera pero no de forma gratuita. - ENFILME.COM
 
por Sofia Ochoa Rodríguez

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El mundo retorcido de Ben Wheatley

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No todas escapan a la trampa de creer que sus vidas serán salvadas por un príncipe azul que las rescatará de las garras del ogro. Así sucede con Tina (Alice Lowe), la antiheroína de Sightseers. Tampoco es que tenga muchas opciones. A sus 34 años, vive con una madre apoltronada en una casita en los suburbios de Heanor, Derbyshire, ahogada en adornos de mal gusto que le rinden tributo a un perro muerto, aturdida por los agudos quejidos de la viejecita, sentada en un sillón, tejiendo envuelta en una bata rosa con pantuflas en los pies, pareciéndose cada vez más a esa voraz opresora. En los primeros minutos del filme, como si se tratara de un drama de realismo social, Ben Wheatley se encarga de delinear el ambiente tóxico en el que crece la protagonista y pronto, a punta de jump cuts, nos hace sentir que desde hace varios años sus días son una calca del anterior.

Entonces entra el hombre que se la lleva lejos, no en un corcel pero sí en una casa rodante, a vagar por el país, a visitar sitios turísticos. A moverse. “Enséñame el mundo” le dice ella a Chris (Steve Oram), a quien conoció apenas hace unos meses. Los dos tienen altas expectativas el uno en el otro; para ambos, el otro es la posibilidad de una nueva vida. Ella ve en él su libertad. Él ve en ella una musa, un conducto para convertirse en escritor. ¿Qué no es para eso el amor?

No pasa demasiado tiempo para que se nos revele cuál es la verdadera naturaleza de Chris. Y Wheatley nos permite ir descubriéndola con Tina. Primero vienen las dudas, el asombro, la incredulidad ante los aparentemente injustificados actos. Cuando nos llega el golpe… de realidad, es más bien a otra realidad a la que nos hemos transportado, a una enrarecida por la visión de Wheatley. El director acaba de introducirnos en su propio mundo, de reglas caóticas y mortíferas, en el que los absurdos tienen cabida porque la hipérbole ejerce un gobierno de terror, ayudada por una ironía absoluta, tanto en el sentido del mensaje, el tono, como en la utilización de los elementos cinematográficos. La primera secuencia de asesinato, por ejemplo, comienza casualmente, de forma aparentemente naturalista, para cambiar de enfoque y ser examinada por una sarcástica cámara lenta que parece querer impregnar de tono épico una fechoría. Este recurso, de confrontar el sentido del mensaje con el de la forma, será recurrente y esencial para la risa.

La violencia impera pero no de forma gratuita. Como en sus filmes anteriores, además de ser cruda y sin concesiones, tiene un trasfondo: debajo de los bucólicos paisajes, de la idealización de la historia ancestral sobre la que se yergue la Gran Bretaña, coexisten fuerzas en constante tensión, que solo pueden manifestarse a través de su brutalidad primitiva. Como parte de la iniciación en su recién adquirida libertad, Tina se imagina bailando sin reglas con un grupo reunido en una fogata alrededor de un chamán, secuencia que comunica con el grupo asesino de Kill List (2011) y con los locos protagonistas del siglo XVII de A Field In England (2013). En sus ficciones, esas fuerzas profundas acaban haciendo explotar a sus personajes, que en primera instancia parecen la encarnación de lo británico –en su autocontrol, estoicismo y cortesía–, para extirpar de ellos lo peor y llevarlos a la búsqueda de la entropía. En este caso, los envuelve de un humor ingenioso, con un guion agudo escrito por los propios protagonistas (ambos stand up comedians), los macabros recursos de cámara y la elección de un soundtrack que hace guiños y comentarios sobre lo que estamos viendo en pantalla: un buen ejemplo es la intensidad con la que se utiliza “The Power of Love” de los ochenterísimos Frankie Goes To Hollywood en la secuencia final.

Durante el viaje por la campiña inglesa, visitan atracciones turísticas obligadas de la zona como el National Tramway Museum en Crich y el Keswick Pencil Museum. Así de excitante es su recorrido. El dúo se esfuerza tanto por intentar hacer del tour una emocionante aventura, como se esfuerza por creer que son una pareja con futuro, con amor. Todo es anticlimático, salvo la muerte y el sexo, que bailan sin demasiado esfuerzo hacia la destrucción. Pero lo que transmite el filme es sumamente emocional, ya sea por lo descarnado, por el humor, la nostalgia del escenario, como por lo extraño y único que es este, su mundo. No es posible mantenerse indiferente frente a los precisos personajes de Wheatley, que sufren transformaciones que fuera de su contexto podrían parecerían inverosímiles, pero por la manera en que los conduce se vuelven sumamente plausibles. El enojo y la frustración que padecen ambos y que los hace reaccionar contra el mundo y el estúpido deseo de que la vida les pague lo que les debe, hacen un llamado desesperado a un profundo sentido de justicia social.

El final es paradigmático de Ben Wheatley. Absolutamente incómodo. No permite realizar conclusiones absolutas sobre la condición de los personajes. Tampoco ubicarnos en un solo género. Lógico pero inesperado. Chistoso pero ojete. Desconcertante. Es un final que deja una baraja de preguntas sobre la mesa y que expone una de las condiciones del amor: no siempre sabemos si lo que se está viviendo en una relación es una tragedia o una comedia.

 
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