Reseña, crítica Una final de familia - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
La gran familia española
Una final de familia
 
España
2013
 
Director:
Daniel Sánchez Arévalo
 
Con:
Patrick Criado, Héctor Colomé, Arantxa Martí, Sandra Martín, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Quim Gutiérrez, Miquel Fernández, Sandy Gilberte
 
Guión:
Daniel Sánchez Arévalo
 
Fotografía:
Juan Carlos Gómez
 
Edición:
Nacho Ruiz Capillas
 
Música
Josh Rouse
 
Duración:
95 min.
 

 
Una final de familia
Publicado el 06 - Nov - 2014
 
 
  • Una final de familia recrea las 24 horas correspondientes a la boda del hermano menor de una familia española numerosa y la final de la Copa Mundial Sudáfrica 2010 ?evento mágico para España.  - ENFILME.COM
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Daniel Sánchez Arévalo (Azuloscurocasinegro, 2006) recrea las 24 horas correspondientes a la boda del hermano menor de una familia española numerosa y (poco) funcional. Una ceremonia que coincide en fecha y tiempo real con la final de la Copa Mundial Sudáfrica 2010 —evento mágico para España, en un año signado por la crisis bancaria, consecuencia de la crisis inmobiliaria de 2008 (año de la Gran Recesión) cuando la vida campestre lucía menos peligrosa para el bolsillo que los hábitos urbanos. La comedia, agridulce por momentos pero almibarada en exceso durante su remate, está ambientada en un pueblo madrileño, y tiene como función tomar una radiografía alegórica de la sociedad española en tiempos difíciles anímicamente y holgados en fiesta: mientras el país vive una catarsis colectiva gracias al deporte, el clan debe hacer frente a problemas internos derivados de rivalidades entre hermanos y hermanas, relaciones disfuncionales, problemas cardiacos, depresiones interminables y hasta tetas postizas ansiosas por ser estrenadas.

Efraín (Patrick Criado) es el joven de 18 años y hermano menor del clan –conformado por cinco hermanos y un padre sexagenario (Héctor Colomé)–, cuya misión es desposar a Carla (Arantxa Martí), una adolescente de 17 –su novia desde la infancia –y ahora, evidentemente, embarazada. El patriarca, amoroso, donoso y por momentos melancólico, padece una enfermedad del corazón. El malestar se le agudizó tras del abandono de su esposa ocho años atrás. No ha encontrado ninguna mejor ocasión para reunir a sus hijos que el bodorrio en turno. Como detalle, hay que destacar el guiño de comedia al que acude el director: todos los hijos tienen nombres bíblicos y en orden alfabético: Adán, Benjamín, Caleb, Daniel y Efraín, en claro homenaje a Seven Brides for Seven Brothers (1954) de Stanley Donen. La justificación: ésta fue la primera película que él y la madre de sus hijos vieron en su primera cita. En el variopinto clan hay un depresivo, Adán (Antonio de la Torre), el hermano mayor; Benjamín (Roberto Álamo) tiene discapacidad intelectual; Caleb (Quim Gutiérrez), es un médico que regresa de Kenia tras dos años como voluntario; Daniel (Miquel Fernández), el treintañero con problemas de autoestima y que vive bajo la sombra de Caleb, quien es al mismo tiempo su héroe de la infancia; y por último Efraín, el novio, un adolescente a punto de la madurez que necesita poner en orden sus emociones y sus ideas.

El guión ilustra con lujo de agilidad y precisión a los personajes: ninguna complicación, dolor, desencanto o cuestión se conoce por cotilleo o solo por boca de los involucrados, sino por las acciones que intentan ponerle fin a los líos y enmendar lo que sucede (los llantos espontáneos, las confesiones de rivalidad, los robos improvisados). Los quehaceres cotidianos, o propios del día atípico que van a vivir todos los familiares, los conducen gradualmente a dibujar las causas de sus estados de ánimo presentes (los coqueteos descarados, las inseguridades amorosas, los golpes aleccionadores), y su única característica común, es la confusión absoluta. El patetismo de sus contradicciones termina hundiéndolos en un absurdo disfuncional (las mofas por falta de sexo entre adolescentes, los discursos grandilocuentes o dramáticos dislocados por las palabras naif del hermano retardado, las bromas a los síntomas del hermano deprimido y la referencia a la gordura de Daniel). El filme es una olla preparada para detonar risas y exabruptos que pasan del drama a la comedia en cuestión de segundos, al acentuar lo risible en aquello exagerado o lacrimoso que tiene lo que escruta la cámara —secuencia memorable: Adán camina estoico, decidido, peligroso y culpable en una casa a la que usurpará; su rostro de villano, aunado a la música dura anticipa un momento intenso en emociones negativas…pero el telón de fondo inserta un anticlímax poderoso: su hija, Fran (Sandy Gilberte) y su hermano con retraso mental tiran todo, incluidas pelotitas en su cara, quitándole lo ceremonioso al episodio, mientras la cámara lo enfoca al centro de una escena ridícula. Por si fuera poco, los diálogos se encargan de rematar con finezas directas las indirectas que sus personajes parecen considerar “profundas”. Por ejemplo, ese momento en el que Cris le abre su corazón al hermano con el que decide quedarse y, acto seguido, su amado festeja el gol de España, en lugar de responder a un momento tan efusivo; o bien, cuando Daniel está a punto de reventarle la cara a Caleb y aparece Benjamín para detenerlo y, como pilón, obligarlo a que le dé un beso a su hermano en seña de reconciliación.

El trabajo de actuación de Criado y Álamo destaca por su pericia y naturalidad. Ambos parecen entender las motivaciones que conducen a los personajes y cuanto los atribula. Criado se comporta como el adolescente endeudado sentimentalmente con una promesa infantil y con su familia –hermanos y padre… incluso con la madre, a la cual excluye de su boda–. Goza, además, de la responsabilidad del protagónico, nunca opacado por el resto de los actores. Hasta el deseo, la tensión y las pesadumbres, se notan en algo tan difícil de hacer perceptible como son los cambios en el tono de piel. Álamo asume a un niño gigante de 40 años. Todo en él es tierno hasta la locura, amoroso e inocente hasta destornillar de la risa. Destila honestidad y los ojos del actor mantienen una intensa sorpresa hacia cuanto se le ofrece como mundo, sin caérsele nunca el personaje. Quizá la voz parezca exagerada, pero se equilibra con el lenguaje corporal, atemperado por los diálogos agudos que el libreto le concede.

La final del Mundial de Fútbol 2010, simultánea a la boda, es una metáfora de lo que sucede dentro de España: ante una crisis, la unión a un mismo canto o un mismo lenguaje de caricias y apapachos hace la fuerza… de voluntad. España, ni por asomo favorito, gana el Mundial. Y la familia, a punto de la pérdida, se mantiene más unida —incluso a pesar de la miseria que vive Caleb al conocer el secreto que dio origen al nacimiento de los cinco hermanos. Aunque el final melancólico –con más felicidad que añoranza– no evita culminar tan divertido episodio fílmico con un tremendismo estilo telenovela mexicana –o de miserias familiares tan Almodóvar–, el optimismo funciona como postura ante el tema de la familia: nada, ni siquiera la sangre, determina lo que el amor reúne. Aun cuando el desastre o la muerte acuden en la forma de catástrofe. Si no, ¿qué sentido tendría pasar nuestras vidas al lado de otros seres vivos por hábito, tradición y cariño?

 
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