Reseña, crítica Vamos a jugar al infierno - ENFILME.COM
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FICHA TÉCNICA
Jigoku de naze warui
Vamos a jugar al infierno
 
Japón
2013
 
Director:
Shion Sono
 
Con:
Jun Kunimura, Fumi Nikaidô, Hiroki Hasegawa
 
Guión:
Shion Sono
 
Fotografía:
Hideo Yamamoto
 
Edición:
Jun'ichi Itô
 
Música
Shion Sono
 
Duración:
129 min.
 

 
Vamos a jugar al infierno
Publicado el 11 - Jul - 2014
 
 
  • De Shion Sono, Vamos a jugar en el infierno es, en parte, un homenaje al cine,  pues la historia se sostiene sobre la base de la añoranza de los  tiempos en los que el celuloide prevalecía sobre lo digital.  - ENFILME.COM
  • De Shion Sono, Vamos a jugar en el infierno es, en parte, un homenaje al cine,  pues la historia se sostiene sobre la base de la añoranza de los  tiempos en los que el celuloide prevalecía sobre lo digital.  - ENFILME.COM
  • De Shion Sono, Vamos a jugar en el infierno es, en parte, un homenaje al cine,  pues la historia se sostiene sobre la base de la añoranza de los  tiempos en los que el celuloide prevalecía sobre lo digital.  - ENFILME.COM
  • De Shion Sono, Vamos a jugar en el infierno es, en parte, un homenaje al cine,  pues la historia se sostiene sobre la base de la añoranza de los  tiempos en los que el celuloide prevalecía sobre lo digital.  - ENFILME.COM
 
por Alejandro Valenzuela

Por Alo Valenzuela (@Alovalenzuela)

Decía el escritor estadounidense, Harry Crews, que “El milagro del mundo, el milagro del renacer de los sentidos, el milagro de un corazón que acoge, sólo pueden ser pagados con huesos y sangre. Ninguna otra moneda ha sido nunca aceptada.” Así defendía la idea romántica exaltada por muchos antes y después de él, de que el verdadero éxito del creador debe costarle el pellejo. En Vamos a jugar al infierno (Jigoku de nazewarui, 2013), un grupo de cineastas aficionados, autobautizados como Malditos Bombarderos, lleva este principio a su límite más literal. Nacen con la idea de saltar al precipicio o vender su alma al diablo si es que algo de eso ayuda para hacer una –por lo menos una– gran película. Aunque este idealismo no le es ajeno al arte, hay que andarse con cuidado y no tomarse a estos personajes demasiado en serio; es claro que el director Shion Sono no lo hizo.

En tiempos preparatorianos, Hirata y sus amigos se dedican a filmar todo lo que los rodea con sus cámaras de 8 mm. Les apasiona particularmente la violencia en vivo y en directo. Documentando una pelea entre pandilleros, conocen al elegido para ser el héroe de acción que le hace falta a los Malditos Bombarderos para emprender la realización de una obra maestra de la cinematografía. Diez años después, esa búsqueda continúa sin haber avanzado mucho; ahora usan cámaras de video añorando el celuloide, y el cine donde se suelen reunir exhibe la misma decadencia que sus abultadas panzas. Su “Bruce-Lee japonés” está perdiendo la paciencia, harto de vivir en lo que uno de ellos califica como un “eterno ritual de transición”. 

Por otro lado, la esposa del jefe yakuza, Muto, está a punto de ser liberada después de que diez años atrás (cuando nacían los Malditos Bombarderos) fue condenada a una temporada en prisión por asesinar con un cuchillo de cocina a varios integrantes de la mafia rival que la habían visitado buscando a su marido. El jefe Muto tiene diez días para cumplir el único deseo que le ha pedido su mujer: ver a Mitsuko, su hija, concretando su carrera como actriz cuyo primer paso fue un comercial de pasta de dientes en el que aparecía cantando un aparentemente inolvidable jingle que es repetido por varios personajes en numerosas ocasiones a lo largo de la película.

El azar lleva a los Malditos Bombarderos a ser llamados para realizar esta película teniendo a sus servicios a un ejército yakuza. Hirata acepta emocionado cuando sabe que no sólo disponen de un presupuesto ilimitado para realizar una cinta en 35 mm sino que la película será rodada durante una batalla entre los dos grupos yakuza rivales. Los cineastas se podrán jugar la vida ante la posibilidad de hacer lo que ellos consideran una apuesta segura por logra una obra maestra.

Vamos a jugar al infierno es, en parte, un homenaje al cine, pues la historia se sostiene sobre la base de la añoranza de los tiempos en los que el celuloide prevalecía sobre lo digital, además de mostrar el proceso del trabajo en set con un tono cómico (como cuando se va la luz a medio rodaje de la batalla real y el director obliga a los combatientes a detener la carnicería en lo que se encuentra la falla). Shion Sono escribió el guión de esta película 17 años atrás y, cuando se decidió realizarla, no alteró nada del argumento original pero le dio más importancia a la mención del abandono de lo análogo que los avances tecnológicos han producido en el cine. Vamos a jugar al infierno es también una parodia de las películas de la yakuza, pues mediante la farsa plagada de interpretaciones ridículamente melodramáticas rinde tributo pero también se burla de ese género de acción japonés. Ligado a esto, hay también un cierto grado de autocrítica, o “automofa”, por parte del director japonés, Shion Sono, quien es reconocido por los retratos de violencia explícita y las escenas absolutamente gore que casi no faltan en sus películas en las que no ha dudado en mostrar cómo se reduce un cuerpo a cenizas y carne picada (Coldfish, 2010) o cómo un grupo de niños arrancan tiras de piel de distintas personas para después acumularlas en carretes. Aquí, como ha hecho antes, los miembros y las vísceras vuelan por los aires mientras los personajes andan en charcos de sangre, pero esta vez hay una clara intención cómica detrás y no un propósito de remover los estómagos de los espectadores. Por eso es que a los personajes de esta película no se les debe tomar demasiado en serio, pues en general se trata de una incursión por parte del cineasta japonés en el cine que se enfoca principalmente en arrancar carcajadas a la audiencia.

Desde su presentación en el Festival de Venecia del 2013 la película ha provocado opiniones divididas entre la crítica: 

Por un lado, se le acusa al cineasta de abandonar su estilo por su coqueteo con la farsa. Sin embargo, aunque en un tono que antes le era ajeno, la cinta contiene algunos de sus temas recurrentes: los efectos de los mass media sobre los que trabaja en El club del suicidio (2001) y en su precuela, Noriko’s Dinner Table (2005), en la que también se presenta la complejidad de las relaciones familiares y los juegos de poder en general, tema que después tocó a fondo en Coldfish. Lo  grotesco de la muerte violenta es otro de sus sellos que aquí se repite con su particular visión estética. También tiene a sus acostumbrados personajes imponentes, mujeres violentas, debiluchos radicales y, sobre todo, adolescentes malcriados y sin escrúpulos. Incluso en el pegajoso anuncio de pasta de dientes podemos ver una repetición del recurso utilizado en El club del suicidio, con el videoclip del grupo de pop, Dessert.

También se ha comentado que Vamos a jugar al infierno se acerca demasiado a la violencia exaltada del cine de Tarantino. Confío en que esta comparación no tiene nada que ver con el traje amarillo con rayas negras a los costados que usa el “héroe de acción” y que recuerda a la heroína de Kill Bill, pero que es un declarado tributo al que utilizaba Bruce Lee. Lo que sí hay es un guiño al tono del grindhouse en las escenas más violentas del filme que, como en el cine del realizador norteamericano, hacen de la carnicería algo inverosímil pero a la vez perturbadoramente glamoroso. Es importante tomar en cuenta que en este caso las exageraciones van acompañadas de un permanente tono fársico. En sus anteriores filmes, Shion Sono no ha tenido reparos en mostrar tan explícitamente como es posible rollos de piel humana, el suicidio colectivo de 54 adolescentes en las vías del metro, la desaparición de un cuerpo mediante métodos vomitivos y demás. Sin embargo, siempre ha retratado esa violencia como producto de desequilibrios sociales que suelen ser el centro en torno al cual giran sus películas. Esta vez, por el género de la cinta, la violencia explícita carece de esa seriedad con la que la suele acompañar el cineasta, pero de cualquier manera tiene el cuidado de retomar, hacia el final, el juego metaficcional que trabaja desde un principio; en la conclusión adquiere un significado similar al de la aclaración que se usa para tranquilizar a quien se ha impresionado intensamente por una historia fantástica: “Nada de esto sucedió en verdad, todo fue ficción.”

Nos conmovemos en mayor o menor medida según nuestra sensibilidad pero el humor apela a algo distinto y mucho más particular. La comedia física ha estado en el cine desde que éste buscó arrancarle risas a sus espectadores. En su versión menos imaginativa tenemos esos programas de televisión que nos quieren hacer reír de los accidentes de extraños. En su versión más radical tenemos filmes como éste, que usan la violencia como humor no porque el dolor ajeno dé risa sino porque las secuencias van acompañadas de un contexto y un sinsentido que le resta seriedad a las situaciones. Hay que tener cierto estómago y quizás algo de cinismo para reírse de una decapitación acompañada de litros y litros de sangre, pero también hay que entender que no es tan superficial la manera en la que escenas así se plantean con humor en la película de Shion Sono. No son tropezones de un trampolín en un programa de televisión, sino exageraciones de situaciones que en la realidad no tienen nada de gracioso pero que dotadas de cierto contexto trasgreden por medio de la parodia nuestra concepción de la violencia, y se convierten en bombas de humor negro. 

Puede ser que Vamos a jugar al infierno carezca de la profundización en esos controversiales conflictos sociales de nuestro tiempo que Shion Sono ha estudiado en otras de sus historias, pero es una película que busca algo completamente distinto y al variar su meta debe también variar el camino para alcanzarla. Y la alcanza, pues no sólo tiene gags afortunados que arrancan carcajadas de los que simpatizan con este humor sino que homenajea lo que se propone homenajear y parodia lo que se propone parodiar. Es una película burlona que no se perdona ni a sí misma.

 
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