Reseña, crítica Una propuesta atrevida - ENFILME.COM
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Una propuesta atrevida
Publicado el 10 - Jul - 2010
 
 
No deja de resultar curioso que, en el filme, gran parte del peso de la trama lo carga la relación marital de Catherine y David, no obstante la película recibió su título del nombre de Chloe. - ENFILME.COM
 
por Alfonso Flores-Durón y Martínez

Durante el segundo lustro de los ochenta (su ópera prima, Next Of Kin la filmó en 1984, cuando tenía 24 años) y buena parte de los noventa, el trabajo fílmico de Atom Egoyan lo posicionó como un cineasta único. Nada de lo que hacía guardaba semejanza alguna con la oferta de ningún otro realizador en el mundo. Está de más decir que su estilo no podría estar más alejado de los convencionalismos hollywoodenses.

 La forma de filmar de Egoyan desencadenaba enigmas por partida triple: las historias, en sí mismas, parecían ser deliberadamente crípticas. La manera de abordarlas, distante, cerebral, lejos de ayudar a esclarecerlas, solía generar más interrogantes. Y luego está quizá el carácter más distintivo de su sello, la obsesiva presencia del video, como indispensable y misteriosa herramienta narrativa, igual que como instrumento fundamental en la concepción de su propuesta visual.

De padres armenio-egipcios, nacido en El Cairo, Atom Egoyan creció en Canadá. Es considerado un cineasta canadiense, pero ha sido clara su tendencia por rescatar sus raíces. Reconoce que el espinoso tema del genocidio armenio entre 1915 y 1917 a manos de los turcos (que de forma inventiva trató en su película Ararat, 2002) marcó su infancia, pues era un tema prohibido en su casa. Quizá por eso, dice el propio Egoyan, “mis filmes parecen contar una historia que es reprimida”. He ahí parte de la explicación sobre la consciente obtusidad de su propuesta.

Como suele ocurrir cuando un artista desafía los esquemas tradicionales, era común que sus cintas fueran severamente criticadas. En el caso de Egoyan, las acusaban de ser emocionalmente frígidas, demasiado intelectuales, desapegadas. En realidad se trataba de películas osadas, que no hacían concesiones, que exigían que el espectador se involucrara con cuanto se le presentaba en la pantalla. Y que delataban una visión peculiar, profundamente creativa; la presencia de un artista superior que se preocupa por la creación de un estilo, no como artificio vacuo, sino como formato idóneo para exponer con un lenguaje visual propio sus ideas y preocupaciones apegado a la mayor de las congruencias.

 ¿No soy de aquí ni soy de allá?

Los grandes autores de cine, como buena parte de los artistas en otras disciplinas, trabajan tozudamente con sus obsesiones. Ya en Next of Kin (1984), Atom Egoyan comenzaba a esbozar las suyas. En primerísimo lugar, desde entonces hasta ahora, la indecisa línea entre la apariencia y la realidad; la contundente influencia de las nuevas tecnologías en la vida moderna y el modo en que transforman los hábitos cotidianos; el insaciable atractivo que ejerce el vouyerismo sobre algunos; la omnipresencia del erotismo en casi todo tipo de relaciones y el engaño, en sus más diversas manifestaciones. 25 años después, y a pesar de la transformación natural que ha experimentado su quehacer cinematográfico, Egoyan ha perseverado en el tratamiento de esos temas.

Habiéndose establecido con jerarquía en el circuito de cine de autor a partir de Speaking Parts (1989), una obra de gran madurez estilística, narrativa y conceptual, en la que refleja el vacío espiritual de la época a través de unos protagonistas incapaces de consolidar conexiones emocionales frente a frente, recurriendo al video y sus diferentes tipos de proyección para intentar imitar ese proceso humano; fue en 1994, con Exotica, que consiguió su primer éxito relativo en taquilla, y en 1997, cuando con The Sweet Hereafter intentó por vez primera expandir sus alcances en términos de audiencia. No lo logró del todo, pero al distanciarse sensiblemente de su idiosincrásico estilo, recibió un mucho mejor trato de la crítica y hasta fue bendecido con dos nominaciones al Oscar.

Posteriormente, ha combinado uno que otro coqueteo con la industria y sus repliegues a la zona que mejor domina. La primera incursión formal que hizo en territorio de Hollywood fue con Where The Truth Lies, un film noir del 2005, situado en L.A., protagonizado por Kevin Bacon y Colin Firth. El proyecto costó 25 millones de dólares y recuperó menos de cuatro. Catastrófico fracaso de tales proporciones habría hecho pensar que estaba claro que Tinseltown no era la geografía más propicia para su cine. Tal habrá sido el nocaut sufrido que respondió, primero, con un documental, Citadel (2006), acerca de un viaje que realizó a Beirut. Y después, filmó Adoration (2008), película que fácilmente podría considerarse como “vintage Egoyan”. Parece una de sus primeras cintas, realizada con la sapiencia que le han otorgado los años, pero el resultado es a la postre insatisfactorio. Quizá, como consecuencia de ello, al ver que si de cualquier forma a su cinta adhesiva ya le costaba trabajo pegar tanto de un lado como del otro, Egoyan decidió darle otra oportunidad a su carrera en Hollywood. Y aceptó hacer Chloe, aquí conocida como Una propuesta atrevida.

Mujer contra mujer

Emocionada, Catherine (Moore), hermosa y refinada anfitriona de la fiesta sorpresa de cumpleaños de su marido, David (Neeson), espera impaciente en la bella casa que comparten. Cuando suena el teléfono, solicita a la concurrencia silencio. Es David. Le informa que ha perdido su vuelo y no podrá llegar a casa sino hasta la mañana siguiente. Catherine pide a los invitados proseguir la fiesta y, cuando concluye, sorprende a su hijo adolescente, Michael (Thierot), encerrándose en su habitación acompañado de una chica. Catherine intenta, infructuosamente, de impedirlo. A la mañana siguiente, cuando despierta, David ya ha llegado. Su relación es afable, respetuosa, amigable. Se aman, pero la pasión los ha abandonado, y Michael, pese a ser un talentoso músico, vive la etapa de la alienación y el conflicto. La tensión aumenta cuando Catherine, revisando el blackberry de su marido, descubre un mensaje, con foto incluida, que la convence de que David pasó con una de sus alumnas la noche en que perdió su avión. Sus celos se encienden incontrolables y, bajo ese impulso, toma una desorbitada decisión: contrata a Chloe (Seyfried), una espectacular, inteligente y perspicaz chamaca que se dedica, literalmente, a vender caro su efímero amor, para que seduzca a David y le informe sobre sus encuentros. Con ciertas reticencias, Chloe acepta y durante las sesiones de información, advierte la tremenda excitación que sus crónicas provocan en Catherine; teniendo dominada su mente, juega con astucia para sacar el mejor provecho de la situación. Egoyan despliega, entonces, algunos velos estratégicos encima de la trama que, de intentar yo descubrirlos aquí, me convertiría en un canalla.

Erótica mente

Pues regresó Egoyan a Hollywood. Con un presupuesto más modesto (11 millones de dólares), pero de nuevo con el riesgo de perder integridad artística, y volver a perder dinero. Su huella, esa sí, no la pierde del todo; es fácilmente detectable. Habiendo seguido su carrera, de inmediato se puede reconocer su sello en Una propuesta atrevida, ya sea en términos de su capacidad para generar ambientes cargados de suspenso (no en vano dirigió, cuando joven, varios episodios de los programas televisivos de Hitchcock), también de erotismo (cercano al soft porn) e, insisto, debido a su talento para tejer historias que no sólo enganchen al público, sino que lo hagan partícipe del desenvolvimiento de la trama.Una propuesta atrevida contiene los ingredientes necesarios, y el suficiente deslave de los toques ‘egoyanianos’, como para finalmente permitirle acceder al gran público con el que nunca ha podido comparecer.

No deja de resultar curioso que, en el filme, gran parte del peso de la trama lo carga la relación marital de Catherine y David, no obstante la película recibió su título del nombre de Chloe. La respuesta estriba, me parece, en que es ella el personaje mejor desarrollado, psicológicamente más sofisticado (es quien maneja a placer los temores y los deseos más profundos de Catherine) y, como tal, es quien conduce los hilos narrativos de la historia. Aún así, toda esa fuerza concentrada en su personaje actúa como catalizador para lo que el director considera es un fin mayor: “Es claro lo precioso que el matrimonio es; lo que son las relaciones. Cómo se debe aprovechar cada momento”, dice Egoyan. Y puede que lo sea. No lo fue, empero, la desaseada forma, obscenamente común en los thrillers, en que decidió resolver la trama. Un vulgar guiño a Hollywood, impropio viniendo de él. Aunque, a fin de cuentas, tal vez un pecado menor, ínfimo comparado con los que juiciosamente lidió en el escabroso armado de su intriga.

AFD (@SirPon)

 
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