Reseña, crítica Un asunto de familia - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Manbiki kazoku
Un asunto de familia
 
Japón
2018
 
Director:
Hirokazu Koreeda
 
Con:
Lily Franky, Sakura Andô, Mayu Matsuoka, Jyo Kairi, Miyu Sasaki
 
Guión:
Hirokazu Koreeda
 
Fotografía:
Ryûto Kondô
 
Edición:
Hirokazu Koreeda
 
Música
Haruomi Hosono
 
Duración:
121 min.
 

 
Un asunto de familia
Publicado el 13 - Feb - 2019
 
 
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
  • En el cine de Hirokazu Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.  - ENFILME.COM
 
por Luis Fernando Galván

La memoria, la soledad, la supervivencia, la muerte y la gran ciudad como escenario inmenso ajeno a las vidas de sus habitantes han sido temas recurrentes en la obra del realizador japonés, Hirokazu Koreeda. Sin embargo, toda su filmografía, iniciada hace 24 años con la asombrosa Maborosi (1995), gira en torno a un concepto que puede parecer básico, pero cuyas implicaciones se tejen en complejas redes que constantemente redefinen el término: la familia. En el cine de Koreeda, la familia es una entidad reformable y versátil en función de las decisiones y los caminos que toman sus personajes, casi siempre afectados por una ausencia, un vacío que los obliga a buscar nuevos sentidos de pertenencia. A lo largo de ese recorrido deben sortearse varias batallas: las relaciones conflictivas entre padres e hijos, las rupturas matrimoniales, la orfandad y el abandono, así como la necesidad de profundizar en las raíces de uno mismo y de su propia progenie.

A partir de los tipos de familias que presenta Koreeda -multigeneracionales (casi en todos sus filmes hay tres generaciones distintas: abuelos, adultos y niños), híbridas (un matrimonio formado por dos cónyuges viudos que aportan cada uno hijos de la relación anterior, por ejemplo) y sociales (que ya no están basadas exclusivamente en lazos de sangre)- surge la pregunta sobre el tipo de vínculos que se necesitan para que una familia sea auténtica: ¿es la sangre o el afecto de la convivencia diaria? Si en De tal padre, tal hijo (2013) y Nuestra pequeña hermana (2015) ya se percibía un posicionamiento explícito por parte del cineasta a favor de la segunda postura, Un asunto de familia (2018) es la evolución extrema de esa preocupación. Es una película que intenta, incluso más que en sus obras anteriores, explorar los lazos familiares en un contexto de afecciones no convencionales.

Luego de ejecutar un discreto y bien planeado atraco en un supermercado como parte de su rutina cotidiana dedicada al robo, Osamu (Lily Franky) -un hombre que esporádicamente trabaja como obrero de la construcción- y su pequeño hijo Shota (Jyo Kairi) se percatan de que una niña, Yuri (Miyu Sasaki), está sola a las afueras de su hogar, llorando, como si estuviera abandonada. Deciden llevarla con ellos a su vieja y sucia casa para evitar que pase frío debido al clima invernal. Nobuyo (Sakura Andō), esposa de Osamu, que trabaja en una lavandería y ocasionalmente roba artículos encontrados en las prendas, inicialmente se opone al gesto hecho por su esposo, pero luego, teniendo la sospecha de que sus padres la maltratan, decide mantener a la niña con ellos en la pequeña y desordenada casa que habitan. Ahí también vive la joven Aki (Mayu Matsuoka) -la media hermana de Nobuyo que trabaja exhibiendo su cuerpo en una cabina para adultos- y la abuela Hatsue (Kirin Kiki) -que se dedica a cobrar la pensión de su difunto esposo, mientras esconde a los habitantes de la vivienda cuando la visita el arrendador. Con el efectivo ajustado, Osamu enseña a Shota y a la nueva incorporación al clan los entresijos de los pequeños delitos, mientras trata de mantener a la pandilla unida.

Desde un punto de vista antropológico y sociológico, el concepto de «familia» se define como “un grupo social caracterizado por la residencia común, la cooperación económica y la reproducción”. Somos bienvenidos al relato cuando la familia recibe a la pequeña Yuri, que minutos antes se encontraba en la calle frente al frío y el hambre, y cuanto más nos metemos en el calor de ese hogar, más cuestionamos las certezas de la definición canónica. La relación entre Osamu y Nobuyo está cargada con una dulzura expresada a veces de manera oculta, a veces con impulsos de pasión. El hombre y la mujer -dos ladrones en serie que amortizan la pobre capacidad económica que se les otorga mediante empleos mal pagados- son cínicos y pragmáticos, se aprovechan de la abuela, también del niño, e integran a la pequeña porque les servirá, pero en el camino se evidencia que no son tan fríos ni calculadores y los lazos comienzan a estrecharse.

Con una habilidad notable para mover la cámara en los espacios reducidos de la casa, el cinefotógrafo Ryûto Kondô nos muestra los destellos de la vida de este grupo mediante planos fijos llenos de objetos y figuras, no asfixiantes ni acogedores, sino que cobran vida con colores cálidos. Los días transcurren entre las dificultades que una familia improvisada encuentra en una sociedad tan ordenada como la japonesa y los momentos de alegría hechos de pequeñas acciones de humanidad pura y empatía. Koreeda y su colaborador capturan gestos, situaciones cotidianas, miran con aparente objetividad, pero son capaces de retener, dentro del marco, la emoción del momento. Un asunto de familia es la oscuridad y la luz de la vida, condensada en una serie de secuencias cortas y secas, capítulos de existencias nunca completamente descifrables; Koreeda deja a sus personajes dentro de un cuadrante misterioso donde no hay una clara separación entre el bien y el mal.  

El realizador hace preguntarnos qué difíciles circunstancias han atravesado estas personas para verse obligados a estar todos juntos bajo un mismo techo. El misterio se cierne sobre el relato hasta que un evento trágico desencadena una serie imprevista de acontecimientos que revelan la verdadera naturaleza de las relaciones entre los miembros de la familia y su oscuro pasado. Esa desgracia quebranta el idilio artificial. La inevitable disolución de esta familia se produce precisamente a través de la deconstrucción de la puesta en escena del director: el tiempo, las estaciones que pasan del frío del invierno a la luz cambiante del verano, dictan el ritmo de la narración hacia una revelación desestabilizadora. El espacio, en cambio, que con la llegada de otra temporada comienza a presionar desde afuera y entrar sin resistencia ni reproches.

En una secuencia magnífica, todo esto se resume y comprime al interior de la casa: el padre y la madre, finalmente solos, comen espaguetis fríos en el calor del verano y en algún momento deciden tener relaciones sexuales; de repente, la luz que se ve afuera de las ventanas cambia de color, la energía solar se vuelve oscura, llega una tormenta, y sus dos hijos, sorprendidos por el agua, corren y entran a la casa para refugiarse, a punto de verlos desnudos. Es el principio del fin; la irrupción del mundo exterior que se entromete en la intimidad. Porque hay una sociedad a las afueras de toda familia. Una sociedad salvaje y cruel, que tiene sus propios ritmos y reglas, sus códigos de comportamiento predeterminados y definidos, y no puede aceptar la anomalía, la excepción; una sociedad imposible de redimir, e incapaz de ver lo humano más allá de lo legal. Frente a esta sociedad, la peculiar y extraña estructura establecida por Osamu y Nobuyo vacila. En ese momento se manifiesta la verdadera parte neurálgica del discurso: el enorme deseo de ser a toda costa una familia. Desearlo más allá de la realidad de los hechos, yendo más allá de los límites de la ley, burlándose de la moralidad dominante. Siendo una familia para sufrir juntos y reír juntos, para avanzar en una sociedad que devora a los más débiles. Pero esa estructura se derrumba porque hay afectos que maduran más allá de toda razón o sentido, pero la sociedad nunca lo tolerará.

Si la familia entendida como un vínculo de sangre se convierte inevitablemente en una carga que condiciona nuestras vidas o en una fuente de una profunda insuficiencia, como Koreeda ha sugerido en el pasado, ¿existen otras variables que puedan superarla y reemplazarla? La respuesta toma la forma de una búsqueda desde los contornos ambiguos e indistintos de una verdad que tarda en llegar y que no proporciona certezas, porque la naturaleza humana se asegura de que los vínculos, ya sean de sangre, emocionales o electivos, sean en última instancia una maraña en la que el egoísmo, las traiciones, la fragilidad, la sencillez humana se ocultan de la misma manera. En este sentido, el trabajo que precedió a Un asunto de familia, El tercer asesinato (2017), que parecía único en la filmografía del director por recurrir a los elementos del thriller y del clásico drama legal, ya mostraba los resortes de la ambigüedad cuando nos sumergimos a la esfera de los afectos familiares y su representación ambivalente. Criaturas indefinidas, complejas, a veces ambiguas. Entendemos la pureza de estas figuras: una luz persiste para animarlas incluso en los comportamientos más opacos o en las sombras del pasado. Es ahí cuando Koreeda hace a un lado el uso de los planos generales de la primera parte para aislar a los personajes utilizando uno de los elementos primordiales de la gramática cinematográfica: el primer plano. Los rostros desgarradores de Osamu y Nobuyo mientras hacen una serie de súbitas confesiones o el de una niña que, una vez más, ha sido abandonada.

Koreeda no juzga ni condena a sus personajes, pero, paradójicamente, los enfrenta con la mayor libertad: la de elegir. Elegir decir la verdad, elegir a qué familia pertenecer, elegir cuando abandonar al otro, elegir si perdonar y volver a empezar. A diferencia de las películas anteriores, los personajes de Un asunto de familia no siempre hacen lo correcto. Sus acciones, aunque hechas con un profundo sentido de urgencia, pueden ser vistas como incorrectas. La belleza de la película radica justo en eso, en transformar esos actos -que pueden ser éticamente cuestionables- en situaciones de sensibilidad humana pura. Justificar un acto como el secuestro, por ejemplo, que aquí se convierte en una agradable oportunidad para hacer feliz a una niña pobre y maltratada. Koreeda sabe muy bien qué tan lejos puede llegar esa situación y el acto final es una confirmación de ello al permitirnos ver una realidad tremenda: la recomposición de una familia o su desintegración contundente.

 
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