Reseña, crítica Somos lo que hay - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Somos lo que hay
Somos lo que hay
 
México
2010
 
Director:
Jorge Michel Grau
 
Con:
Francisco Barreiro, Adrián Aguirre, Miriam Balderas
 
Duración:
90 min.
 

 
Somos lo que hay
Publicado el 03 - Dic - 2010
 
 
Una familia canibal queda desolada ante la muerte del padre. - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Por Alfonso Flores-Durón 

Se está convirtiendo en un cliché tan tremendista y simplista como inexacto decir que nuestro país está al borde del abismo. Afirmar que los índices de violencia nos colocan en los rangos de países como Irak (en guerra, primero; en guerra civil, después), como Israel (en constante conflicto bélico con Palestina) o como Colombia en el pasado (que padeció, además de un acabado narcoterrorismo, a una guerrilla armada vinculada también con el narcotráfico) es de una idiotez mayúscula, según los números y los testimonios de quienes han cotejado con seriedad las realidades aludidas. La mayor parte de los medios nacionales se han agasajado con el banquete noticioso que los problemas de seguridad suscitan. La violencia vende (el cine, bien lo sabe) y el periodismo vive de la venta. Se ha demostrado que México es, estadísticamente, menos violento que Río de Janeiro, por ejemplo (y no obstante Brasil ganó recientemente la sede tanto del Mundial del 2014 y la de los Juegos Olímpicos del 2016) e, incluso, que Washington DC. En un extraordinario artículo, documentado con seriedad y rigor que publicó Nexos (Sept. 2009), Fernando Escalante arroja este contundente dato: “En los últimos 20 años, concretamente a partir de 1992 y hasta 2007, ha habido una disminución general, continuada, del número de homicidios en el país”. Nadie en su sano juicio negaría que el clima de violencia, pese a las cifras, es alarmante; pero su escandalosa y exagerada propagación mediática ha conseguido crear una psicosis colectiva que, aunque aún latente, en cualquier momento podría hacer catastrófica erupción.

Siendo una de la metrópolis más grandes y pobladas del mundo, la Ciudad de México evidentemente encapsula buena parte de los conflictos propios de la naturaleza humana y, por supuesto, muchos de los males que aquejan al país. Por ello es que gran variedad de cuanto aquí ocurre, suscita reverberaciones hasta en las geografías más remotas. El grado de descomposición social (corrupción, violencia, individualismo atroz, desintegración familiar…) imperante en una ciudad como la nuestra permite hacer, cuando menos, una doble lectura de la trama de Somos lo que hay, la ópera prima de Jorge Michel Grau. Cabe la aproximación literal con todo y sus referencias tanto bíblicas, como a la literatura clásica o al cine de género(s), pese a lo perturbador del tema, toda vez que ya se han conocido casos como el que el filme presenta: “En el D.F., José Luis Calva Zepeda comió parte de los restos de su novia, Alejandra Galiana Garabito, a quien asesinó mediante estrangulación y propinándole golpes en la cabeza… Además se documentó que José Luis Calva tenía afición por rituales satánicos y una fuerte fascinación por películas pornográficas, de sadomasoquismo y en las que se mostraban historias de asesinos seriales”, informa una nota periodística del 16 de octubre del 2007, por ejemplo, que de pasadita subraya la importancia que cierto tipo de cine tenía en la vida de José Luis. Empero, resulta más propicio, y evidentemente las intenciones de su director caminan por esa avenida, verla como una fascinante alegoría de la vida en la Ciudad de México, en una gran ciudad, cualquiera, del mundo. Somos lo que hay es, de cualquier forma, bastante más que eso.

Un hombre, que visiblemente trastornado y enfermo camina por el metro y las calles de la ciudad, se detiene ante un aparador a admirar unos, debe reconocerse, muy sexys maniquíes ataviados en trajes de baño e intenta toquetearlos, cristal de por medio. De forma agresiva es proscrito del sitio por un dependiente y, al dar apenas unos pasos, comienza a vomitar una sustancia viscosa; segundos después se convulsiona y desvanece. 

Alfredo (Barreiro), Julián (Chavez), Sabina (Gaitán) y su madre (Beato), se impacientan debido a que su padre y esposo, respectivamente, ha tardado en llegar a casa más de lo habitual. Temen lo peor y pronto la noticia concluye su incertidumbre. El hombre de la casa ha muerto y la familia se enfrenta a una severa problemática con triple rejón: primero, el luto; después, la precariedad económica que les hereda; y, de manera fundamental, el vacío de poder que les deja para desempeñar el rito en que los inició (el canibalismo) y del cuál, ahora, depende su supervivencia.

Haber podido recabar e integrar en armonía la colección de piezas temáticas, estilísticas, conceptuales, visuales y sonoras de las que echa mano para hacerlas funcionar con la precisión de un reloj es un logro rotundo de Jorge Michel Grau. En cada toma parece haber tomado la decisión adecuada, la única posible, para dar sentido orgánico y contundencia narrativa a la compleja historia que nos está contando. La cámara siempre está emplazada en el sitio idóneo para captar el gesto físico o discursivo que mejor nutra el desenvolvimiento de la trama. El criterio con que danzan las luces con las sombras; el movimiento con el reposo; la cercanía con la lejanía; los sonidos con ruidos más perturbadores; los diferentes colores; el fondo con la forma, se erige como certificado de la cuidadosa y juiciosa forma en que se trabajó este proyecto.

Resultaba muy riesgoso conjuntar una variedad de tópicos serios como la corrupción, la intolerancia sexual, la represión también sexual (incesto incluido), la ancestral lucha fraticida, el egoísmo atroz, la desintegración familiar, porque es común que al intentar abarcar tanto se termine por no agotar cabalmente ninguno de ellos. Sin embargo, el guión está tan bien escrito, tan pulcramente articulado, tan aceitado, que le bastan a Grau un par de trazos para insertar con firmeza algunos de los temas en nosotros, y en otros casos es a partir del fino hilvane de secuencias que termina por redondear los conceptos más acabados de su discurso. 

Es con suavidad extrema que la trama de Somos lo que hay se va desdoblando, pues pese a que desde el inicio se presenta un ambiente cargado de una tensión que incomoda, la familia a la que se nos pide acompañar parece ser una de tantas de las que habitan esta ciudad, que además es retratada con ojo intrépido mostrando al D.F. de forma agraciada sin llegar a estetizar artificiosamente la zona popular en que se mueven los involucrados. Cuando reparamos que la peculiaridad de esta familia reside en su canibalismo, y el proceso de recomposición que sufren para encontrar a su nuevo líder, ya hemos sido seducidos por la propuesta fílmica de Grau, y nuestro interés, más allá de sus gustos culinarios, es atestiguar tanto la forma en que ese núcleo se va desintegrando, como la antiquísima representación de la ‘ley de la selva’. Sálvese quien pueda. Sólo el más fuerte sobrevivirá, aunque se tenga que comer a los miembros de su propia familia.

Si los vampiros son figuras tétricas que chupan la sangre con el fin de extraer salud, juventud y vida de la víctima para beneficio propio, los caníbales, de plano, deben devorarte para sobrevivir. Grau ha sido cuidadoso para no glamourizar las costumbres de esta familia (un Dogtooth (2009) macabro), pero tampoco para renunciar a innegables toques de belleza visual (particularmente su expresionista puesta en escena con velas y plásticos traslúcidos para el rito) y de genuina y lúcida esperanza (la mujer que, agradecida, canta con evocador sentimiento en el metro mientras en paralelo se activa un notable montaje de seguimiento a las crisis que padecen los personajes que bien conocemos). Al concluir el filme, que además cierra brillantemente resuelto y con un epílogo que combina lo siniestro con lo humorístico, es de buena familia decir que la experiencia de ver Somos lo que hay puede considerarse como un auténtico deleite para el espectador; si bien, asimismo hay que decirlo, no precisamente gastronómico.

 
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